domingo, 26 de julio de 2026

DON BENITO, 1902. EL SULTÁN


Enrique Donoso-Cortés y Solo de Zaldívar (1840-1908) nació en Don Benito en el seno de una de las familias más poderosas de Extremadura. Senador del Reino, gran terrateniente y jefe del Partido Liberal, durante décadas fue el hombre que movió los hilos de la política local. Su influencia era tan grande que el pueblo terminó bautizándolo con un sobrenombre que sonaba a leyenda: «El Sultán». Para muchos, nada importante ocurría en la comarca sin que él lo supiera o lo consintiera.

Enrique contrajo matrimonio en la Iglesia Parroquial de Santiago Apóstol de Don Benito, el 27 de febrero de 1861, con María Tiburcia Susana Antonia Ladrón de Guevara y Fernández de Henestrosa. (Don Benito, 11 de agosto de 1840 - 26 de febrero de 1872)

Había nacido en el seno de una distinguida familia de la nobleza extremeña. Fue hija de Joaquín Ladrón de Guevara y Rodríguez de León y de Antonia Fernández de Henestrosa y Barona, creciendo en un ambiente propio de la aristocracia de la época.




María Tiburcia Susana Antonia Ladrón de Guevara y Fernández de Henestrosa (1840-1872). Retrato generado mediante inteligencia artificial a partir de una descripción biográfica e información histórica disponible. La imagen constituye una recreación artística y verosímil de su posible apariencia, realizada al no conservarse, o no conocerse, un retrato fotográfico o pictórico auténtico.

Su matrimonio con Enrique, político y terrateniente, además de sobrino del célebre pensador Juan Donoso Cortés, unió a dos destacados linajes de la Extremadura del siglo XIX. El matrimonio no tuvo descendencia y María falleció prematuramente en 1872, cuando contaba tan solo treinta y un años de edad.



La mansión actualmente, esquina c./ Olivillo con  c/. D. Pedro Granda. Foto: DOVANE63

En la fotografía puede contemplarse el espectacular relieve escultórico que corona la fachada de la mansión que habitó el matrimonio en la calle Don Pedro Granda. Según algunas fuentes, esta figura femenina representaría a Antonia Ladrón de Guevara, concebida como un homenaje destinado a perpetuar su memoria. No obstante, esta atribución no ha sido plenamente confirmada por la documentación histórica conocida.



Don Benito, C/. Don Pedro Granda - Foto: DOVANE63

El destino de Enrique quedó inevitablemente ligado al célebre Crimen de Don Benito cuando su sobrino, Carlos García de Paredes, fue señalado como principal responsable del doble asesinato que conmocionó a la población en 1902. Temido por su carácter violento y por los abusos que se le atribuían, Carlos recurrió desde el primer momento a la red de influencias de su familia. Durante los primeros compases de la investigación contó con la protección y el respaldo de Enrique Donoso-Cortés, cuyo enorme peso político actuó, según denunciaron muchos contemporáneos, como un escudo que favoreció un clima de silencio y temor. Muchos vecinos evitaron declarar por miedo a las represalias del poderoso cacique.




En las tabernas, en los mercados y en las plazas corría un rumor que nadie conseguía acallar: Carlos seguía en libertad porque la larga sombra de «El Sultán» lo protegía. Nunca llegó a demostrarse que el senador utilizara su poder para impedir la acción de la justicia, pero aquella sospecha fue creciendo hasta convertirse, para buena parte del pueblo, en una certeza.


La indignación popular no tardó en estallar. Una multitud rodeó la casa del senador para exigir que dejara actuar a la justicia.



El juez Tamarón declaró públicamente que Donoso-Cortés no había intervenido en favor de los acusados. El propio senador salió a enfrentarse a la multitud y afirmó que deseaba el castigo de los culpables «tanto como el que más». Posteriormente respondió también a los ataques de la prensa nacional mediante una extensa carta en la que defendió su honor y rechazó, una por una, las acusaciones de caciquismo, corrupción y tráfico de influencias.



Pese al inmenso poder político y económico de los Donoso-Cortés, la presión de la opinión pública, la repercusión alcanzada por la prensa nacional y la firme actuación de la justicia terminaron por romper el cerco de protección que rodeaba a los acusados. El proceso acabó convirtiéndose en uno de los ejemplos más representativos de la lucha contra el caciquismo durante la Restauración. Carlos García de Paredes fue finalmente juzgado, condenado y ejecutado a garrote vil en 1904 junto con sus cómplices.


