sábado, 19 de septiembre de 2026

DON BENITO. Treinta y dos centímetros de bigote.


Hubo un tiempo en que las calles de Don Benito estaban llenas de sonidos que hoy apenas podemos imaginar: el golpe acompasado del martillo sobre el hierro, el roce de las herramientas sobre la madera, el chirriar de las ruedas de un carruaje y el olor inconfundible de los talleres.

Era un tiempo en el que aprender un oficio podía ocupar toda una vida y en el que las manos hablaban tanto como las palabras.

 

Julio Gallego Hermanos, 1921: Gran taller de cerrajería. 


Martín Cidoncha y compañía, 1921: Grandes talleres de ebanistería y carpintería

En aquel Don Benito de finales del siglo XIX vivió Apolinar Vázquez Taba, conocido por todos como el Maestro Apolinar. Nació el 7 de octubre de 1871, en la calle Palacios, hoy calle Doña Consuelo Torre. Sus padres fueron Félix Vázquez Gálvez y Josefa Taba Grande.

 

 

Siendo joven marchó a Sevilla y comenzó a trabajar en el taller familiar de reparación de carruajes. Allí aprendió los secretos de una profesión que exigía paciencia, precisión y una extraordinaria habilidad manual. Aprendió a conocer la madera, a dominar el hierro y, sobre todo, a comprender que cada pieza tenía su lugar y que en un buen trabajo nada podía quedar al azar.

 

DON BENITO 1900. PLAZA DE ESPAÑA. Foto optimizada por DOVANE63

Cuando regresó a Don Benito, abrió en la calle Luis Hermida un taller dedicado a la fabricación de coches de caballos. Llegaron a trabajar allí más de treinta operarios. Aquel espacio debió de ser un pequeño universo de oficios: carpinteros, herreros, torneros, tapiceros y pintores trabajando alrededor de una misma obra.

Un carruaje no era únicamente un vehículo. Era el resultado de muchas manos.

Había que fabricar llantas, ejes y soportes; trabajar la madera, tornear piezas, colocar adornos, tapizar y pintar. Todo debía encajar y, al mismo tiempo, todo debía ser hermoso.

Aunque en su partida de defunción aparece como carpintero, reducir a una sola palabra la profesión de Apolinar sería quedarse muy lejos de lo que realmente fue. Era un artesano capaz de transitar por distintas disciplinas y convertir el conocimiento acumulado durante años en nuevas formas.

Algunas de aquellas formas todavía pueden contemplarse.

 


 

Una de ellas es la escalera de caracol de los antiguos Almacenes Vallejo. Su estructura helicoidal, sus curvas precisas y sus barandillas torneadas hablan de una época en la que incluso un elemento destinado a cumplir una función podía convertirse en una pieza ornamental. Los balaustres y los paneles decorativos calados aportan ligereza al conjunto y parecen dialogar con los motivos de las baldosas hidráulicas del establecimiento.

 

Similitud entre los paneles de la escalera y las baldosas.

 

Pero aquella escalera nos permite acercarnos también a la historia de otro hombre cuyo nombre quedó estrechamente ligado a la vida comercial de Don Benito: Antonio Vallejo y Fernández.

 


Ocho años antes que Apolinar, en 1863, había nacido Antonio Vallejo en Terroba, una pequeña localidad situada en el valle del río Leza, en la comarca del Camero Viejo, en La Rioja.

Procedía de una familia vinculada al mundo rural y su infancia estuvo marcada por las dificultades económicas y las duras condiciones de vida de las zonas serranas de la época.

En 1876, cuando apenas tenía trece años, emprendió el camino hacia Don Benito acompañando a un rebaño de ovejas. Llegó a la ciudad con escasos recursos y comenzó realizando trabajos humildes, entre ellos la limpieza de los soportales de la Plaza.


Poco después entró como mozo de almacén en el establecimiento de la familia Córdova. Allí comenzó una etapa decisiva de su vida. Su esfuerzo, constancia y capacidad de trabajo le permitieron mejorar progresivamente su situación y adquirir experiencia en el mundo del comercio.

En 1890 decidió dar un paso más e inició su propia actividad empresarial con un pequeño negocio de ferretería.

Aquel modesto establecimiento acabaría creciendo hasta convertirse en los conocidos Almacenes Vallejo, situados en la actual Plaza de España. El pequeño comercio se transformó con los años en una empresa de referencia para la ciudad y en uno de aquellos establecimientos que forman parte de la memoria cotidiana de varias generaciones de dombenitenses.

