sábado, 18 de julio de 2026

DON BENITO 1902. EL SERENO.


Hace ya algunos años recibí un correo de mi amigo José Manuel Cecilio. Aquel mensaje, aparentemente sencillo, contenía un valioso testimonio que aportaba datos biográficos hasta entonces desconocidos sobre el padre de su suegro, Pedro Cidoncha Ramírez, el sereno que la historia convertiría en uno de los protagonistas del célebre Crimen de Don Benito.

Pedro Cidoncha nació en Don Benito el 7 de diciembre de 1858. Contrajo matrimonio con Antonia Morcillo Lozano, nacida también en la localidad el 1 de enero de 1859. El matrimonio fijó su residencia en la calle Oriente, donde nacieron sus hijos. 


Domicilio de Pedro Cidoncha, calle Oriente, nº 22

El menor de ellos, Antonio Cidoncha Morcillo (quien con el tiempo sería el suegro de José Manuel), vino al mundo el 8 de diciembre de 1901, apenas siete meses antes del crimen de la calle Padre Cortés. Debido a su corta edad, nunca pudo conservar recuerdo alguno de aquellos trágicos acontecimientos.


DON BENITO. Desde la izquierda, calle Oriente; derecha, Segundo Palomar.
Foto de principios de los 80. D.S. Cordero.


Pedro era hijo de Manuel Cidoncha y Juana Ramírez, ambos naturales de Don Benito. Sus abuelos paternos fueron Agustín Cidoncha y Josefa García, mientras que por la rama materna lo fueron Juan Ramírez y Concepción Guisado. La familia Cidoncha llevaba, por tanto, varias generaciones profundamente arraigada en la localidad.


En una época en la que el analfabetismo era todavía muy elevado, Pedro sabía leer y escribir, una capacidad casi indispensable para desempeñar el oficio de sereno. Debió de ingresar en el cuerpo de vigilantes municipales entre 1881 y 1883, cuando apenas contaba veinte años. Las fotografías conservadas y las crónicas del juicio lo describen como un hombre alto, de gesto serio y presencia imponente.

Su trabajo le permitió sostener a una familia numerosa, aunque era un oficio duro y poco agradecido. Las rondas nocturnas lo enfrentaban con frecuencia a borrachos, pendencieros y personas de dudosa reputación, en una sociedad marcada por el caciquismo y las profundas desigualdades.


Resulta fácil imaginarlo recorriendo las silenciosas calles del Don Benito de principios del siglo XX, mucho más pequeño que el actual. Fue en una de aquellas rondas cuando se cruzó con Carlos García de Paredes y Ramón Martín de Castejón. Los testimonios de la época presentan a García de Paredes como un hombre violento, aficionado a la bebida y obsesionado desde hacía tiempo con Inés María. Es posible que aprovechara la presencia del sereno para pedirle, o incluso exigirle, amparado en su posición social, que llamara a la puerta de la vivienda. Nunca sabremos con certeza si Pedro actuó por temor, por exceso de confianza o convencido de que nada grave iba a suceder. Lo cierto es que aquella decisión cambió para siempre el rumbo de su vida.


Esta fotografía puede ser una de las más antiguas que se conservan de la ciudad, vemos la plaza, denominada de la Constitución. Fue publicada en el núm. 775 de la revista “Madrid Cómico” de fecha 25 de diciembre de 1897 y que dirigía en aquel entonces D. Sinesio Delgado García, considerado como el padre de la Sociedad General de Autores de España.

Tras el crimen, el silencio se adueñó de la familia. Durante décadas apenas se habló de lo ocurrido. Fue una tragedia convertida en tabú, una herida demasiado dolorosa para ser evocada y que muchos prefirieron sepultar en el olvido.

El testimonio de José Manuel aporta una dimensión profundamente humana a la figura de Pedro Cidoncha, muy distinta de la imagen que transmitieron las crónicas judiciales. Sin embargo, los documentos del proceso permiten conocer también su propia versión de los hechos. 

