sábado, 22 de agosto de 2026

DON BENITO. EL MAESTRO PEREA

Yo soy Juan Joséph Perea, maestro carpintero y vecino de esta villa de Don Benito. Corría el año de 1781 cuando mi oficio me llevó hasta la iglesia de Santiago Apóstol, un lugar que para los vecinos no era solamente un templo, sino el centro mismo de muchas de sus vidas.

En el año 1781, Don Benito es una villa exenta de la Corona española. Había dejado de pertenecer al Condado de Medellín en 1735 tras pagar 4500 ducados al rey Felipe V para lograr su independencia señorial, por lo que dependía directamente del poder real y de su propio concejo.

Sus calles son de tierra, sus casas bajas y encaladas, y la vida transcurre al ritmo de las estaciones, del trabajo del campo y de las campanas de Santiago Apóstol.

Alrededor de la villa se extienden campos de cereal, pastos y dehesas. Los carros, las mulas, el ganado y los campesinos forman parte del paisaje cotidiano. La mayoría de sus habitantes vive de la agricultura y la ganadería, aunque también encontramos herreros, carpinteros, zapateros, sastres, comerciantes y otros artesanos.

Retrato oficial del rey Felipe V de España (1683-1746)


La tierra está repartida de forma desigual. Grandes propietarios controlan extensas dehesas, mientras muchos campesinos trabajan como jornaleros o dependen de arrendamientos. La vida está condicionada por la cosecha, el clima y el precio de los alimentos.

En este mundo, la iglesia de Santiago Apóstol ocupa un lugar central. Allí se bautiza a los niños, se celebran matrimonios y se despide a los muertos. Sus campanas marcan el ritmo de la vida cotidiana y sus celebraciones acompañan el paso de las estaciones.



Pero dentro del templo existe un pequeño vestigio que, más de dos siglos después, todavía plantea una pregunta. Siempre me llamó poderosamente la atención.

Sobre una puerta del Evangelio aparece una antigua inscripción:


«MAESTRO PEREA, AÑO 1781».

Son apenas unas palabras. Sin embargo, detrás de ellas puede esconderse una historia.

¿Quién fue aquel Maestro Perea? ¿Qué trabajo realizó en Santiago? ¿Y pudo estar relacionado con el órgano que durante años acompañó la liturgia de la iglesia y que hoy ha desaparecido?



Y entonces surge una posibilidad fascinante: quizá el Maestro Perea no construyó el órgano, sino que pudo ser carpintero, ensamblador o tallista.

La clave se encuentra en los archivos. El libro de cuentas de la parroquia nos desvela un secreto que se ha mantenido más de dos siglos.

La documentación conservada permite acercarnos, aunque sea brevemente, a la figura de un maestro carpintero que trabajó en el templo en la segunda mitad del siglo XVIII.

La bibliografía especializada sobre la organería histórica extremeña sitúa en Santiago de Don Benito un órgano construido hacia la década de 1750. Esta referencia procede de un estudio publicado por el Archivo Hispalense en 2008, basado en las investigaciones de Carmelo Solís Rodríguez. Por tanto, cuando en 1781 encontramos el nombre de Perea en la documentación parroquial, el órgano ya podía tener alrededor de treinta años.

Este dato permite descartar que el Maestro Perea fuera su constructor. Su presencia en Santiago parece corresponder a una etapa posterior y, además, los documentos son claros al identificarlo como maestro de carpintería, no como organero.

El libro de cuentas de la parroquia nos muestra a Juan Perea, que trabaja junto a Pedro Martín Aparicio y Juan Casiano. A ellos se les pagan 1.552 reales y 19 maravedís por distintos trabajos realizados para la iglesia: el remate del cancel, dos bancas nuevas (una de ellas tallada para el coro), un arcaz para guardar la cera, un bufete y la hechura de dos confesionarios, entre otros trabajos.



La documentación vuelve a mencionar a un Juan Joséph Perea, maestro carpintero y vecino de esta villa, en una partida de 1781. En esta ocasión recibe, junto con los oficiales que trabajan a sus órdenes, 1.710 reales por los trabajos realizados en un cancel que se estaba construyendo para la iglesia. El pago queda respaldado por diecisiete recibos.



Lo que sí parece claro es que Perea fue un maestro carpintero vinculado a importantes trabajos en la iglesia de Santiago.

Los libros de cuentas han conseguido rescatar del olvido algo sencillo y, al mismo tiempo, fascinante: el nombre de un maestro carpintero que dejó la huella de su trabajo en Santiago de Don Benito en 1781.

