domingo, 28 de agosto de 2022

EL PRISIONERO DE RENA

 


En infinidad de reportajes y documentales hemos visto esas horribles imágenes de esqueléticos seres humanos que vivieron sus últimos días con la muerte ante sus ojos en el terrible campo de concentración nazi de Mauthausen.


Pensamos que nos coge lejos o que nada tiene que ver con nosotros eso de los campos de exterminio, nos equivocamos, pues allí fueron deportados casi 300 extremeños, en su gran mayoría excombatientes del bando republicano durante la guerra civil.



Entre ellos se encontraba Adolfo Cabezas Fernández, natural de Rena (Badajoz). Era hijo de un matrimonio domiciliado en la calle Portugalete, compuesto por José Cabezas Melchor, natural de Don Benito, y de Antonia Fernández Masa, natural de Rena.



Nieto por línea paterna del dombenitense Francisco Cabezas Martín, de profesión labrador y de Josefa Melchor de la Fuente, natural de Rena; y por línea materna de Martín Fernández Casillas y de Nicolasa Mora Parejo, ambos naturales de Rena.

Rena es una pequeña población que dista unos 16 km. de Don Benito, a la que pertenece judicialmente. En la actualidad posee poco más de 600 habitantes. Adolfo vino al mundo, en una casa de la calle Hornos de esa localidad, el martes 23 de mayo de 1911 a las 5 de la tarde, festividad de San Desiderio.

 A finales de 1939, los excombatientes republicanos exiliados en Francia se alistaron en la Compañía de Trabajadores Españoles del Ejército francés, con la misión de reforzar las defensas de la Línea Maginot.

En 1940 y tras la llamada "Guerra Relámpago" de Alemania, fueron apresados y conducidos a pie hasta la frontera con Luxemburgo. Desde allí, apiñados en un tren, como si fueran ganado, conducidos a Alemania, hasta un campo de prisioneros de guerra en Trier.

Los primeros españoles llegaron el 4 de agosto de 1940, y bajo el engaño de que serían llevados a España, fueron deportados a Mauthausen, nada más llegar el comandante nazi del campo les dirigió la palabra:

-  "Perded toda esperanza. Quienes habéis entrado por esa puerta solo saldréis de aquí por la chimenea del crematorio".

Starving inmate of Camp Gusen, Austria. May 12, 1945.
(Photo by JAZZ EDITIONS/Gamma-Rapho via Getty Images)

Las condiciones en Mauthausen eran tan infames que muchos de estos españoles se ofrecieron voluntarios para ir a trabajar a la cantera de Gusen, pero al llegar allí pudieron comprobar que era muchísimo peor, a las enfermedades como el tifus o la tuberculosis había que sumarle el trato más inhumano que una persona pueda soportar, era un auténtico matadero que ni en nuestras peores pesadillas podemos imaginar.

 La reputada historiadora austriaca Martha Gammer escribió lo siguiente:

“Para los españoles fue una sentencia de muerte ir a Gusen, nadie debía sobrevivir más de tres meses porque era un campo de exterminio por el trabajo. Quienes no estaban capacitados para ello, pues el trabajo era durísimo, eran gaseados o fusilados. Los españoles eran especialmente odiados por ser considerados comunistas, sufrieron mucho por el hambre y el frío, soportaban temperaturas de más de 25º bajo cero y por eso lo pasaron peor que los rusos y los polacos”.




Adolfo Cabezas Fernández también fue conducido al campo de prisioneros de guerra de Trier, el stalag XII-D y posteriormente deportado al terrible campo de concentración de Mauthausen el 25 de enero de 1941, donde la mortalidad era una de las más altas entre los campos del III Reich y en su brazo le tatuaron el número 4368, el 29 de marzo de ese mismo año ingresó en Gusen.



Falleció el 21 de noviembre de 1941 a las 5:30 am, tan solo tenía 30 años. Su ficha del campo indica que era católico romano y que otorgaba testamento a favor de su hermana, Natividad Cabezas Fernández.




A la memoria de Adolfo Cabezas Fernández y a la de todos los extremeños víctimas del nazismo, pues forman parte fundamental de nuestra historia.

 

FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:

 - Portal de archivos PARES. Españoles deportados a Campos de Concentración Nazis.

 - Los últimos españoles de Mauthausen, de Carlos Hernández de Miguel.