Sin embargo, hay batallas que no se ganan con documentos ni con discursos. Aunque jamás pudo probarse que Enrique Donoso-Cortés utilizara directamente su poder para proteger a su sobrino, la sombra de la duda sobrevivió al juicio y al paso del tiempo. Desde entonces dejó de ser únicamente el político más poderoso de Don Benito para convertirse en el símbolo de una época en la que el poder parecía capaz de desafiar a la justicia.


Lápida en el Cementerio Municipal de San Antonio de Don Benito. Foto: DOVANE63

Cuando murió, en 1908, una multitud acompañó su féretro por las calles de Don Benito. Autoridades, jornaleros, campesinos, obreros y dirigentes políticos le rindieron el último homenaje. Hasta el final, «El Sultán» siguió siendo un hombre de contrastes: admirado por unos, temido por otros y recordado por todos como el personaje más poderoso y enigmático vinculado al crimen que marcó para siempre la historia de Don Benito.



FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:

Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.

El crimen de Don  Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.

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sábado, 25 de julio de 2026

DON BENITO 1902. EL CRIADO


El proceso judicial por los asesinatos de doña Catalina Barragán y doña Inés Calderón situó a Juan García Rando, criado de Carlos García de Paredes, en una posición delicada. Aunque inicialmente fue acusado de encubrir el crimen, el desarrollo del juicio permitió analizar con detalle cuál había sido realmente su participación y si existían pruebas suficientes para responsabilizarlo.

Toda historia familiar encierra un punto de partida. En este caso, la investigación genealógica llevada a cabo por Daniel Cortés nos conduce a un hallazgo de especial relevancia que, además, constituye una auténtica primicia. Por primera vez, y a través de este artículo del blog, sale a la luz un dato hasta ahora desconocido: los antepasados de Juan tenían su origen en Francia.

En un viejo documento, amarillento por el paso del tiempo, cuya tinta sigue conservando intacta la memoria de su nacimiento. Ante nosotros aparece su partida bautismal, cuidadosamente redactada en la Iglesia Parroquial de Santiago de Don Benito. En ella se recoge que, el 15 de marzo de 1863, el vicario ecónomo don Prudencio Laureano Sánchez bautizó solemnemente a un niño llamado Juan.

El pequeño había venido al mundo apenas unas horas antes, el 14 de marzo de 1863, a las cuatro de la madrugada, en la vivienda familiar situada en la calle del Esquero, número 14. Era hijo legítimo de Francisco García, labrador de profesión, y de Antonia Rando, quienes veían nacer a un nuevo miembro de su familia.




C/. Esquero. Donde hoy se sitúa este edificio se encontraba el domicilio de Juan García Rando

La partida bautismal inmortaliza también los nombres de quienes conformaban su linaje: sus abuelos paternos, Andrés García y Francisca Morcillo; y sus abuelos maternos, José Rando y Juana Díaz. Como madrina fue elegida Rita Rando, mientras que Ángel Sánchez Barroso y Joaquín Muñoz, vecinos de Don Benito, actuaron como testigos de aquel solemne acto.



Partida de nacimiento de Juan García Rando

Con la firma y rúbrica de don Prudencio Laureano Sánchez Porro quedó sellado el primer episodio de la vida de Juan. Un sencillo registro parroquial que, más de siglo y medio después, sigue hablándonos de una madrugada de marzo de 1863, del nacimiento de un niño llamado Juan y del comienzo de una historia familiar cuyas raíces se extendían mucho más allá de Extremadura, hasta alcanzar las tierras de Francia de donde partieron sus antepasados.

Han pasado casi 40 años, nos situamos en el año 1902 y como tantos jóvenes de familias humildes, Juan ha encontrado en el servicio doméstico una forma de ganarse la vida.

Ser criado de un señorito significaba trabajar a cambio de un pequeño sueldo, la comida y un lugar donde dormir. A cambio, debía estar siempre disponible para obedecer cualquier orden.

Juan hacía de todo: servía la mesa, cuidaba de los caballos, realizaba recados, acompañaba a su señor y trabajaba en la finca cuando era necesario. Las jornadas eran largas y la obediencia formaba parte del oficio. Si el amo decidía despedirlo, podía perder al mismo tiempo el trabajo, el techo y el sustento.