Más de dos siglos después, el nombre de Perea permanece en aquellas cuentas, como el rastro de unas manos que trabajaron la madera de la iglesia.



Pero el misterio no termina aquí. Bajo la inscripción aparece una firma y, en el fondo, apenas se intuye lo que podría ser otra inscripción, de la que por ahora no sabemos absolutamente nada. Apenas unos trazos, ocultos bajo el paso del tiempo y las capas de pintura, que plantean nuevas preguntas y abren una nueva incógnita.

¿Qué pudo haber escrito alguien allí? ¿Cuándo se hizo? ¿Quién lo hizo y por qué quedó oculto?

De momento, todo son interrogantes. Pero quizá, en el futuro, una nueva investigación consiga desvelar también este segundo misterio.



Fuentes

• Archivo parroquial de Santiago Apóstol de Don Benito: libros de cuentas del siglo XVIII, partidas de 1781.

 Pedro Luengo Gutiérrez, «Epistolario del organero José Antonio Morón (1780-1785)», Archivo Hispalense, 2008. El estudio recoge investigaciones de Carmelo Solís Rodríguez que sitúan el antiguo órgano de Santiago en torno a la década de 1750.

 Carmelo Solís Rodríguez, trabajos sobre la historia del órgano en Extremadura, utilizados como referencia para la datación del antiguo órgano de Santiago.

• Ayuntamiento de Don Benito y Junta de Extremadura: información histórica sobre Don Benito y sobre la iglesia de Santiago Apóstol.

Agradecimientos

Mi sincero agradecimiento a Daniel Cortés González, por facilitar las fotografías de los documentos históricos, y especialmente al profesor Esteban Mira Caballos, por su ayuda en la lectura y transcripción de la documentación del siglo XVIII.

Su colaboración ha sido fundamental para conocer la actividad de Perea como maestro carpintero y recuperar una pequeña parte de la historia de la iglesia de Santiago.

domingo, 16 de agosto de 2026

DON BENITO 1902. INÉS MARÍA

 


Tuve el privilegio de acompañar, en la mañana del 14 de julio de 2021, al Cronista Oficial de Don Benito, Diego Soto, y a Daniel Cortés en un viaje a la vecina localidad de Mengabril. Nos movía un mismo propósito: encontrar la respuesta a una incógnita y que, hasta entonces, ninguna investigación había conseguido resolver.

Durante el camino, Diego nos contó algo que había oído muchas veces en su casa cuando era pequeño. Su madre siempre decía que Inés María Calderón, una de las dos víctimas del conocido Crimen de Don Benito de 1902, había nacido en Mengabril y no en Don Benito. Aquellas palabras nunca se le olvidaron. Además, había un detalle que hacía pensar que podía tener razón: nunca se había encontrado en Don Benito la partida de nacimiento de Inés María.

Nada más llegar al Ayuntamiento de Mengabril, un funcionario nos recibió con mucha amabilidad. Nos dejó un despacho tranquilo y puso sobre la mesa los libros de nacimientos comprendidos entre los años 1876 y 1900. Empezamos a pasar páginas con paciencia, leyendo nombre tras nombre, sin saber si aquel viaje daría el resultado que esperábamos.



Y entonces llegó el momento. Allí estaba. Después de tantos años de dudas, apareció la partida de nacimiento de Inés María Calderón.



Tener aquellos documentos entre mis manos fue un momento de enorme emoción. Contemplaba la partida de nacimiento de Inés María Calderón en el mismo lugar donde había comenzado su vida, un 8 de junio de 1883. Pero la sorpresa no terminó ahí.

Mientras seguíamos revisando los libros encontramos también la partida de nacimiento de un hermano suyo, Rafael Amadeo, nacido el 31 de marzo de 1886 y fallecido apenas dos años después, el 24 de julio de 1888. También pudimos confirmar que otro de sus hermanos, Fernando Calderón, había nacido en 1881 y que años más tarde murió en Don Benito, el 16 de abril de 1940.



Mientras sostenía aquellos papeles, no pude evitar sentir que aquel viaje hasta Mengabril tenía algo de especial. Era como si la propia Inés María nos hubiera guiado hasta su pueblo natal para que, más de un siglo después, pudiéramos reconstruir su historia y devolverle una parte de la memoria que el tiempo había ido borrando. En ese instante tuve la sensación de que ya no era solo yo quien investigaba su vida, sino que era ella, de alguna manera, quien comenzaba a contarme la suya.