 - BOE, Boletín Oficial del Estado, núm. 190 de fecha 9 de agosto de 2019.

 - Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica.

 - Asociación “Torre Isunza” para la Defensa del Patrimonio Histórico y Cultural de Don Benito.

 - Ayuntamiento de Rena (Badajoz)

 - Antonio López Rodríguez. Historiador y delegado para Extremadura de La Amical de Mauthausen y otros campos y de todas las víctimas del nazismo de España.

 - Bermejo, Benito; Checa, Sandra. Libro Memorial. Españoles deportados a los campos nazis. 1940-1945 (2006).

 - Juan Gutiérrez Perea. De La Axarquía a Mauthausen de José Sedano Moreno.


sábado, 9 de julio de 2022

EL CRIMEN DE RENA


 
 

EL CRIMEN DE RENA

Por DOVANE63

 
La nueva centuria había arrancado tiñendo de luto nuestra comarca, una serie de atroces crímenes como los de Doña Catalina Barragán y de su hija Doña Inés María Calderón a manos de uno de estos caciques, a los que había que sumarles los del llamado “Crimen de la Glorieta”, acontecidos todos ellos en Don Benito, llenaron las páginas de la crónica negra.
 
Pero no fueron los únicos, pues en mayo de 1906 tuvo lugar… 
 

EL CRIMEN DE RENA

 
CAPITULO I - SAN ISIDRO SANGRIENTO
 
Rena, es una pequeña población que dista unos 16 km. de Don Benito, a la que pertenece judicialmente. En la actualidad posee poco más de 600 habitantes, en la época que nos ocupa contaba con bastantes menos, el censo de 1897 indicaba 190.
 
Sobre su origen, lo atribuyen a los legionarios romanos del tiempo de Domiciano, que le pondrían el nombre de Reno, en honor al caballo del emperador, equino que figura en la actualidad en su escudo heráldico, en campo de sinople desguarnecido de oro junto a la cruz de los Templarios, pues esta población resurgió en el XII bajo el impulso de esta Orden.
 
15 de mayo de 1906, el pueblo está engalanado, balcones y ventanas están decorados con mantones de Manila y colchas, las puertas con macetones y sus vecinos visten ropa de domingo, pues se celebran las fiestas en honor a San Isidro.
 
 


 
Se sirven platos de ajoblanco, caldereta y peces del río Ruecas, acompañados de vino y aguardiente. Mercachifles y charlatanes llegados de toda la comarca animan la actividad comercial, los productos coloniales son lo más apreciados pero ese año el más requerido es un ciego que canta romances acompañado de una vieja zanfoña mientras su lazarillo vende “pliegos de cordel” cuyo argumento es el terrible crimen de Don Benito.
 
En el pueblo de Don Benito
provincia de Badajoz
un execrable delito
a poco se cometió.
 
En la calle del Padre Cortés
una familia habitaba,
compuesta de tres personas,
siendo las tres apreciadas.
 
La madre, señora anciana,
a falta de su marido,
a dos hijos que tenía
les cuidaba con cariño.
 
Son las 5 de la tarde y en la plaza del pueblo se reúne un gran gentío esperando las reses que han de ser capeadas, de repente el público empieza a inquietarse, hablando unos con otros y dando señales de gran sensación.
 
- ¿Qué ha pasado, que pasó? Preguntan.
 
- ¡Que han matado a un hombre a la salida de pueblo, en el Gamonal!
 
 
 
CAPITULO II - LA HUIDA
 
Vecinos y visitantes que alborotados gritan sin cesar, abandonan la plaza del pueblo. Recorridos unos doscientos metros la multitud se agolpa sobre el cuerpo de un hombre que yace en el suelo sin movimiento, al parecer cadáver.
 
- ¡Dios bendito! Es Pedro el vaquero, marido de mi prima Antonia.
 
- ¡Virgen Santa! ¿Quién habrá podido ser? Murmuraban observando el cuerpo aparentemente sin vida del infortunado.
 
- ¡Canallas, asesinos! gritaba un arriero que había sido testigo de los hechos.
 
- ¡Yo los vi, yo los vi! Eran dos, el pastor se defendió a garrotazos, pero el más "achaparrao" le apuñaló por la espalda y "aluego" salieron huyendo por lo pando camino de Villanueva.
 