La vida de estas personas apenas dejaba margen para prosperar. Con escasa formación y pocas oportunidades, dependían casi por completo de la voluntad de sus señores. Y cuando el amo se veía envuelto en un problema con la justicia, el criado era muchas veces el primero en quedar bajo sospecha. Sin dinero, sin influencias y con pocas posibilidades de defenderse, ocupaba siempre la posición más vulnerable.

La historia de Juan García Rando refleja la realidad de muchos trabajadores humildes de la Extremadura de finales del siglo XIX y principios del XX: una existencia marcada por el esfuerzo, la obediencia y la dependencia.




Cuando me llamaron a declarar, yo solo dije lo que sabía. Mi señor llegó a casa sobre las once y media. Le puse la cena y después se fue a dormir. Yo no oí que volviera a salir ni escuché abrir ninguna puerta en toda la noche. Eso fue lo que pasó, y eso fue lo que dije.

El fiscal le recordó que aquella versión era completamente distinta de la que había prestado durante la instrucción del sumario. La contradicción despertó el interés de la sala, ya que las primeras declaraciones de Juan habían servido para sostener la acusación de encubrimiento.




Sí, señor... antes dije otra cosa, pero porque ya no podía aguantar más. Me cogieron en la cárcel y me hicieron sufrir como a un animal. Me ataban, me golpeaban y me apretaban los dedos con unos hierros hasta que sentía que se me rompían los huesos. El dolor era tan grande que acabé gritando para que parasen.




El sargento me cruzó la cara a bofetadas una y otra vez, diciéndome que confesara. Cada vez que decía que no sabía nada, volvían a empezar. Yo pensaba que me iban a matar allí mismo. Al final repetí las palabras que ellos querían oír, no porque fueran verdad, sino porque quería que dejaran de hacerme daño. Nunca lavé la ropa de mi amo para esconder nada. Eso no pasó. Y la chaqueta la vio un teniente; le dijeron que aquellas manchas eran de una liebre y él mismo la dejó donde estaba. Si él no vio delito, ¿por qué tenían que cargarlo sobre mí?




No levantaba la vista del suelo. Tenía miedo de los guardias, de la gente y de volver a la cárcel. Aún me dolían las manos y cada vez que recordaba aquellos días me temblaba el cuerpo. Sentía que nadie quería escucharme, que todos me tenían por culpable antes de abrir la boca. Yo solo quería que alguien creyera que lo que confesé me lo arrancaron a golpes.

Pese a ello, el Ministerio Fiscal mantuvo inicialmente la acusación de encubrimiento, sosteniendo que Rando había colaborado con García de Paredes lavando las prendas manchadas de sangre para borrar las huellas del delito.




Su defensor, Fernando Abarrategui Pontes, rechazó esa acusación y argumentó que no existía prueba alguna de que el criado conociera los asesinatos o hubiera participado en la ocultación de evidencias. Además, destacó que el supuesto lavado de la ropa ni siquiera aparecía acreditado en el sumario.




Gracias a Dios, mi abogado, don Fernando Abarrategui Pontes, habló por mí. Yo apenas sabía explicarme. Solo era un criado, un hombre pobre que obedecía a su señor y hacía su trabajo. Nunca supe lo que había pasado aquella noche y nunca ayudé a esconder ningún crimen. Bastante castigo había recibido ya sin haber hecho nada.

Tras escuchar a los testigos y valorar el conjunto de las pruebas, el Ministerio Fiscal modificó sus conclusiones. Reconoció que no había quedado demostrado que Juan García Rando conociera los asesinatos ni que hubiera colaborado para ocultarlos. El acusador particular retiró igualmente la acusación y, al no existir ninguna otra parte que la mantuviera, el tribunal dictó su libre absolución.




Cuando oí que ya no me acusaban, se me aflojaron las piernas. Creí que nunca iba a salir vivo de todo aquello. Mi abogado tenía miedo de que el gentío me hiciera daño al salir del juzgado, y yo también lo tenía. Solo quería irme lejos, abrazar a los míos y olvidar los golpes, los gritos y aquellas noches en las que me hicieron confesar un crimen que nunca cometí.