Yo crecí aprendiendo que el trabajo era el mejor refugio frente a la adversidad. Con la aguja, el bastidor y la plancha ayudaba a sostener mi hogar. Bordaba ajuares para novias, canastillas para recién nacidos y enseñaba labores a otras muchachas. Nunca me avergoncé de trabajar; al contrario, encontraba orgullo en hacerlo con esmero. Mi madre, Catalina, me enseñó que la honestidad y la generosidad valían más que cualquier riqueza.

Quienes la conocieron la recordaban como una joven de carácter afable, sonrisa constante y gran elegancia. Frecuentaba bailes y reuniones en Don Benito, donde despertaba admiración por su belleza y su educación. Sin embargo, rechazó siempre con cortesía a quienes pretendían conquistarla.



Nunca quise aceptar un amor impuesto. Creía que el cariño debía nacer de la libertad y el respeto. Por eso rechacé una y otra vez a Carlos García de Paredes, un hombre acostumbrado a imponer su voluntad. Al principio fueron palabras insistentes; después llegaron las amenazas. Empecé a vivir con miedo. Muchas noches despertaba sobresaltada, convencida de que alguien me perseguía. Mi madre dormía junto a mí para tranquilizarme, aunque ambas sabíamos que aquel temor tenía un rostro.

La situación familiar empeoró tras la muerte de Vicente Calderón, el padre de Inés, en 1902. Madre e hija quedaron solas, vestidas de luto y con escasos recursos. Para sobrevivir admitían algunos huéspedes en su humilde vivienda de la calle Padre Cortés de Don Benito, mientras el hermano mayor cumplía el servicio militar lejos de casa.




A pesar de la pobreza, jamás perdimos la dignidad. Mi madre luchaba cada día para mantener nuestro hogar, y yo seguía trabajando cuanto podía. Salíamos a pasear por las noches buscando un poco de tranquilidad, sin imaginar que alguien vigilaba nuestros pasos.

El 18 de junio de 1902, Carlos García de Paredes y Ramón Martín de Castejón decidieron entrar en la vivienda utilizando un engaño en el que intervino, intimidado, el sereno municipal. Catalina abrió la puerta creyendo atender una petición relacionada con el médico que se hospedaba en la casa. Los agresores aprovecharon ese instante para irrumpir violentamente.



Escuché el ruido y comprendí que algo terrible estaba ocurriendo. Cerré la puerta de mi habitación, pero la derribaron. Intentaron doblegarme por la fuerza. Me defendí con todas mis fuerzas y conseguí escapar unos instantes para esconderme bajo una cama. Allí me encontraron. Preferí resistir antes que ceder a la violencia. Aquella decisión me costó la vida.


Plano de la vivienda de las víctimas

A.- Sala alquilada al médico

B.- Donde fue asesinada la madre

C.- Alcoba en que dormía Inés

D.- Cuarto donde apareció el cadáver


La brutalidad del asesinato de Catalina e Inés María provocó una inmensa conmoción. La noticia ocupó las portadas de la prensa nacional y convirtió el llamado "Crimen de Don Benito" en uno de los sucesos más impactantes de comienzos del siglo XX. La indignación popular fue enorme, no solo por la violencia del crimen, sino también por la posición social de los responsables y por la sensación de impunidad que representaban.



El entierro, celebrado el 20 de junio de 1902, reunió a miles de personas. Comercios cerrados, calles abarrotadas y un pueblo entero reclamando justicia acompañaron los féretros hasta el cementerio. Aquel dolor colectivo simbolizó el rechazo a la violencia y marcó un antes y un después en la historia de Don Benito.


Mi voz se apagó con diecinueve años, pero mi historia no terminó aquella noche. Permaneció viva en la memoria de quienes entendieron que ninguna mujer debe ser perseguida, amenazada o asesinada por ejercer su derecho a decidir. Mi vida fue breve, pero mi resistencia se convirtió en el símbolo de una lucha que, más de un siglo después, sigue recordando el valor de la libertad, la dignidad y la justicia.


FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:

Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.

El crimen de Don  Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.

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sábado, 15 de agosto de 2026

DON BENITO 1902. CATALINA


Catalina Sánchez-Barragán y Cancho nació en Escurial (Cáceres) en 1849, en el seno de una familia formada por Alonso Sánchez-Barragán y Montero y Gregoria Cancho Pajares. Desde muy joven aprendió el valor del trabajo, el sacrificio y la honradez, principios que marcarían toda su vida. Contrajo matrimonio con Vicente Calderón y Ortiz, natural de Don Benito, y juntos formaron una familia con sus dos hijos, Fernando e Inés María. Durante algunos años disfrutaron de una existencia modesta pero estable gracias a las tierras de labor y los majuelos que poseían en Mengabril.