 


 

En 1908, Antonio incorporó a su hermano Fausto como socio y la empresa pasó a denominarse «Antonio Vallejo y Hermano». Tras el fallecimiento de Fausto, Antonio continuó la actividad junto a su sobrino Ricardo Terroba Vallejo. Más adelante, varios de sus sobrinos constituyeron, en 1934, la sociedad «Sobrinos de Antonio Vallejo», que asumió la propiedad de los almacenes y permitió prolongar el negocio familiar.

La historia empresarial de Antonio no se limitó al comercio. También participó en la vida pública y económica de Don Benito. Fue concejal del Ayuntamiento entre 1930 y 1931 y representó a la localidad en instituciones relacionadas con el comercio y la agricultura.

Contrajo matrimonio con Ana María Cidoncha Fernández-Trejo, aunque el matrimonio no tuvo descendencia. Su legado empresarial continuó a través de sus sobrinos.

Antonio Vallejo falleció en Don Benito el 7 de agosto de 1936, a los 73 años, a consecuencia de una hemorragia cerebral. Su vida había quedado estrechamente vinculada a la transformación económica y comercial de la ciudad.

Los Almacenes Vallejo permanecieron abiertos hasta 2012. El edificio conserva hoy una parte importante de aquella memoria. Sus muros guardan no solo el recuerdo de la actividad comercial de la familia, sino también vestigios de la Guerra Civil, entre ellos un refugio antiaéreo y daños ocasionados por la metralla.


La escalera realizada por Apolinar forma parte, por tanto, de una historia mucho mayor: la de una ciudad que crecía y cambiaba gracias al trabajo de comerciantes, artesanos y emprendedores.

Cuando el taller desapareció

También la guerra pasó por la vida de Apolinar.

Una bomba destruyó su taller. En un instante desapareció aquel espacio en el que durante años habían sonado martillos, sierras y tornos. Desaparecieron herramientas y materiales. Pero no desapareció lo esencial.


El oficio permanecía en sus manos.

«El taller desapareció, pero el oficio seguía conmigo. Mientras pudiera trabajar, seguiría haciéndolo».

 

 

Y siguió.

Su habilidad con el torno encontró una nueva expresión en las cuencas de madera para el gazpacho. El trabajo de aquellas piezas llegó a ser conocido incluso fuera de Extremadura. En 1950, durante la Feria del Campo de Madrid, una de sus cuencas de fresno, acompañada de bandeja y tapadera, despertó tal admiración que fue vendida pocas horas después de inaugurarse la feria.



Los encargos llegaron después en tal cantidad que no pudo atenderlos todos.

Otros artesanos y profesionales acudían a él para pedirle consejo. Había pasado tantos años aprendiendo que el conocimiento se había convertido en una segunda naturaleza. Por eso no era simplemente Apolinar. Era el Maestro.

Falleció en Don Benito el 5 de octubre de 1958, a los 86 años.

 

Quizá cuando cerró los ojos se apagó también una parte de aquel mundo de talleres y oficios que había conocido desde joven. Pero algunas cosas permanecieron: una escalera que sigue ascendiendo en espiral, unas columnas que continúan sosteniendo la memoria de un templo y unos objetos de madera que todavía permiten imaginar el movimiento paciente de sus manos.

 


 Algunos trabajos del Maestro Apolinar

Y permanece, también, una imagen entrañable: la de aquel hombre que presumía, con humor, de su enorme bigote de 32 centímetros.

Treinta y dos centímetros de bigote.

Toda una vida de oficio.

Y unas manos que supieron convertir la madera en memoria.

 

Retrato del Maestro Apolinar realizado por Juan Aparicio Quintana

 

FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:

  • Fernández de Sevilla Palomo, Ramón A. Antonio Vallejo y Hermano, 1921. Don Benito. En Tierra extremeña.
  • Gutiérrez Gallego, José Antonio y Soto Valadés, Diego: «Apolinar Vázquez Taba», en Biografías Dombenitenses III, Asociación Torre Isunza.
  • García Orio-Zabala, Antonio: «Cuencas para nuestro gazpacho», HOY, 23 de mayo de 1953.
  • Asociación Torre Isunza para la Defensa del Patrimonio Histórico y Cultural de Don Benito: «Apolinar Vázquez Taba».
  • Biografías Dombenitenses IV, Asociación Torre Isunza, 2024. Antonio Vallejo Fernández, de Daniel Cortés González
  • Domeque, Estrella: «Almacenes Vallejo: Once pesetas para la historia de Don Benito», HOY, 23 de enero de 2022.
  •  D.S. Cordero.
  • https://dovane63.blogspot.com/2017/10/don-benito-los-refugios-de-la-guerra.html