 
 

 
 
En esos mismos momentos dos hombres van perdiendo el resuello corriendo sin parar, uno de ellos lleva una profunda herida en la cabeza, la sangre apenas le deja ver y se detiene para descansar pues no puede más, el otro le mira con los ojos desencajados y grita:
 
- ¡Ajilando Antonio! que ya se ve el cerro Aceuchal.
 
Diego que es como así se llama, pero al que todos conocen como Benito, es primo de Antonio, lleva sus manos ensangrentadas y aprovecha la parada para lavárselas sacando un cubo de agua del pozo de una huerta.
 
- Ese vaquero me ha “breao” a palos, dice Antonio, mientras se refresca con el agua del pozo echándosela sobre la cabeza.
 
Un hortelano, que está saneando sus tierras, se percata de la llegada de los dos hombres prevenido por su perro, que no deja de ladrar y, llama su atención.
 
- ¡Eh! ¿Qué hacen ahí?
 
Antonio suelta el cubo que cae violentamente al fondo del pozo y, reanudan la huida siendo perseguidos por el perro del hortelano durante unos metros.
 
Todo el brocal del pozo está manchado de sangre, algo que hace inquietarse al pobre campesino mientras observa cómo se acercan al galope varios jinetes, dos de ellos son Guardias Civiles y el otro, le resulta fácilmente reconocible pues monta una potranca colorada que, tan solo un día antes, hizo el amago de darle una coz por la cañada del cerro de la Horca, es D. Fermín, veterano de la guerra de Cuba y hermano del Sr. Juez Municipal. Porta un fusil mauser modelo 1893 y al cincho lleva su viejo revólver Anitua.
 

 
 
- Imagino a quienes buscan ustedes, van corriendo como alma que lleva el diablo camino de aquel cerro, ¿Qué son, ladrones?
 
- Algo peor, algo peor, son: criminales, contesta D. Fermín.
 
 

 CAPITULO III - CAUTIVOS

La pareja de guardias detiene la persecución de los fugitivos para rastrear el terreno. D. Fermín también descabalga y saca de una raída funda de cuero sus potentes binoculares marca Aitchisons, esos que tan buen resultado le habían dado en sus jornadas de caza y observa el terreno palmo a palmo, a los lejos, en el cerro Aceuchal algo llama su atención, una pequeña y casi imperceptible sombra.

-  Mire cabo, ¡ya los tenemos!

Efectivamente, los dos hombres que habían abandonado el camino de Villanueva para no dejar pistas de su ruta de escape habían sido localizados.

-  Nos separaremos, para rodearlos, dijo el cabo de la Benemérita. Vd. D. Fermín, suba por aquí, estos bicharracos ya no se escapan.

Los dos fugitivos habían decidido ocultarse en el cerro hasta la caída del sol para después, amparados en la oscuridad de la noche, llegar hasta Villanueva, allí se aprovisionarían de ropa limpia y algo de dinero con el propósito de huir lejos, muy lejos, hasta México donde tienen unos parientes que habían emigrado años atrás.

Antonio, el más joven está agotado, la huida le ha dejado sin fuerzas e hinca sus rodillas en la tierra y rompe a llorar, llora de dolor por la paliza que le dio el vaquero y de miedo por su destino.

- Nos darán garrote como a esos dos señoritos de Don Benito.

- Seguro que no primo, confía en mí, no llores, verás como todo sale bien y no te pasa nada.

-  Eso es hablar con la boca chica, yo solo pienso en mi madre y en Teresa ¿Qué va a ser de ellas?, dijo Antonio.

Como torrentes que fluyen tras una tormenta, los perseguidores no dan tregua a la caza y van estrechando el cerco, hasta desembocar donde se ocultan los dos primos.

- ¡Calla Antonio! que me parece escuchar algo.

Unas tórtolas, que descansan en una encina, alzan su vuelo espantadas ante la presencia de D. Fermín, que revolver en mano se acerca hacia ellos.

¡Arriba las manos o por Dios que os mato!

Tras ellos aparecen los dos Civiles, que carabina en mano, cierran el cerrojo de sus armas.

-  ¡Alto a la Guardia Civil!

-  ¡Yo no he hecho ná, yo no he hecho ná! dice el lloroso Antonio.

-  Estate quieto, a ver si vas hacer alguna que jieda, replica el cabo.

Diego aprovecha el gimoteo de su primo para escapar barranco abajo, tras él sale D. Fermín que le persigue y dispara al aire su revolver ... ¡bang! ¡Bang!... Diego se detiene y alza sus brazos. 

