El 19 de julio de 1902, la ciudad de Don Benito quedó
marcada para siempre por el asesinato de Catalina Barragán y de su hija Inés
María Calderón. La escena del crimen era estremecedora: la madre fue asesinada
en el zaguán y la joven, tras intentar esconderse bajo una cama para salvar su
vida, fue encontrada con numerosas heridas que evidenciaban la brutalidad del
ataque. La violencia empleada y el intento de agresión sexual conmocionaron a
toda la población.
Carlos Pedro García de Paredes y Campuzano, el principal acusado, nació en Don Benito el 12 de enero de 1870, en el seno de una de las familias más destacadas e influyentes de la localidad. Era hijo de Lorenzo Isae García de Paredes y del Corral y de María Alberta Campuzano y Prieto, perteneciente esta última a una familia vinculada a la Corte, ya que era hija de Gabriel Campuzano y Herrera, Mayordomo de Semana de Su Majestad y Veedor General de las Reales Caballerías.
Carlos descendía de una estirpe con una importante tradición militar y social. Su abuelo paterno, Pedro Atanasio García de Paredes Fernández (1792-1861), fue coronel de los Reales Ejércitos y Caballero de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, lo que consolidó el prestigio y la posición de la familia en Don Benito durante el siglo XIX.
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| Antigua residencia de la familia García de Paredes en la calle Madre Teresa Jornet, hoy convertido en Centro Municipal de Asociaciones |
Fue miembro de una numerosa familia de diez hermanos, entre los que destacaron María Isabel, cuyos padrinos de bautismo fueron los reyes de España; Elena, casada con Patricio de Peralta Hidalgo-Barquero; y Enriqueta, que ingresó en la vida religiosa con el nombre de Sor Mercedes de Jesús.
Su hermano Francisco García de Paredes y Campuzano, nacido el 30 de enero de 1872, había orientado su vida hacia la carrera militar. Falleció el 24 de octubre de 1948 con el grado de coronel de Infantería retirado. Fue caballero de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, con Cruz y Placa, y condecorado con la Medalla del Homenaje y la Medalla del Sufrimiento por la Patria.
El Diario de Ingresos del cementerio de San Antonio de Don Benito revela que, cuarenta y tres años después de la ejecución de Carlos, Francisco fue enterrado en el mismo nicho que ocupan los restos de Carlos. Desde entonces, ambos hermanos comparten el descanso eterno.
A pesar de proceder de un entorno privilegiado y de pertenecer a una familia respetada, la vida de Carlos Pedro García de Paredes terminó marcada por el conocido crimen de Don Benito. Acusado y posteriormente condenado por el asesinato de Catalina Barragán y de su hija Inés María Calderón, fue ejecutado mediante garrote vil en la misma localidad donde había nacido, el 5 de abril de 1905. Su caída supuso el mayor descrédito para una familia que hasta entonces había destacado por su prestigio militar, político y social.
Desde el primer momento comprendí que bastaba con negar y negar. Siempre hay quien duda, quien busca otra explicación. Mi apellido me había abierto muchas puertas durante años y confié en que también me libraría esta vez. Inventé una noche de tabernas, cambié los detalles cada vez que fue necesario y fingí indignación cuando me señalaron. Mientras no pudieran demostrarlo todo, pensaba seguir jugando con ellos.
Las sospechas no surgieron únicamente por rumores. Carlos llevaba años acosando a Inés María, persiguiéndola por las calles, amenazándola y negándose a aceptar su rechazo. Varios testigos relataron que la joven vivía aterrorizada por él y que incluso había advertido que la haría suya "por la fuerza". Aquellos antecedentes ofrecían un claro móvil para el crimen y fueron determinantes durante el proceso.
Nunca supe mantener la boca cerrada. Me gustaba asustar a la gente, hacerme el valiente y disfrutar viendo sus caras. Presumí de que la sangre me había llegado hasta las rodillas, convencido de que nadie se atrevería a enfrentarse a mí. Cuando encontraron la ropa manchada, improvisé una mentira tras otra. Lo importante era ganar tiempo; la verdad nunca me preocupó demasiado.
Las pruebas siguieron acumulándose. Durante la instrucción terminó confesando el crimen entre lágrimas, aunque posteriormente afirmó que aquella confesión había sido fruto del delirio y de los malos tratos sufridos en prisión. Sin embargo, el tribunal consideró que esa retractación no desvirtuaba el conjunto de las pruebas reunidas.
En el juicio no buscaba decir la verdad, sino encontrar la mentira que mejor pudiera salvarle. Un día estaba enfermo; al siguiente, loco; después aseguraba que jamás había perseguido a Inés María. Cualquier excusa servía si sembraba una duda. Pero cada testigo recordaba una amenaza distinta, una borrachera, un acto de violencia. Su propia vida se había convertido en el mejor testigo contra él.
El momento decisivo llegó con la declaración de Tomás Alonso. Relató cómo vio al sereno facilitar la entrada en la vivienda y cómo reconoció a Carlos García de Paredes y a Ramón Martín de Castejón como los hombres que penetraron en la casa aquella noche. Su testimonio fue firme y coincidía con otros indicios materiales, como las manchas de sangre, la huella del calzado y el historial de amenazas contra la víctima. A ello se unieron decenas de declaraciones que describían al acusado como un hombre agresivo, acostumbrado a intimidar a quienes le rodeaban y protegido durante años por la influencia de su familia.
Cuando pronunciaron la sentencia entendí que el juego había terminado. Esperé un indulto que jamás llegó. Hasta el último instante preferí aferrarme a la mentira antes que asumir las consecuencias de mis propios actos.
El 5 de abril de 1905 Carlos García de Paredes fue ejecutado mediante garrote vil. Llegó al patíbulo abatido. Con su muerte concluyó uno de los procesos criminales más célebres de la España de comienzos del siglo XX, un caso en el que la acumulación de testimonios, los antecedentes del acusado, los indicios materiales y su propia confesión llevaron al tribunal a considerarlo culpable de los asesinatos de Catalina Barragán e Inés María Calderón.
FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:
Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.
El crimen de Don Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.










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