miércoles, 5 de agosto de 2026

DON BENITO. AQUELLAS TARDES DE VERANO



Recuerdo aquellas largas tardes de verano en las que el tiempo parecía detenerse. Las siestas transcurrían en silencio, respetando el descanso de los mayores. Eran muy pocos los coches que pasaban por la calle, y llegué a conocer la marca de cada uno por el ruido de su motor.

Foto: A finales de los años 60 con mis pistolas y sombrero vaquero

Sobre una manta, que mi madre tendía en el suelo, jugaba a los «indios», inventando historias vestido de vaquero. Los niños más afortunados tenían un fuerte de Comansi. Recuerdo que un año los Reyes Magos me trajeron el fuerte «La Ponderosa», inspirado en la famosa serie de televisión Bonanza.

También recreando batallas con los soldaditos de los sobres Montaplex. Con los Madelman y luego con los Geyperman. El sonido de las piezas del Exin Castillos a caer al suelo, las películas del Cinexin y los Juegos Reunidos Geyper.

 

Las tardes más calmadas, leyendo tebeos: El Jabato, El Capitán Trueno, Joyas Literarias Juveniles, el DDT, Pulgarcito, TBO, Mortadelo…

Otras veces construíamos, sobre una vieja tabla, un pinball con gomas elásticas, chapas de botellas y puntas. Cuando nos cansábamos de jugar, aquella misma tabla se convertía en un patinete cuyas ruedas eran viejos cojinetes metálicos.

 

Después llegaba la hora de aquellas inolvidables series de televisión: Tarzán, Los Thunderbird, El Gran Chaparral, El Virginiano, Los Invasores, Rin-Tin- Tin, Mi bella genio, Embrujada, Viaje al fondo del mar, UFO, Kung Fu, La casa de la pradera, Tierra de gigantes, Mi oso y yo, Flipper, Skippy el canguro, Furia, Bonanza, Daniel Boone...














     
 
 
 

 
 

Las meriendas tenían un sabor que aún permanece en mi memoria: pan con chocolate, Nocilla, una rebanada con Tulipán y Cola Cao espolvoreado, o mortadela del puesto de “La Manolita”

 


Y, cómo no, los dibujos animados: 

 















  
 










  
 






El oso Yogui, Don Gato y su pandilla, La Hormiga Atómica, El joven Simbad, Los autos locos, Los Picapiedra, Maguila Gorila, Meteoro, Los osos montañeses, Pepe Pótamo, Pixie y Dixie, La abeja Maya, Calimero, Tom y Jerry, Popeye el marino, Mazinger Z, Heidi, Marco, Scooby-Doo, Super Ratón, Speedy González, El coyote y correcaminos, El canario Piolín, Leoncio el león y Tristón, El Pato Lucas, El Gallo Claudio, El Conejo de la Suerte, El gato Félix, El Pájaro Loco, Tapón López, La Pantera Rosa, Vickie el Vikingo, La tortuga D’Artagnan, Juancho el lagarto

Cuando el calor aflojaba un poco, algún amigo llamaba a la puerta y preguntaba: «¿Te sales?». Entonces salía como una bala. Casi siempre jugábamos al balón en la calle y, si en ese momento pasaba un remolque o un carro, nos colgábamos de la parte trasera.

Otras veces jugábamos al fútbol en el «redondel» del parque y aquellos partidos parecían no tener fin; hacíamos las pausas cuando queríamos y la hidratación consistía en beber agua «a chupe» todos del grifo de la fuente.



También fabricábamos, con una tabla, una goma y una pinza de la ropa, un rifle para cazar «avionetas», aquellas libélulas que revoloteaban alrededor de las fuentes y los charcos. Claro que por allí también andaban las avispas y más de un picotazo me llevé. Ese mismo rifle nos servía por las noches para salir a cazar las lagartijas que se posaban junto a las escasas luces del barrio.