 

CONTINUARÁ

jueves, 31 de marzo de 2022

DON BENITO 1895. Por dovane63. Basado en hechos reales




CAPITULO PRIMERO

1875, finales del siglo XIX, en este año el rey de España, Alfonso XII, desembarca en Valencia y se dirige hacia Madrid para ocupar el trono. El vecino Portugal, aprueba una ley que suprime la esclavitud en todas las provincias de ultramar y en la joven nación americana de los Estados Unidos, los últimos indios comanches que siguen combatiendo, se rinden al ejército. 

Sábado 26 de Junio, Don Benito (Badajoz), en la humilde vivienda de Manuel y Vicenta viene al mundo, después de un difícil parto, su primogénito. El mayor de los hijos varones, es un niño fuerte y sano que les ha traído la alegría a su casa pues llevan mucho tiempo buscándolo (un hombre destinado a sobrevivir a la muerte de un imperio), le pondrán de nombre, siguiendo una antigua tradición familiar, como su padre y su abuelo, Manuel. Desde muy pequeño aprende de su padre el noble oficio de pastor y cuando la dura faena lo permite, suele ir a casa de D. Ramón, un viejo profesor, veterano combatiente de las guerras Carlistas, que le enseña poco más que a escribir y como decía su madre: “a hacer cuentas”.

 Pero lo que más le gusta al niño es escuchar las hazañas de heroicos personajes que le cuenta el viejo profesor, de Cortés, de Pizarro, de Orellana… protagonistas de un tiempo en el que solo los más valientes zarpaban en busca de otros mundos y, mientras cuida del ganado, se imagina allende los mares viviendo mil y una aventuras, aún no sabe que él también un día los cruzará y será un héroe.



CAPITULO SEGUNDO 

1885, Manuel tiene 10 años, este año marcará su vida, el manto de la muerte cubre con su pestilencia la región extremeña, pues es infectada por una epidemia de cólera morbo asiático la ciudad de Don Benito. Los contaminados sufren fuertes vómitos y diarrea (aún podemos ver algunos carteles de prohibición en las fachadas de la iglesia de Santiago que fueron colocados a raíz de estas epidemias), los enfermos no muestran fiebre alguna y tras un periodo de incubación de uno o dos días, les llega la muerte por deshidratación en menos de una semana. Se trasmite por el agua y los alimentos, la contaminación llega con facilidad a fuentes y pozos de agua potable. Se piensa que el contagio fue causado por unos tratantes de ganado valencianos que habían llegado a la ciudad, pues el foco de la epidemia se encontraba en el levante español.

 Las primeras defunciones sembraron el terror y el pánico en la población y, como se puede imaginar, paralizaron todas las actividades industriales, agrícolas y comerciales. La ciudad era un caos y el miedo hizo que las clases más pudientes abandonaran la ciudad. Don Benito, por sus 15.000 habitantes, fue la población de la provincia de Badajoz donde ésta epidemia causo más estragos, pues en los 50 días que duró, el 3,55% de la población había muerto, 532 almas perecieron. No fue a más esta mortandad gracias al pueblo, que se organizó y creó una Junta de Socorros, los médicos practicaban visitas a domicilio y se repartieron abundantes raciones de carne, vino, pan y medicinas, siendo el comportamiento de muchos funcionarios tachado de heroico y digno de admiración al arriesgar sus propias vidas en beneficio de los demás, muchos de nosotros les debemos nuestra existencia (estas personas sí que merecen un monumento o al menos reconocimiento).



CAPITULO TERCERO

Manuel y su familia afortunadamente no se vieron afectados ya que se encontraban lejos de la ciudad, cuidando del ganado, no así su amigo el viejo profesor, aquel que tanto marcó su carácter y su vida, fue una de las primeras víctimas de esta terrible epidemia. Recordó Manuel, al volver a Don Benito, que en las navidades del año anterior (1884) que una tarde en compañía de su padre se disponía a guardar el ganado en el cercado, cuando de repente se hizo un silencio sepulcral, tan solo roto por los quejidos de Júpiter, su perro, que ladraba al viento, hasta los pájaros dejaron de cantar. La tierra tembló bajo sus pies y padre, hijo y perro corrieron a casa presos del pánico, ellos no lo sabían pero lo que sintieron fueron las secuelas de un fuerte terremoto que había sacudido con intensidad las provincias andaluzas de Málaga y Granada cobrándose gran cantidad de vidas. 