«Siempre creí que una familia se levantaba con esfuerzo y honestidad. No tuvimos grandes riquezas, pero nunca nos faltó la voluntad de trabajar y de salir adelante unidos.»

La enfermedad y posterior muerte de Vicente supusieron un duro golpe para Catalina. Convertida en viuda, tuvo que afrontar sola la educación y el sustento de sus hijos en unas condiciones económicas muy difíciles. Quienes la conocieron destacaban que soportó aquella situación con una enorme dignidad, sin perder nunca el sentido del deber ni la entereza.



Su fortaleza quedó demostrada durante los últimos meses de vida de su marido. Cada noche recorría sola el camino entre Don Benito y Mengabril para atenderlo mientras permanecía enfermo. Ni el frío del invierno, ni la oscuridad, ni el aislamiento lograban detenerla. Aquellos viajes nocturnos reflejaban el profundo compromiso que sentía hacia su familia y la valentía con la que afrontaba cualquier adversidad.

«El miedo nunca fue más fuerte que el amor que sentía por los míos. Si tenía que caminar sola en mitad de la noche para cuidar a mi esposo, lo hacía sin pensarlo. Sabía que era mi deber.»

Tras enviudar, Catalina e Inés María vivieron momentos de gran incertidumbre. Las dificultades económicas se agravaron hasta el punto de tener que pagar algunas deudas con aceite u otros productos, e incluso empeñar pertenencias para mantener el hogar. A pesar de ello, madre e hija eran conocidas en Don Benito por su honradez y sus buenas costumbres.



Con el paso del tiempo comenzaron a sufrir el acoso y la persecución de varios individuos. Diversos testigos relataron que Inés vivía atemorizada y que ambas evitaban quedarse solas cuando sospechaban que eran seguidas. Catalina protegía constantemente a su hija y rechazó cualquier insinuación que atentara contra su honor, afirmando que antes prefería perder la vida que permitir semejante deshonra.

«Mi única preocupación era proteger a Inés. Nada era más importante que conservar nuestra dignidad. Si alguna vez tuve que elegir entre el miedo y el honor, elegí siempre el honor.»




Aquella firmeza tuvo un trágico desenlace. En la noche del crimen, Catalina fue atacada a las puertas de su casa por los agresores, que acabaron con su vida de manera violenta antes de dirigirse contra su hija. El asesinato de ambas conmocionó profundamente a la sociedad de la época y dio lugar a un proceso judicial que concluyó con la condena de los principales responsables.



La figura de Catalina Barragán ha permanecido como símbolo de una mujer valiente, trabajadora y profundamente comprometida con su familia. Su historia no solo recuerda uno de los crímenes más impactantes de comienzos del siglo XX en Extremadura, sino también el ejemplo de una madre que luchó hasta el último instante por defender a los suyos y preservar los valores en los que había construido toda su vida.

FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:

Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.

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domingo, 9 de agosto de 2026

DON BENITO 1902. CARLOS


El 19 de julio de 1902, la ciudad de Don Benito quedó marcada para siempre por el asesinato de Catalina Barragán y de su hija Inés María Calderón. La escena del crimen era estremecedora: la madre fue asesinada en el zaguán y la joven, tras intentar esconderse bajo una cama para salvar su vida, fue encontrada con numerosas heridas que evidenciaban la brutalidad del ataque. La violencia empleada y el intento de agresión sexual conmocionaron a toda la población.

 

Carlos Pedro García de Paredes y Campuzano, el principal acusado, nació en Don Benito el 12 de enero de 1870, en el seno de una de las familias más destacadas e influyentes de la localidad. Era hijo de Lorenzo Isae García de Paredes y del Corral y de María Alberta Campuzano y Prieto, perteneciente esta última a una familia vinculada a la Corte, ya que era hija de Gabriel Campuzano y Herrera, Mayordomo de Semana de Su Majestad y Veedor General de las Reales Caballerías.

Carlos descendía de una estirpe con una importante tradición militar y social. Su abuelo paterno, Pedro Atanasio García de Paredes Fernández (1792-1861), fue coronel de los Reales Ejércitos y Caballero de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, lo que consolidó el prestigio y la posición de la familia en Don Benito durante el siglo XIX.

 

Antigua residencia de la familia García de Paredes en la calle Madre Teresa
Jornet, hoy convertido en Centro Municipal de Asociaciones

Fue miembro de una numerosa familia de diez hermanos, entre los que destacaron María Isabel, cuyos padrinos de bautismo fueron los reyes de España; Elena, casada con Patricio de Peralta Hidalgo-Barquero; y Enriqueta, que ingresó en la vida religiosa con el nombre de Sor Mercedes de Jesús.