Nadie volvió a escribir el nombre de Juan García Rando en los periódicos. Tras el juicio, el silencio ocupó el lugar que antes habían llenado los rumores y las acusaciones. Quizá se quedó en Don Benito con la cabeza baja, evitando las miradas de quienes aún dudaban de su inocencia. O tal vez prefirió marcharse, buscando en otro pueblo el anonimato que nunca pudo encontrar donde todos recordaban aquel proceso.


FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:

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domingo, 19 de julio de 2026

DON BENITO 1902. EL MÉDICO.


El hallazgo de los cadáveres de Catalina Barragán y su hija Inés María conmocionó a Don Benito. Desde ese momento, todo el pueblo buscó un culpable.

Sobre el suelo del zaguán apareció una caja que pertenecía al médico Carlos Suárez, un oculista de Villanueva de la Serena que pasaba consulta en una habitación alquilada de aquella misma casa tres tardes por semana.

Aquella caja bastó para señalarlo con el dedo y lo detuvieron.

Y, desde ese mismo instante, dejó de ser un médico respetado para convertirse, a los ojos del pueblo en un asesino.



Calle del Padre Cortés

- Todavía no entiendo cómo pudo cambiarme la vida de una noche para otra.

- Yo estaba en mi casa, en Villanueva. Dormía cuando aquellas dos mujeres fueron asesinadas.

- A la mañana siguiente llamaron a mi puerta.

- Pensé que sería un enfermo, pero eran los guardias.

- Venían a detenerme.

- No entendía nada.


El doctor tenía cincuenta años y jamás había pisado un calabozo. Su único vínculo con las víctimas era profesional. En aquella vivienda guardaba los frascos y medicamentos con los que atendía a sus pacientes. Nada más. Pero alguien utilizó su nombre para conseguir que abrieran la puerta de la casa la noche del crimen.

Y la Justicia, en lugar de buscar al asesino, fue a buscar al médico.

- Me trataron como si llevara toda la vida matando gente. Ni siquiera me escuchaban.

- Ya habían decidido que yo era el culpable y me encerraron en una celda húmeda, oscura y sucia, cuarenta y seis días con sus noches.

- No se me olvidará jamás.

- Dormía poco y comía menos. Cada vez que abrían la puerta pensaba que venían a decirme que todo había terminado. Pero no. Siempre era otro interrogatorio. Otra humillación. Otro insulto.



Con el paso de los días, la presión aumentó. Las autoridades insistían en que confesara. El gobernador, el juez y varios mandos de la Guardia Civil estaban convencidos de que aquel hombre tranquilo escondía al asesino. Mientras tanto, el verdadero culpable seguía en libertad.



- Llegó un momento en que dudé hasta de mí mismo. No porque creyera haber hecho nada, sino porque, cuando todo el mundo te llama criminal, acabas pensando que te has vuelto loco.

- Me gritaban. Me llamaban asesino. Hipócrita.

- Decían que yo había matado a aquellas mujeres. Y yo solo repetía una cosa.

- ¡Yo no he sido!

- Pero parecía que nadie quería escucharme.

Hubo un día especialmente peligroso. Sacaron al médico de la cárcel y lo llevaron atado con una cuerda. La noticia había corrido por todo Don Benito. La gente quería justicia, y muchos confundieron la justicia con la venganza.



- Vi la rabia en los ojos de la gente. Algunos querían echarse sobre mí. Pensé que allí mismo iba a acabar mi vida. No sé cómo salí vivo. Quizá Dios todavía no había escrito mi última página. Porque, si aquella multitud me hubiera matado...

- Todos habrían dicho que el asesino murió linchado. Y los verdaderos culpables habrían seguido paseando por las calles.

Mientras Carlos Suárez sufría en prisión, en el pueblo empezaban a surgir dudas. Muchos vecinos no creían en su culpabilidad. Todos sabían que había un joven poderoso, Carlos García de Paredes, que llevaba tiempo persiguiendo a Inés María.

Pero su apellido pesaba demasiado. Había miedo. Mucho miedo. Hasta que un muchacho llamado Tomás Alonso Camacho decidió romper su silencio.



- Nunca olvidaré aquel día. Entró un funcionario. Traía un papel en la mano. Pensé que venía otra desgracia. Pero me dijo:

- Queda usted en libertad.