Una vecina, curandera y a la que muchos por su ignorancia tachaban de bruja, mientras le rezaba a su padre un “culebrón” que le había salido en la espalda, les comentó que eso era presagio de grandes males para la ciudad, pero que él no temiera porque tendría una larga vida. Nunca lo olvidaría, pues comprendió que la curandera se refería a esa terrible epidemia. 1895, Manuel, como todos le conocen en el pueblo, ha heredado el fuerte carácter de su padre y más de una vez se ve envuelto en alguna que otra riña, casi siempre por líos de faldas, suele salir victorioso utilizando su astucia y arrojo, es un hombre valiente, al que ya nada ni nadie le asusta. Es de una vieja raza, de aquel tipo que tan bien definió el poeta Luis Chamizo: 

“Son asina los cachorros de la raza de castúos labraores extremeños,que, inorantes de las cencias d'hoy en día, cavilando tras las yuntas, descurrieron que los campos de su Patria y la madre de sus hijos, son lo mesmo".

  
CAPITULO CUARTO

Acaba de cumplir Manuel 20 años, España lleva en un estado de guerra permanente todo el siglo. Existe desde el año 1770 un sistema de reclutamiento llamado de quintas, según este sistema, se sacaba a suerte uno de cada cinco hombres para ir a combatir en un largo servicio obligatorio y el destino sería seguramente un puesto perdido en algún lugar lejano de lo que quedaba del maltrecho imperio español, a miles de kilómetros de casa, donde las probabilidades de morir eran muy altas. Los pobres, como siempre eran los perdedores, pues si podías permitírtelo tenías dos formas de librarte: enviar un sustituto (sustitución personal) o el rescate (redención en metálico), es decir, pagar un dinero al Estado por librarse total o parcialmente. A partir de la entrada en vigor de la Ley O`Donnell (1.863) la “Redención” se estableció en 8.000 reales; pese a ello el Consejo logró ir reduciendo paulatinamente el coste de la “Sustitución”, fijándolo en 5.200 reales entre 1.863 y 1.867, hasta dejarlo en 4.000 reales (1.000 pesetas), a finales de 1.868. 

Desgraciadamente ni Manuel ni toda su familia contaban con semejante cantidad de dinero, no la habían visto en toda su vida y el 21 de Septiembre de 1895 marcha por la glorieta hasta la estación con destino Badajoz, nunca había montado en tren ni tampoco había estado tan lejos de su hogar, tan solo una vez que acompañó a su padre a Magacela para a ver a una vieja tía moribunda. Desde el andén le despiden sus padres y el viejo Júpiter que corre tras el tren hasta rendirse de cansancio. Todo llama su atención, los prados, los ríos, los pueblos, las gentes… Comparte con una joven gitana, que viaja con su hijo, las pocas viandas que le preparó su madre, un poco de queso, unos higos secos y trozo de pan, los corta cuidadosamente con el cuchillo que le regaló su querido amigo, el viejo profesor, le recuerda con añoranza mientras mira la hoja, la limpia una y otra vez, lleva grabada, como si fuera una espada, la frase: “No me desenvaines sin causa, no me envaines sin honor”, este cuchillo seria su fiel compañero y en más de una ocasión salvaría su vida. 

Ya se divisa la torre de la catedral de Badajoz que se acerca por la ventanilla y el silbato del tren asusta al niño de la gitana, que entre llantos, despierta a su madre que se había quedado traspuesta.
  
CAPITULO QUINTO


La crónica negra en la Extremadura de principios del siglo XX, estuvo marcada por una serie de asesinatos que conmocionaron a su población. El Crimen de Don Benito, sin lugar a dudas, fue uno de los más horrorosos jamás registrados, llegando incluso a tener repercusión en toda la prensa nacional y cuya huella aún en nuestros días sigue estando presente, pero no fue el único que enturbió la paz y la tranquilidad de esta próspera ciudad.
Cuando aún resonaban los ecos de sus gentes pidiendo justicia por sus calles y plazas, el estigma del criminal, señalaba nuevamente a Don Benito, nadie sospechaba que se volvería a repetir tan pronto la pesadilla.
 