A continuación se recoge, adaptada y respetando el contenido esencial su declaración ante el tribunal.


Mi nombre es Pedro Cidoncha. Aquella noche me encontré con Carlos García de Paredes y Ramón Martín de Castejón. Me pidieron que llamara a la puerta de la casa donde vivían Catalina Barragán e Inés María Calderón. Ramón me aseguró que la visita estaba previamente concertada con las mujeres y que no habría ningún problema. En un primer momento me negué y les respondí que fueran ellos mismos quienes llamasen, siempre que no provocaran ningún escándalo.

Continué mi ronda, pero poco después, cuando caminaba desde la calle de Valdivia hacia la del Padre Cortés, volví a encontrármelos. Me dijeron que las mujeres se habían negado a abrirles y me insistieron para que fuera yo quien llamara. Finalmente accedí.

Llamé a la puerta y Catalina Barragán, al reconocer mi voz de sereno, abrió con confianza. Le pedí un poco de agua y regresó con una copa de loza. Mientras bebía, Ramón Martín de Castejón también pidió agua. Catalina vaciló unos instantes antes de volver al interior de la vivienda. Aprovechando ese breve momento, Carlos García de Paredes y Ramón Martín de Castejón entraron en la casa y cerraron la puerta tras de sí.

No escuché gritos ni ruidos que me hicieran sospechar que iba a ocurrir una desgracia. Creí que todo se reducía a un simple asunto entre aquellas personas y seguí tranquilamente con mi ronda. Nunca imaginé el desenlace que tendría aquella noche.


El tribunal no aceptó esa explicación. La sentencia consideró que, sin la intervención del sereno, los asesinos difícilmente habrían conseguido franquear la puerta de la vivienda y lo declaró coautor de los hechos. Fue condenado a dos penas de veinte años de reclusión, una por cada una de las muertes de Catalina Barragán e Inés María Calderón, además de otros seis años por la tentativa de violación. Su abogado sostuvo una interpretación muy distinta y defendió que debía ser condenado únicamente como cómplice de homicidio, solicitando diecisiete años por la muerte de Catalina y seis por la de Inés María.

En algunas publicaciones se ha presentado una fotografía como si correspondiera al cadáver ultrajado de Inés María. Sin embargo, esa atribución es errónea. La imagen pertenece, en realidad, a la víctima del crimen de Valdelafuente, ocurrido en 1904, y no guarda relación con el caso de Inés María.


Posición en que fue hallado de cadáver de Doña Catalina

Pedro Cidoncha nunca recuperó la libertad. Falleció de pulmonía en noviembre de 1921, mientras cumplía condena en el penal de San Miguel de los Reyes, en Valencia. 



Partida de defunción de Pedro Cidoncha


Sus descendientes conservaron siempre el recuerdo de un hombre que, según la tradición familiar, padeció allí grandes calamidades: el frío de las galerías, el hambre, la enfermedad y, sobre todo, el peso insoportable de una condena que marcó para siempre el destino de toda una familia.

Una reciente investigación llevada a cabo por Daniel Cortés sobre el árbol genealógico de Pedro Cidoncha ha sacado a la luz un hallazgo tan sorprendente como hasta ahora desconocido: el sereno estaba emparentado, aunque de forma muy lejana, tanto con Carlos García de Paredes como con el influyente cacique Enrique Donoso-Cortés y Solo de Zaldívar.


Daniel Cortés González

El estudio revela que los tatarabuelos paternos de Pedro Cidoncha fueron Francisco Donoso-Cortés Gómez (1730-1795) y María Josefa García de Paredes y de Paredes, el mismo matrimonio del que descendía también Enrique Donoso-Cortés y Solo de Zaldívar, sobrino del primer marqués de Valdegamas. Asimismo, una hermana de María Josefa García de Paredes y de Paredes, llamada Francisca, fue la tatarabuela paterna de Carlos García de Paredes.