- No recuerdo haber sentido un alivio igual en toda mi vida. Quise llorar. Quise reír. Quise abrazar al primero que encontrara. 

La declaración de Tomás Alonso Camacho demostró que el nombre del médico había sido utilizado como engaño para conseguir que Catalina Barragán abriera la puerta de su casa.




En cuestión de horas, el hombre al que habían llamado asesino pasó a ser una víctima más de aquella tragedia.

Cuando salió de la cárcel, el pueblo lo esperaba, y muchos de los que antes habían dudado de él fueron a recibirlo. Otros le pidieron perdón con el silencio.


- La libertad sabe distinta cuando te la han quitado sin motivo. Salí de aquella cárcel más viejo, más cansado y con una herida que nunca terminó de cerrar. Perdí la salud, perdí pacientes y perdí la tranquilidad. Pero hubo una cosa que no consiguieron quitarme: mi nombre.

- Porque la verdad, aunque llegue tarde, siempre acaba encontrando el camino.

- Y fue un muchacho valiente, Tomás Alonso Camacho, quien me devolvió el honor que nunca debieron arrebatarme.




ROMANCE Nº 4. Recogido en Campanario por María Dolores Cabezas de Herrera


FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:

Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.

El crimen de Don  Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.

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sábado, 18 de julio de 2026

DON BENITO 1902. EL SERENO.


Hace ya algunos años recibí un correo de mi amigo José Manuel Cecilio. Aquel mensaje, aparentemente sencillo, contenía un valioso testimonio que aportaba datos biográficos hasta entonces desconocidos sobre el padre de su suegro, Pedro Cidoncha Ramírez, el sereno que la historia convertiría en uno de los protagonistas del célebre Crimen de Don Benito.

Pedro Cidoncha nació en Don Benito el 7 de diciembre de 1858. Contrajo matrimonio con Antonia Morcillo Lozano, nacida también en la localidad el 1 de enero de 1859. El matrimonio fijó su residencia en la calle Oriente, donde nacieron sus hijos. 


Domicilio de Pedro Cidoncha, calle Oriente, nº 22

El menor de ellos, Antonio Cidoncha Morcillo (quien con el tiempo sería el suegro de José Manuel), vino al mundo el 8 de diciembre de 1901, apenas siete meses antes del crimen de la calle Padre Cortés. Debido a su corta edad, nunca pudo conservar recuerdo alguno de aquellos trágicos acontecimientos.


DON BENITO. Desde la izquierda, calle Oriente; derecha, Segundo Palomar.
Foto de principios de los 80. D.S. Cordero.


Pedro era hijo de Manuel Cidoncha y Juana Ramírez, ambos naturales de Don Benito. Sus abuelos paternos fueron Agustín Cidoncha y Josefa García, mientras que por la rama materna lo fueron Juan Ramírez y Concepción Guisado. La familia Cidoncha llevaba, por tanto, varias generaciones profundamente arraigada en la localidad.


En una época en la que el analfabetismo era todavía muy elevado, Pedro sabía leer y escribir, una capacidad casi indispensable para desempeñar el oficio de sereno. Debió de ingresar en el cuerpo de vigilantes municipales entre 1881 y 1883, cuando apenas contaba veinte años. Las fotografías conservadas y las crónicas del juicio lo describen como un hombre alto, de gesto serio y presencia imponente.

Su trabajo le permitió sostener a una familia numerosa, aunque era un oficio duro y poco agradecido. Las rondas nocturnas lo enfrentaban con frecuencia a borrachos, pendencieros y personas de dudosa reputación, en una sociedad marcada por el caciquismo y las profundas desigualdades.


Resulta fácil imaginarlo recorriendo las silenciosas calles del Don Benito de principios del siglo XX, mucho más pequeño que el actual. Fue en una de aquellas rondas cuando se cruzó con Carlos García de Paredes y Ramón Martín de Castejón. Los testimonios de la época presentan a García de Paredes como un hombre violento, aficionado a la bebida y obsesionado desde hacía tiempo con Inés María. Es posible que aprovechara la presencia del sereno para pedirle, o incluso exigirle, amparado en su posición social, que llamara a la puerta de la vivienda. Nunca sabremos con certeza si Pedro actuó por temor, por exceso de confianza o convencido de que nada grave iba a suceder. Lo cierto es que aquella decisión cambió para siempre el rumbo de su vida.