16:00 h. del 2 enero de 1906. La campana de la estación anuncia la llegada de un tren procedente de Badajoz, el estruendo de la máquina hace temblar sus cimientos, el viejo gato Lucifer, que plácidamente dormitaba, sale despavorido y se encarama en lo más alto del moral, ese que tan buena sombra da a los viajeros en las tardes de verano.
 
Dos pasajeros se bajan del vehículo y se alejan por La Glorieta, charlan tranquilamente y nada hace sospechar que la sombra de la muerte se cierne sobre ellos, pues tras sus pasos una siniestra figura va acortando la distancia que les separa.
 
Es un día frío, de los de antes, de carámbanos y de tiritonas. Manuel Valadés y Agustín Gallego, que así se llaman estos dos paisanos, se ven sorprendidos por esta figura que al llegar a su altura y sin mediar palabra saca un arma de fuego que lleva escondida en una vieja chaqueta de pana, los dos hombres se quedan paralizados, atónitos, con los ojos desorbitados al ver que el arma apunta hacia ellos.
 
Un silencio tenebroso invade la Glorieta, ya no cantan los pájaros, ya no ríen los niños que correteaban por allí, el silencio tan solo se rompe por el doble click del arma al ser amartillada y… ¡¡Bang, Bang!!
Los gorriones huyen en tropel de su refugio en los árboles y los dos hombres, tras una nube de humo, caen al suelo heridos de muerte, los gritos de las criadas que cuidan a los infantes hacen que todo el mundo se agolpe a los pies de las víctimas, en medio de la confusión el asesino huye por unos olivares cercanos dirección a Villanueva de la Serena.
 
Los dos hombres se retuercen de dolor, Agustín se sujeta con fuerza la garganta, pues la bala se ha alojado en su cuello, trata de pedir auxilio, pero se ahoga en su propia sangre. La herida de Manuel es aún más grave pues ya inmóvil, sobre un gran charco de sangre, más bien parece… muerto.
- ¡Ya maté a esos cabrones, ya los maté! grita mientras huye por entre los olivos la siniestra figura.
 
CAPITULO SEXTO
 

Han pasado 4 horas desde el terrible suceso y, el médico, muy a su pesar solo puede certificar la muerte de Manuel Valadés, su viuda y sus hijos lloran desconsolados a los pies de la cama, mientras el Párroco le unge con el sagrado óleo.
 
Agustín, tras recibir los primeros auxilios se debate entre la vida y la muerte.
 
El criminal, amparado en la oscuridad de la noche, sale de su escondrijo y se pone en marcha después de comer unos higos secos que llevaba en uno de sus bolsillos, bebe agua en el Arroyo del Campo y ve reflejado su rostro en el espejo del agua, es de tez morena y remarcado por un gran mostacho negro como el azabache, su nombre: José García Fernández, natural de Albacete que acaba de cumplir condena en el penal de Badajoz.
 
El teniente de la Guardia Civil, Sr. Escobar, ya ha desplegado a todos sus efectivos, que, aunque escasos, siempre han dado muestras de una gran efectividad, pero el fugitivo es hombre astuto y no será tarea fácil su captura.
 
Un pastor, veterano de la Guerra de Filipinas llamado Manuel López Parejo, asegura haber visto al presunto criminal.
 
- Da Vd. su permiso: Mi teniente.
 
- Adelante, García.
 
- Aquí está su amigo Manuel “El filipino”, mi teniente. Dice que ha escuchado de boca de un arriero, que ayer hubo un terrible suceso en Don Benito y que anoche vio como un individuo, con muy mala pinta, huía tras saltar la tapia de la harinera.
 
- Hazle pasar.
 
- ¡Hombre Manuel, ¡cuánto bueno por aquí! le dice el teniente mientras se dan un fuerte abrazo. A ver cuando me cuentas como te zafaste en la jungla de Filipinas, de los insurgentes que te retenían…
 
- ¿Ves estas cicatrices en mi cuello?, me quemaron las barbas con una antorcha la noche que conseguí escaparme.
 
- Por cierto, muchas gracias de parte de Pepito, le encantó el caballo que le tallaste en madera, no lo suelta ni a sol y ni a sombra.
 
- Ya sabes que los pastores disponemos de mucho tiempo y la talla es una de mis pasiones.
 
- Bueno cuéntame, me ha dicho García que viste a un individuo sospechoso.
 