 

Todavía recuerdo mi primera bicicleta y la cantidad de porrazos que me di con ella.

 


Las chuches del carrito de La Sevillana y Pedrito.


Mi bautismo cervecero llegó de la manera más insospechada. Siendo un crío, en una boda celebrada en los bajos del Capitol, a los niños nos sirvieron, ni más ni menos, que botellines de cerveza El Gavilán. Nadie se llevaba las manos a la cabeza; al contrario, aquello se veía con la naturalidad de la época. 

Y no era la única costumbre que hoy nos parece de otro planeta. Antes de las comidas era casi un rito tomarse una copita de Quina Santa Catalina para despertar el apetito. Decían que abría el estómago, y nosotros lo aceptábamos como una verdad tan indiscutible como que el pan se compraba cada mañana.


Mirado desde la distancia, cuesta no sonreír al recordar aquellas escenas que, aunque ahora parezcan inverosímiles, formaron parte de la vida cotidiana de toda una generación.

En el Parque Grande, como todos lo llamábamos, también jugaba con pequeños barquitos que dejaba flotar por los canales de riego que recorrían todo el recinto. 

 

Cuando caía la tarde y el calor iba remitiendo, los mayores sacaban las sillas a la calle para sentarse al fresco. Mientras ellos conversaban, todos los niños del barrio nos reuníamos para jugar. En verano también llegaban «los madrileños», los hijos de los emigrantes que regresaban al pueblo para pasar las vacaciones.

Jugábamos al escondite, al burro en pipa, al pañuelo, al balón-tiro, a los bolindres, al repeón, a la picota, a los cantos y a la comba. Cualquier rincón era bueno para inventar un juego.

Cuando era tiempo de melones, los vaciábamos, les poníamos una vela dentro y los llevábamos colgados de una cuerda mientras recorríamos las calles cantando:

«La coruja en el tejao, pone huevos coloraos...». (NO RECUERDO MAS)

 

Recuerdo con especial emoción el día en que el hombre llegó a la Luna. Familiares y amigos nos reunimos alrededor de aquella televisión en blanco y negro para contemplar un acontecimiento que ignorábamos que pasaría a la historia.

Y, casi sin darnos cuenta, llegaba el final del verano. Volvía la escuela con los estuches nuevos, los libros, las libretas, los álbumes de cromos, el inconfundible olor de las gomas de nata y la cartera colgada de la espalda.

Hoy, que voy siendo mayor, me gusta volver la vista atrás y recordar aquella infancia. Fueron años sencillos, llenos de felicidad, de juegos y de personas que ya nunca volverán. Son recuerdos que siguen viviendo en lo más profundo de mi corazón y que deseo conservar mientras tenga memoria, y si no la tengo algún día, espero que este artículo me lo recuerde.


Dedicado a todos los que crecimos cuando las calles eran nuestro patio de juegos y el verano parecía no tener fin. Que estos recuerdos os devuelvan, aunque solo sea por un instante, a aquella infancia feliz.






domingo, 2 de agosto de 2026

DON BENITO 1902. LAS AUTOPSIAS


Al día siguiente del crimen, la casa de la calle Padre Cortés volvió a abrir sus puertas. Esta vez no para recibir visitas, sino para que los médicos examinaran los cuerpos de Catalina Barragán y de su hija Inés María. De forma poco habitual, las autopsias se realizaron allí mismo, en la vivienda donde habían sido asesinadas. Uno de los encargados fue el médico forense Waldo Álvarez Riego.


Nunca se olvida una escena como aquella. Doña Catalina yacía en el zaguán, todavía con la ropa empapada de sangre. Presentaba varias heridas de arma blanca, la mayoría concentradas en el cuello y la cabeza. Cuatro de ellas eran mortales por sí solas. La hemorragia fue tan intensa que la muerte tuvo que producirse casi de inmediato. Todo indicaba que el ataque había sido rápido y despiadado.