Esta fotografía puede ser una de las más antiguas que se conservan de la ciudad, vemos la plaza, denominada de la Constitución. Fue publicada en el núm. 775 de la revista “Madrid Cómico” de fecha 25 de diciembre de 1897 y que dirigía en aquel entonces D. Sinesio Delgado García, considerado como el padre de la Sociedad General de Autores de España.

Tras el crimen, el silencio se adueñó de la familia. Durante décadas apenas se habló de lo ocurrido. Fue una tragedia convertida en tabú, una herida demasiado dolorosa para ser evocada y que muchos prefirieron sepultar en el olvido.

El testimonio de José Manuel aporta una dimensión profundamente humana a la figura de Pedro Cidoncha, muy distinta de la imagen que transmitieron las crónicas judiciales. Sin embargo, los documentos del proceso permiten conocer también su propia versión de los hechos. 

A continuación se recoge, adaptada y respetando el contenido esencial su declaración ante el tribunal.


Mi nombre es Pedro Cidoncha. Aquella noche me encontré con Carlos García de Paredes y Ramón Martín de Castejón. Me pidieron que llamara a la puerta de la casa donde vivían Catalina Barragán e Inés María Calderón. Ramón me aseguró que la visita estaba previamente concertada con las mujeres y que no habría ningún problema. En un primer momento me negué y les respondí que fueran ellos mismos quienes llamasen, siempre que no provocaran ningún escándalo.

Continué mi ronda, pero poco después, cuando caminaba desde la calle de Valdivia hacia la del Padre Cortés, volví a encontrármelos. Me dijeron que las mujeres se habían negado a abrirles y me insistieron para que fuera yo quien llamara. Finalmente accedí.

Llamé a la puerta y Catalina Barragán, al reconocer mi voz de sereno, abrió con confianza. Le pedí un poco de agua y regresó con una copa de loza. Mientras bebía, Ramón Martín de Castejón también pidió agua. Catalina vaciló unos instantes antes de volver al interior de la vivienda. Aprovechando ese breve momento, Carlos García de Paredes y Ramón Martín de Castejón entraron en la casa y cerraron la puerta tras de sí.

No escuché gritos ni ruidos que me hicieran sospechar que iba a ocurrir una desgracia. Creí que todo se reducía a un simple asunto entre aquellas personas y seguí tranquilamente con mi ronda. Nunca imaginé el desenlace que tendría aquella noche.


El tribunal no aceptó esa explicación. La sentencia consideró que, sin la intervención del sereno, los asesinos difícilmente habrían conseguido franquear la puerta de la vivienda y lo declaró coautor de los hechos. Fue condenado a dos penas de veinte años de reclusión, una por cada una de las muertes de Catalina Barragán e Inés María Calderón, además de otros seis años por la tentativa de violación. Su abogado sostuvo una interpretación muy distinta y defendió que debía ser condenado únicamente como cómplice de homicidio, solicitando diecisiete años por la muerte de Catalina y seis por la de Inés María.

En algunas publicaciones se ha presentado una fotografía como si correspondiera al cadáver ultrajado de Inés María. Sin embargo, esa atribución es errónea. La imagen pertenece, en realidad, a la víctima del crimen de Valdelafuente, ocurrido en 1904, y no guarda relación con el caso de Inés María.


Posición en que fue hallado de cadáver de Doña Catalina

Pedro Cidoncha nunca recuperó la libertad. Falleció de pulmonía en noviembre de 1921, mientras cumplía condena en el penal de San Miguel de los Reyes, en Valencia. 



Partida de defunción de Pedro Cidoncha


Sus descendientes conservaron siempre el recuerdo de un hombre que, según la tradición familiar, padeció allí grandes calamidades: el frío de las galerías, el hambre, la enfermedad y, sobre todo, el peso insoportable de una condena que marcó para siempre el destino de toda una familia.

Una reciente investigación llevada a cabo por Daniel Cortés sobre el árbol genealógico de Pedro Cidoncha ha sacado a la luz un hallazgo tan sorprendente como hasta ahora desconocido: el sereno estaba emparentado, aunque de forma muy lejana, tanto con Carlos García de Paredes como con el influyente cacique Enrique Donoso-Cortés y Solo de Zaldívar.