- Así es, llevaba el ganado al cercado cuando un hombre, que no me gustó ni un pelo, se deslizó sigilosamente por la tapia de la harinera, creí que sería un ladrón, pero “Vinagre”, el arriero, me contó lo que ayer pasó en La Glorieta y pensé que tal vez sea el que estás buscando.
 
- Manuel, ¿Quieres acompañarme a la harinera?
 
- Vale, dame 5 minutos, que voy al casino a saludar a Miguel Parejo, el mayoral de Don Eduardo Olea, que está interesado en comprarme algo de ganado.
 
LA HUIDA
 
José ha pasado todo el día escondido en uno de los almacenes de la harinera. Amparado por la oscuridad de la noche, toma camino de la pequeña villa de antiguos hidalgos, La Haba, que dista poco más de 6 kilómetros de Don Benito. Sigue el curso del Arroyo del Campo para no dejar huellas, hace frío y tiene hambre, sus tripas suenan en el silencio de la noche como una pelea de gatos. 
 
A unos 50 metros del curso del arroyo, se divisa una pequeña luz. Se acerca sigilosamente para no ser descubierto, parapetado tras el tronco de un viejo olivo, comprueba que es un grupo de pastores que, en torno a un fuego, están dando cuenta de unas ricas viandas. Uno de los perros de los pastores, un viejo mastín de imponente físico ha detectado su presencia y en actitud desafiante ladra con fuerza mientras trota de izquierda a derecha alertando a los pastores, que armados de palos se levantan bruscamente de sus asientos.
 
¡Me cago en Dios! Maldice uno de los pastores mientras trata de calmar al fiero mastín. ¿Qué diablos te pasa? ¿Quién anda ahí?
 
 
CAPITULO SEPTIMO
 

 
- Buenas noches tengan Vd. Con voz lastimosa se dirige el temeroso José, al que retiene el mastín.
 
- No des un paso más o suelto a esta fiera, ¿Quién eres y qué quieres?
 
- Soy un pobre peregrino que solo pide un trozo de pan para seguir su camino, “Que Dios me mate si no digo la verdad”.
 
- Por estos caminos andan muchas alimañas, nadie en su sano juicio se aventura a cruzar estos campos, y más solo, en una fría noche de enero, acérquese y caliéntese en el fuego, hombre de Dios.
José tirita de frío, mientras uno de los pastores le acerca un cuenco de madera con sopa caliente, pan y un trozo de queso.
 
- Yo soy del pueblo que se ve al fondo, La Haba y me llamo Juan García Velasco y Vd. ¿cómo se llama?
 
Casi atragantado, se limpia la boca con su manga y le dice:
 
- Me llamo Melalo y voy peregrinando para dar gracias a la Virgen por un gran favor.
 
- Pues en mi pueblo tenemos una Virgen muy milagrosa “la Verveneda” que se encuentra en la iglesia parroquial de San Juan Bautista, no deje de visitarla. Cuenta una antigua leyenda que la imagen de la Virgen la encontró dentro de una oquedad de un viejo roble, un ladrón llamado Nuño.
 
A oír la palabra ladrón, José levanta la vista del plato y esboza una tenue sonrisa, el pastor sigue con su relato.
 
- y que al verla se arrepintió de todas sus tropelías pasando a ser, a partir de ese momento, su guardián y su protector, en el lugar construyó una ermita en La Rioja. 
 
Mientras, el pastor le guiña un ojo, y le da con el codo al que estaba a su lado.
 
- Cuenta el milagroso suceso en que el Niño Dios giró su cabeza para no ver un sacrilegio. Dos recién casados acudieron a la Romería que allí se celebraba y quisieron hacer su vela quedándose a pasar la noche en la ermita. Le pidieron a la Virgen que intercediera para tener descendencia y sin ningún tipo de reparo pasaron ellos a poner los medios para su consecución. Con gran osadía y sin respeto se retiraron a un rincón de la Capilla, hacia el lado de la Epístola, donde el Niño Dios miraba y se dejaron llevar por los impulsos de la carne.
 
José no para de comer, mientras el resto de los pastores no paran de reír pícaramente al escuchar el relato de Juan García, sobre todo el más pequeño de ellos que no debe tener más de 12 años.
 