 

Su hermano Francisco García de Paredes y Campuzano, nacido el 30 de enero de 1872, había orientado su vida hacia la carrera militar. Falleció el 24 de octubre de 1948 con el grado de coronel de Infantería retirado. Fue caballero de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, con Cruz y Placa, y condecorado con la Medalla del Homenaje y la Medalla del Sufrimiento por la Patria.

 

 

El Diario de Ingresos del cementerio de San Antonio de Don Benito revela que, cuarenta y tres años después de la ejecución de Carlos, Francisco fue enterrado en el mismo nicho que ocupan los restos de Carlos. Desde entonces, ambos hermanos comparten el descanso eterno.

A pesar de proceder de un entorno privilegiado y de pertenecer a una familia respetada, la vida de Carlos Pedro García de Paredes terminó marcada por el conocido crimen de Don Benito. Acusado y posteriormente condenado por el asesinato de Catalina Barragán y de su hija Inés María Calderón, fue ejecutado mediante garrote vil en la misma localidad donde había nacido, el 5 de abril de 1905. Su caída supuso el mayor descrédito para una familia que hasta entonces había destacado por su prestigio militar, político y social.


Desde el primer momento comprendí que bastaba con negar y negar. Siempre hay quien duda, quien busca otra explicación. Mi apellido me había abierto muchas puertas durante años y confié en que también me libraría esta vez. Inventé una noche de tabernas, cambié los detalles cada vez que fue necesario y fingí indignación cuando me señalaron. Mientras no pudieran demostrarlo todo, pensaba seguir jugando con ellos.

Las sospechas no surgieron únicamente por rumores. Carlos llevaba años acosando a Inés María, persiguiéndola por las calles, amenazándola y negándose a aceptar su rechazo. Varios testigos relataron que la joven vivía aterrorizada por él y que incluso había advertido que la haría suya "por la fuerza". Aquellos antecedentes ofrecían un claro móvil para el crimen y fueron determinantes durante el proceso.


 

Nunca supe mantener la boca cerrada. Me gustaba asustar a la gente, hacerme el valiente y disfrutar viendo sus caras. Presumí de que la sangre me había llegado hasta las rodillas, convencido de que nadie se atrevería a enfrentarse a mí. Cuando encontraron la ropa manchada, improvisé una mentira tras otra. Lo importante era ganar tiempo; la verdad nunca me preocupó demasiado.

Las pruebas siguieron acumulándose. Durante la instrucción terminó confesando el crimen entre lágrimas, aunque posteriormente afirmó que aquella confesión había sido fruto del delirio y de los malos tratos sufridos en prisión. Sin embargo, el tribunal consideró que esa retractación no desvirtuaba el conjunto de las pruebas reunidas. 

 

En el juicio no buscaba decir la verdad, sino encontrar la mentira que mejor pudiera salvarle. Un día estaba enfermo; al siguiente, loco; después aseguraba que jamás había perseguido a Inés María. Cualquier excusa servía si sembraba una duda. Pero cada testigo recordaba una amenaza distinta, una borrachera, un acto de violencia. Su propia vida se había convertido en el mejor testigo contra él.

El momento decisivo llegó con la declaración de Tomás Alonso. Relató cómo vio al sereno facilitar la entrada en la vivienda y cómo reconoció a Carlos García de Paredes y a Ramón Martín de Castejón como los hombres que penetraron en la casa aquella noche. Su testimonio fue firme y coincidía con otros indicios materiales, como las manchas de sangre, la huella del calzado y el historial de amenazas contra la víctima. A ello se unieron decenas de declaraciones que describían al acusado como un hombre agresivo, acostumbrado a intimidar a quienes le rodeaban y protegido durante años por la influencia de su familia.


 

Cuando pronunciaron la sentencia entendí que el juego había terminado. Esperé un indulto que jamás llegó. Hasta el último instante preferí aferrarme a la mentira antes que asumir las consecuencias de mis propios actos.

 

El 5 de abril de 1905 Carlos García de Paredes fue ejecutado mediante garrote vil. Llegó al patíbulo abatido. Con su muerte concluyó uno de los procesos criminales más célebres de la España de comienzos del siglo XX, un caso en el que la acumulación de testimonios, los antecedentes del acusado, los indicios materiales y su propia confesión llevaron al tribunal a considerarlo culpable de los asesinatos de Catalina Barragán e Inés María Calderón.

 

FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:

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