Daniel Cortés González

El estudio revela que los tatarabuelos paternos de Pedro Cidoncha fueron Francisco Donoso-Cortés Gómez (1730-1795) y María Josefa García de Paredes y de Paredes, el mismo matrimonio del que descendía también Enrique Donoso-Cortés y Solo de Zaldívar, sobrino del primer marqués de Valdegamas. Asimismo, una hermana de María Josefa García de Paredes y de Paredes, llamada Francisca, fue la tatarabuela paterna de Carlos García de Paredes.

La genealogía pone así de manifiesto un hecho insólito: cómplice y verdugo compartían, sin saberlo, unas mismas raíces familiares. Una de esas sorprendentes ironías de la historia que solo la investigación documental, más de un siglo después de los acontecimientos, ha permitido desvelar.


FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:

Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.

Familiares de Pedro Cidoncha y en especial a José Manuel Cecilio.

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domingo, 12 de julio de 2026

DON BENITO. LA TUMBA MALDITA.


Hay tumbas que conservan un nombre. Otras conservan un secreto.

En un rincón del Cementerio Municipal de San Antonio existe un nicho que parece haber querido borrar el recuerdo de uno de sus ocupantes. Quien se detenga ante él solo leerá un nombre: Francisco García de Paredes y Campuzano, coronel de Infantería retirado, fallecido el 24 de octubre de 1948.

 



Nada hace sospechar que, tras esa misma lápida, también descansan los restos de su hermano Carlos García de Paredes, condenado a garrote vil por asesinato.

 


Su nombre ha desaparecido de la piedra.

Sin embargo, los documentos del cementerio cuentan otra historia. El Diario de Ingresos revela que, cuarenta y tres años después de la ejecución de Carlos, Francisco fue enterrado en el mismo nicho. Desde entonces, ambos hermanos comparten el descanso eterno, aunque solo uno de ellos haya conservado el derecho a ser recordado.

 


Situación de ambas tumbas

Resulta difícil no preguntarse si ese silencio fue deliberado. Porque Carlos no fue un hombre cualquiera. Mucho antes de convertirse en asesino, ya era conocido por su violencia.

Quizá por eso su nombre terminó desapareciendo de la lápida.

No de los archivos.

La paradoja resulta aún más llamativa si se compara con el entierro que recibió. Pese a haber sido ejecutado por asesinato, Carlos pertenecía a una familia acomodada y sus exequias estuvieron muy lejos de la modestia. La conducción del cadáver costó 167 pesetas y el funeral se celebró con honores de primera clase, la categoría más solemne reservada por la Iglesia. Incluyó una vigilia de un nocturno, misas de apuntación y la asistencia de la cofradía de San Pedro, ceremonias que otorgaban al difunto el máximo rango litúrgico y evidenciaban el peso social y económico de su familia.



El contraste con el otro condenado, Castejón, es absoluto. También recibió un entierro ordinario, pero el coste total de sus exequias fue de apenas 2,50 pesetas. Incluso después de la muerte, el dinero seguía marcando profundas diferencias entre unos y otros. Recibió sepultura en la manzana de San Pedro, aunque debió desaparecer, porque actualmente son todas tumbas modernas.

No deja de ser una ironía que quien recibió uno de los funerales más solemnes terminara convertido en un difunto sin nombre.


En el otro extremo del cementerio descansa Inés María, la víctima. Su sepultura, junto a la de su madre, continúa siendo una de las más visitadas del camposanto. La distancia física que hoy separa ambas tumbas parece simbolizar el abismo moral que existió entre ellos en vida.

 


En el Cementerio Municipal de San Antonio de Don Benito, en la pared que da a la Avenida de Madrid, en el nicho número 47 de la llamada Manzana de San Francisco, hay una lápida en la que figura la siguiente inscripción:

“Aquí yacen los cadáveres de Doña Inés María Calderón Barragán y de su señora madre, Dª Catalina Barragán. Muertas alevosamente en la noche del 18 de junio de 1902”.

Mientras flores y oraciones siguen llegando hasta la tumba de Inés María, el nicho de Carlos permanece en silencio.

No hay inscripción que recuerde quién fue.

No hay epitafio.

Solo una lápida que parece negar su existencia.

Dicen que una tumba queda maldita cuando el nombre de quien la ocupa desaparece de la piedra. Quizá por eso este nicho sigue despertando una inquietud difícil de explicar.


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