- Entonces la imagen del Niño, que miraba en esa dirección, torció el rostro para no verlo, mudando visiblemente la postura que tenía en los brazos de su madre. Asombrados al ver tan gran prodigio, empezaron gritar: Milagro, Milagro, Milagro. El gran alboroto formado hizo que concurrieran los religiosos y peregrinos ante los que, para su vergüenza, confesaron su ofensa. 
 
Todos ríen al calor del fuego, incluso José que disimuladamente comprueba que su pistola continua dentro de su raída chaqueta, el pastor se le acerca y le dice:
 
- Ten esta manta, puedes pasar la noche en el fuego, nosotros nos retiramos a dormir en el chozo, mañana será un día duro, tenemos que llevar el rebaño a la serrezuela.
 
Al amanecer, uno de los pastores el más joven, sale del chozo para preparar el desayuno, pero ni el “peregrino” ni la manta están junto al fuego.
 
- ¡Señó Juan, Señó Juan! El forastero se ha ido y se ha llevado su manta.
 
José, con fuerzas renovadas tras el descanso y la comida, atraviesa el llamado Cordel de la Plata y se encamina hacia Magacela. Se adentra en la Sierra y busca refugio en el abrigo de la Peña del Águila, allí tiene previsto permanecer oculto.
 
CONTINUARÁ

sábado, 19 de febrero de 2022

MEDELLIN Y CELESTINO VEGA

AL CASTILLO CEMENTERIO DE MEDELLIN

 

Castillo de Medellín,

allá entre el cielo y la tierra,

¿qué tormenta te dejó

-viejo navío de piedra-

naufrago en el alto cerro

encallado entre las peñas?

 

¿Y qué noche partirás

sobre oleadas de niebla

a un puerto del Otro Mundo,

guiándote por qué estrella?

 

Tu vieja carga de muertos

se asomará a las almenas,

y habrá adioses desgarrados

a los que están en la tierra.

 

¡Castillo de Medellín,

que destacas tu silueta

sobre los gules heráldicos

del ocaso, fue un poeta

quien buscó para su cuerpo

el descanso entre tus piedras.!

 

En las noches azuladas

¡Bajas a ti las estrellas…!

 

Celestino Vega Mateos. nº 7 de la Revista Don Benito de fecha mayo de 1948. 

 

Celestino Vega Mateos

He podido comprobar, gracias a los artículos de D. Celestino Vega, que sentimos la misma pasión por Medellín y su historia. Son numerosos los trabajos que este médico, poeta y humanista publicó sobre ello. 

 

Vista parcial del cementerio del castillo, a finales de la segunda década del s.XX.

Revista Gráfica Estampa (c.a.1930).

 

Le unió una profunda amistad con el escultor Enrique Pérez Comendador, en un número anterior de la misma revista, de fecha diciembre de 1947, dedicado al gran conquistador metellinense, en su portada aparece esta fotografía de una escultura de Hernán Cortés, propiedad de D. Celestino realizada por el escultor hervasense. 

 


 HERNAN CORTES. Escultura de Pérez Comendador, propiedad de Celestino Vega.

Revista Don Benito nº 03 (diciembre 1947)

 

Aparte del doctor, este interesante número (cuyo original se puede consultar Biblioteca Municipal "Francisco Valdés" de Don Benito) cuenta con colaboraciones de figuras de la talla de Santiago González Murillo, Javier Rodríguez López, Margarita Soldevilla y Puente, Ernesto Juan Pulido, Alfredo Ara, Luis Gómez Requena y Honorino Buendía.

 

 Celestino Vega y Honorino Buendía en Medellín, año 1946.

Foto DOVANE63 cedida por Miguel Buendía Guillén

 

La universal pintora parisina Magdalena Leroux Morel, viuda del escultor Enrique Pérez Comendador, en el homenaje que se le tributó a Celestino Vega el 12 de diciembre de 1978, en el Salón Noble del Casino de Badajoz le dedicó estas sentidas palabras:

 

Magdalena Leroux


 “… Al corazón nos llega el recuerdo vivo de Celestino Vega Mateos al que todavía no se le ha hecho justicia. Además de auténtico poeta, no sólo se valía de la palabra, sino también en su cotidiano andar por la vida, era un hombre de extraordinaria cultura y conocedor excepcional de la noble tierra extremeña y de la grandeza de los hombres”. 

 


 Cuadro: Castillo de Medellín desde la vega del río Ortigas. 

Obra de Magdalena Leroux (de) Comendador (c.a.1960)