La genealogía pone así de manifiesto un hecho insólito: cómplice y verdugo compartían, sin saberlo, unas mismas raíces familiares. Una de esas sorprendentes ironías de la historia que solo la investigación documental, más de un siglo después de los acontecimientos, ha permitido desvelar.


FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:

Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.

Familiares de Pedro Cidoncha y en especial a José Manuel Cecilio.

El crimen de Don  Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.

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domingo, 12 de julio de 2026

DON BENITO. LA TUMBA MALDITA.


Hay tumbas que conservan un nombre. Otras conservan un secreto.

En un rincón del Cementerio Municipal de San Antonio existe un nicho que parece haber querido borrar el recuerdo de uno de sus ocupantes. Quien se detenga ante él solo leerá un nombre: Francisco García de Paredes y Campuzano, coronel de Infantería retirado, fallecido el 24 de octubre de 1948.

 



Nada hace sospechar que, tras esa misma lápida, también descansan los restos de su hermano Carlos García de Paredes, condenado a garrote vil por asesinato.

 


Su nombre ha desaparecido de la piedra.

Sin embargo, los documentos del cementerio cuentan otra historia. El Diario de Ingresos revela que, cuarenta y tres años después de la ejecución de Carlos, Francisco fue enterrado en el mismo nicho. Desde entonces, ambos hermanos comparten el descanso eterno, aunque solo uno de ellos haya conservado el derecho a ser recordado.

 


Situación de ambas tumbas

Resulta difícil no preguntarse si ese silencio fue deliberado. Porque Carlos no fue un hombre cualquiera. Mucho antes de convertirse en asesino, ya era conocido por su violencia.

Quizá por eso su nombre terminó desapareciendo de la lápida.

No de los archivos.

La paradoja resulta aún más llamativa si se compara con el entierro que recibió. Pese a haber sido ejecutado por asesinato, Carlos pertenecía a una familia acomodada y sus exequias estuvieron muy lejos de la modestia. La conducción del cadáver costó 167 pesetas y el funeral se celebró con honores de primera clase, la categoría más solemne reservada por la Iglesia. Incluyó una vigilia de un nocturno, misas de apuntación y la asistencia de la cofradía de San Pedro, ceremonias que otorgaban al difunto el máximo rango litúrgico y evidenciaban el peso social y económico de su familia.



El contraste con el otro condenado, Castejón, es absoluto. También recibió un entierro ordinario, pero el coste total de sus exequias fue de apenas 2,50 pesetas. Incluso después de la muerte, el dinero seguía marcando profundas diferencias entre unos y otros. Recibió sepultura en la manzana de San Pedro, aunque debió desaparecer, porque actualmente son todas tumbas modernas.

No deja de ser una ironía que quien recibió uno de los funerales más solemnes terminara convertido en un difunto sin nombre.


En el otro extremo del cementerio descansa Inés María, la víctima. Su sepultura, junto a la de su madre, continúa siendo una de las más visitadas del camposanto. La distancia física que hoy separa ambas tumbas parece simbolizar el abismo moral que existió entre ellos en vida.

 


En el Cementerio Municipal de San Antonio de Don Benito, en la pared que da a la Avenida de Madrid, en el nicho número 47 de la llamada Manzana de San Francisco, hay una lápida en la que figura la siguiente inscripción:

“Aquí yacen los cadáveres de Doña Inés María Calderón Barragán y de su señora madre, Dª Catalina Barragán. Muertas alevosamente en la noche del 18 de junio de 1902”.

Mientras flores y oraciones siguen llegando hasta la tumba de Inés María, el nicho de Carlos permanece en silencio.

No hay inscripción que recuerde quién fue.

No hay epitafio.

Solo una lápida que parece negar su existencia.

Dicen que una tumba queda maldita cuando el nombre de quien la ocupa desaparece de la piedra. Quizá por eso este nicho sigue despertando una inquietud difícil de explicar.


FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:

Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.

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sábado, 11 de julio de 2026

DON BENITO. Alberta Campuzano madre de Carlos García de Paredes.