El reconocimiento del cuerpo de Inés María resultó aún más sobrecogedor.

La muchacha presentaba numerosas heridas repartidas por la cabeza, el cuello, los hombros y las manos. Estas últimas mostraban con claridad que había intentado defenderse con todas sus fuerzas. La mayor parte de los golpes fueron recibidos por la espalda y provocaron lesiones irreparables. También observamos indicios de un intento de agresión sexual, pero pudimos concluir que el agresor no llegó a consumarla. Inés luchó hasta el último instante.

Tras examinar los cuerpos, el forense recorrió cada estancia de la vivienda.




La casa hablaba por sí sola. En el zaguán permanecía el cuerpo de Catalina, rodeado por un gran charco de sangre. Cerca de ella había una copa de barro rota y la caja de instrumentos que el sereno había utilizado como engaño para conseguir que abrieran la puerta. En una ventana encontramos la huella ensangrentada de una mano y, a lo largo del pasillo, varias manchas marcaban el recorrido de los asesinos.

Las habitaciones mostraban la violencia del ataque.

Todo estaba revuelto. Las ropas de la cama aparecían esparcidas por el suelo y había señales evidentes de una lucha desesperada. En una de las habitaciones permanecía el cuerpo de Inés María. Su ropa estaba desgarrada y las heridas reflejaban la brutalidad con la que fue atacada. A pesar de la violencia sufrida, las lesiones en sus manos demostraban que no dejó de defenderse hasta el final.



El informe médico confirmó lo que la escena del crimen ya hacía imaginar: madre e hija fueron sorprendidas y atacadas con una crueldad extrema. La autopsia no solo permitió conocer la causa de la muerte, sino también reconstruir los últimos y dramáticos minutos de sus vidas, aportando pruebas fundamentales para la investigación.


FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:

Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.

El crimen de Don  Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.

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sábado, 1 de agosto de 2026

DON BENITO 1902. EL TESTIGO

Han pasado muchos años desde aquella noche de junio de 1902, pero el nombre de Tomás Alonso Camacho sigue ligado al esclarecimiento del crimen de Don Benito. Con apenas dieciocho años, apareció cuarenta y cinco días después de los asesinatos asegurando haber presenciado una escena decisiva. Sin embargo, desde el primer momento hubo quienes dudaron de su relato y sostuvieron que su testimonio era una construcción interesada.

Según afirmó Tomás, aquella noche salía del Casino de los Labradores cuando vio al sereno acompañado de dos hombres en la calle del Padre Cortés. Aseguró que decidió quedarse observando porque la situación le resultó sospechosa.

Yo no era ningún valiente ni cosa de esas. Era un mozo como tantos otros. Aquella noche salí del Casino de los Labradores, iba por la calle del Padre Cortés cuando vi a dos hombres con el sereno. Les di las buenas noches, pero ni me miraron siquiera. Aquello me dio mala espina y me quedé quieto, mirando a ver qué pasaba.


Escondido en un rincón de la calle, Tomás presenció una escena que acabaría siendo decisiva.

Siempre según su versión, permaneció oculto mientras contemplaba cómo el sereno conseguía que una mujer abriera la puerta de la vivienda y facilitaba la entrada de los dos hombres.

Oí a una mujer decir desde dentro: «He dicho que no abro». El sereno seguía llamando y diciendo que era muy urgente. Al cabo de un tiempo, la mujer abrió la puerta y le dio una caja. Luego él pidió un poco de agua. En cuanto ella volvió a entrar en la casa, el sereno levantó el farol y les hizo una seña a los otros dos. Vinieron corriendo, entraron en la casa y el sereno salió otra vez, cerró la puerta y se fue. Yo seguí mi camino. No pensé que allí fuera a pasar una desgracia tan grande.


Casa del crimen en la actualidad.


No existe ningún otro testigo que confirmara haber visto esa secuencia de hechos.

Al día siguiente se conoció el asesinato de las dos mujeres. Tomás afirmó que relacionó inmediatamente el crimen con lo que decía haber visto, pero optó por guardar silencio durante cuarenta y cinco días.

Cuando me lo contaron me quedé helado. Enseguida pensé en lo que había visto aquella noche. Pero no dije nada.

Ese prolongado silencio fue uno de los principales argumentos utilizados por quienes consideraban que su historia carecía de credibilidad. Mientras varias personas permanecían encarceladas y la investigación avanzaba sin resultados concluyentes, Tomás no acudió a las autoridades hasta mes y medio después.

Cuando finalmente declaró ante el juzgado, aseguró que lo hacía únicamente por un deber de conciencia.

Ya no pude aguantar más. Pensé: «Si me callo, esto lo voy a llevar encima toda la vida». Así que fui al juzgado y conté lo que vi. Ni más ni menos.

La defensa de Castejón atacó con dureza ese retraso. El abogado sostuvo que nadie podía justificar cuarenta y cinco días de silencio alegando que su madre estaba enferma y lanzó una acusación que sembró dudas sobre la independencia del testigo:

«La madre de todos es la justicia, y creo que le obligaron a hablar después de los estímulos, premios, halagos, fotografías y vítores.»




Durante el juicio, Tomás negó rotundamente haber recibido instrucciones o promesas antes de declarar.

Me preguntaron si me habían pagado, si me habían prometido un trabajo o si alguien me había dicho lo que tenía que contar. Yo siempre respondí lo mismo: nadie me mandó ir allí. Todo lo que hicieron por mí fue después. Yo solo conté lo que vi con mis propios ojos.

Sin embargo, para sus detractores esa explicación resultaba insuficiente. Consideraban difícil aceptar que un joven permaneciera callado durante tanto tiempo si realmente había presenciado los hechos que describía.

El momento más delicado llegó cuando identificó a los acusados en la sala.

Los miré bien y dije: «Son esos». No se me habían olvidado las caras. Uno de ellos me gritó que estaba mintiendo, (Castejón) pero yo no tenía miedo. Sabía muy bien a quién había visto aquella noche.

Si la hipótesis de que Tomás mintió fuera cierta, aquella identificación habría sido el punto de inflexión que cambió el rumbo del proceso gracias a un testimonio falso, pero extraordinariamente convincente.

Tras el juicio fue recibido como un héroe por buena parte de la población.

Nunca pensé que el pueblo me fuera a recibir así. La gente me daba la mano, me abrazaba y me decía que había hecho lo que tenía que hacer. Pero yo no buscaba nada de eso. Solo quería decir la verdad.

No obstante, también afirmó que las promesas de recompensa nunca se cumplieron.

 

Aspecto de la calle Groizard esperando la salida del testigo principal
 

Me dijeron que me buscarían un buen destino, pero aquello nunca llegó. Cada vez me costaba más encontrar trabajo y había días que pensaba que algunos no me perdonaban lo que había hecho. Al final me marché a América, buscando una vida mejor. Dejé atrás mi pueblo y ya no volví nunca más.

Tomás Alonso Camacho murió años después en Buenos Aires, lejos de Don Benito. Su vida terminó de forma trágica, apuñalado a la salida de un bar. Nunca se supo quién empuñó el arma ni cuáles fueron los verdaderos motivos de aquel crimen. Pero... ¿Y si su muerte no hubiera sido fruto del azar? ¿Y si quienes aprovecharon su testimonio para cambiar el rumbo del proceso consideraron, años después, que era un hombre que sabía demasiado? ¿Y si alguien decidió silenciar para siempre al joven cuya declaración había alterado el destino de uno de los procesos criminales más sonados de la época?

Es una hipótesis sin pruebas concluyentes, pero que mantiene vivo el debate sobre la credibilidad del hombre cuyo testimonio cambió el destino de uno de los procesos criminales más célebres de la época.

 

FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:

Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.

El crimen de Don  Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.

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