 

La figura de la madre de un asesino confeso y el dramático desenlace que supuso la posterior ejecución de su hijo constituyen un episodio de profunda carga humana. 

 

Más allá de la crónica judicial, esta historia ofrece una perspectiva humana del dolor y la resignación de quienes, ajenos al crimen, hubieron de soportar las consecuencias de una tragedia.


La ejecución de Carlos García de Paredes y Campuzano, ajusticiado mediante garrote vil en 1905 por el conocido como "Crimen de Don Benito", marcó para siempre a una de las familias más relevantes de la sociedad dombenitense de finales del siglo XIX y comienzos del XX. El proceso judicial ocupó las páginas de la prensa y quedó grabado en la memoria colectiva, pero tras aquella tragedia permanecieron casi en el olvido quienes también la vivieron: su madre, Alberta Campuzano y Prieto, y el resto de su familia. 


 

Tras el crimen, los cantares populares surgieron de inmediato. Este es uno de los muchos que circularon entonces, de autor desconocido. Pulsa para escucharlo



Mucho antes de que la desgracia alcanzara a los García de Paredes, Alberta Campuzano era una mujer conocida y respetada en Don Benito. El 10 de diciembre de 1866, cuando la reina Isabel II hizo escala en la estación ferroviaria de Don Benito durante su viaje hacia Portugal, una multitud acudió a recibirla.

Entre las personas que tuvieron el honor de subir al tren para saludar a la soberana figuraba Alberta Campuzano, distinguida como Camarera Real Honorífica.

 


- Acompañé a Su Majestad con el respeto debido a la Corona. Fue un día señalado para nuestro pueblo y para quienes tuvimos el honor de recibirla.

 


Aquella escena retrata a una mujer integrada en la élite social de la localidad. Casada con Lorenzo García de Paredes y del Corral, formó una numerosa familia compuesta por Isabel, Elena, Rosalía, Diego, Gabriel, Carlos, Francisco y Enriqueta, esta última religiosa bajo el nombre de Sor Mercedes.

 


En agosto de 1892 falleció Lorenzo. Alberta quedó viuda y asumió el peso de la familia en una etapa que culminaría, trece años después, con el episodio más doloroso de su vida: la condena y ejecución de su hijo Carlos.

El 25 de marzo de 1905, Alberta se trasladó a Madrid acompañada por una hija de Ramón Martín de Castejón, con el propósito de agotar todas las gestiones e influencias posibles en favor de los condenados.

Sin embargo, la defensa de Carlos resultaba especialmente difícil. Mucho antes del crimen que lo llevaría ante la justicia, ya había dejado tras de sí un rastro de violencia y sufrimiento. No mostró compasión ni siquiera hacia una prima que padecía epilepsia, de cuya vulnerabilidad se aprovechó para abusar de ella. La joven jamás logró sobreponerse a aquella agresión: perdió la razón y pasó el resto de su vida internada en un manicomio, donde murió años después.

También llegó a herir de un disparo en un brazo a su propio hermano, mientras que su madre vivía atemorizada por sus continuos arrebatos, hasta el punto de dormir encerrada bajo llave por miedo a él.

Ambas mujeres acudieron al Ministerio de Gracia y Justicia para entrevistarse con el ministro y solicitar el indulto de sus respectivos familiares. El señor Ugarte declinó recibirlas y encomendó la atención al subsecretario del ministerio, quien les manifestó su disposición a realizar cuantas gestiones estuvieran a su alcance.

Francisco Javier Ugarte y Pagés (Barcelona, 24 de febrero de 1852-Madrid, 27 de junio de 1919) fue un abogado y político español, ministro de Gobernación durante la regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena y ministro de Gracia y Justicia y ministro de Fomento durante el reinado de Alfonso XIII.

Ante la inminente ejecución de las penas de muerte impuestas a Carlos García de Paredes y Ramón Martín de Castejón, se desarrolló una intensa campaña para obtener el indulto. La iniciativa partió del Ilustre Colegio de Abogados de Badajoz, que organizó una comisión encargada de recabar el apoyo de las autoridades y corporaciones provinciales. Estas remitieron telegramas al Mayordomo Mayor de Palacio y al Presidente del Consejo de Ministros, solicitando que el rey ejerciera la prerrogativa de gracia.

 


A la petición se sumaron el obispo de la diócesis, el alcalde de Badajoz, la Cámara de Comercio, la Cámara Agrícola y Comunidad de Labradores, la Sociedad Económica de Amigos del País, la Academia Provincial de Ciencias Médicas, el Colegio Farmacéutico, el Liceo de Artesanos, diversos diputados y representantes provinciales, así como la práctica totalidad de la prensa de Badajoz y los corresponsales de los periódicos madrileños. Todos apelaban a razones de humanidad y clemencia, convencidos de que la justicia ya había sido satisfecha.

 


Especial relevancia tuvo la postura del abogado Antonio Teixeira, acusador particular durante el proceso. Aunque sostuvo que la sentencia era plenamente justa y rechazó que el indulto pudiera fundamentarse en supuestas irregularidades del procedimiento, solicitó el perdón por motivos exclusivamente humanitarios y exhortó al pueblo de Don Benito a secundar esa petición.

 


En cambio, el Gobierno, presidido por Raimundo Fernández Villaverde, respondió negativamente a todas las solicitudes, alegando la excepcional gravedad del crimen y la obligación de mantener la condena. Asimismo, el alcalde de Don Benito, Francisco García, manifestó que el pueblo no se consideraba legitimado para perdonar y entendía que esa decisión correspondía al hijo de la víctima y no de la población.

Raimundo Fernández Villaverde y García del Rivero (Madrid, 20 de enero de 1848 - Madrid, 15 de julio de 1905) fue un político español, presidente del Consejo de ministros durante el reinado de Alfonso XIII y ministro de Gobernación, de Gracia y Justicia, de Hacienda, y de Ultramar en diferentes gobiernos formados durante el reinado de Alfonso XII, la regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena y el reinado de Alfonso XIII.

Pese a la intensa movilización institucional y periodística, el ambiente en Don Benito continuó siendo mayoritariamente contrario al indulto. La persistencia de ese sentimiento, unida a la firme negativa del Gobierno, hizo fracasar todas las gestiones de clemencia y condujo finalmente a la ejecución de los condenados.

Las fuentes no nos dicen cómo vivió aquella tragedia. No conservamos cartas ni diarios que describan sus sentimientos.

Sin embargo, sí conocemos cómo decidió afrontar el final de su vida, y esa decisión habla con elocuencia de su carácter.

El 10 de agosto de 1910, Alberta Campuzano fallecía en Don Benito. Su testamento constituye el mejor retrato que ha llegado hasta nosotros.

Dispuso que su entierro fuese de primera clase, con la asistencia de la Cofradía de Señores Sacerdotes, cuyos miembros debían acompañar el féretro con velas encendidas hasta el cementerio. También ordenó que sobre la tapa del ataúd figurase la imagen de San José, santo al que profesaba una especial devoción.

 - Deseo que mi último camino esté acompañado por la oración y bajo la protección de San José.

Su religiosidad también quedó reflejada en las obras de beneficencia que dejó establecidas. Legó veinticinco pesetas a la Conferencia o Hermandad de Señoras de San Vicente de Paúl, otras veinticinco a las Hermanas de la Caridad y la misma cantidad a las Hermanitas de los Pobres de Don Benito.

 - Si algo he recibido en esta vida, deseo que una parte permanezca al servicio de quienes más lo necesitan.

No conocemos otras palabras suyas. Pero estas disposiciones testamentarias permiten comprender qué valores quiso dejar como legado: la fe, la oración y la caridad.

La mayor parte de su patrimonio pasó a sus hijos. Entre ellos figuraba también Carlos, aunque había fallecido cinco años antes. Su nombre permanecía ya unido para siempre al "Crimen de Don Benito", uno de los procesos criminales más conocidos de la Extremadura contemporánea.

 

FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:

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