
FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:
Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.
El crimen de Don Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.

FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:
Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.
El crimen de Don Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.
Sobre el suelo del zaguán apareció una caja que pertenecía al médico Carlos Suárez, un oculista de Villanueva de la Serena que pasaba consulta en una habitación alquilada de aquella misma casa tres tardes por semana.
Aquella caja bastó para señalarlo con el dedo y lo detuvieron.
Y, desde ese mismo instante, dejó de ser un médico respetado para convertirse, a los ojos del pueblo en un asesino.
- Todavía no entiendo cómo pudo cambiarme la vida de una noche para otra.
- Yo estaba en mi casa, en Villanueva. Dormía cuando aquellas dos mujeres fueron asesinadas.
- A la mañana siguiente llamaron a mi puerta.
- Pensé que sería un enfermo, pero eran los guardias.
- Venían a detenerme.
- No entendía nada.
El doctor tenía cincuenta años y jamás había pisado un calabozo. Su único vínculo con las víctimas era profesional. En aquella vivienda guardaba los frascos y medicamentos con los que atendía a sus pacientes. Nada más. Pero alguien utilizó su nombre para conseguir que abrieran la puerta de la casa la noche del crimen.
Y la Justicia, en lugar de buscar al asesino, fue a buscar al médico.
- Me trataron como si llevara toda la vida matando gente. Ni siquiera me escuchaban.
- Ya habían decidido que yo era el culpable y me encerraron en una celda húmeda, oscura y sucia, cuarenta y seis días con sus noches.
- No se me olvidará jamás.
- Dormía poco y comía menos. Cada vez que abrían la puerta pensaba que venían a decirme que todo había terminado. Pero no. Siempre era otro interrogatorio. Otra humillación. Otro insulto.
Con el paso de los días, la presión aumentó. Las autoridades insistían en que confesara. El gobernador, el juez y varios mandos de la Guardia Civil estaban convencidos de que aquel hombre tranquilo escondía al asesino. Mientras tanto, el verdadero culpable seguía en libertad.
- Llegó un momento en que dudé hasta de mí mismo. No porque creyera haber hecho nada, sino porque, cuando todo el mundo te llama criminal, acabas pensando que te has vuelto loco.
- Me gritaban. Me llamaban asesino. Hipócrita.
- Decían que yo había matado a aquellas mujeres. Y yo solo repetía una cosa.
- ¡Yo no he sido!
- Pero parecía que nadie quería escucharme.
Hubo un día especialmente peligroso. Sacaron al médico de la cárcel y lo llevaron atado con una cuerda. La noticia había corrido por todo Don Benito. La gente quería justicia, y muchos confundieron la justicia con la venganza.
- Vi la rabia en los ojos de la gente. Algunos querían echarse sobre mí. Pensé que allí mismo iba a acabar mi vida. No sé cómo salí vivo. Quizá Dios todavía no había escrito mi última página. Porque, si aquella multitud me hubiera matado...
- Todos habrían dicho que el asesino murió linchado. Y los verdaderos culpables habrían seguido paseando por las calles.
Mientras Carlos Suárez sufría en prisión, en el pueblo empezaban a surgir dudas. Muchos vecinos no creían en su culpabilidad. Todos sabían que había un joven poderoso, Carlos García de Paredes, que llevaba tiempo persiguiendo a Inés María.
Pero su apellido pesaba demasiado. Había miedo. Mucho miedo. Hasta que un muchacho llamado Tomás Alonso Camacho decidió romper su silencio.
- Nunca olvidaré aquel día. Entró un funcionario. Traía un papel en la mano. Pensé que venía otra desgracia. Pero me dijo:
- Queda usted en libertad.
- No recuerdo haber sentido un alivio igual en toda mi vida. Quise llorar. Quise reír. Quise abrazar al primero que encontrara.
La declaración de Tomás Alonso Camacho demostró que el nombre del médico había sido utilizado como engaño para conseguir que Catalina Barragán abriera la puerta de su casa.
En cuestión de horas, el hombre al que habían llamado asesino pasó a ser una víctima más de aquella tragedia.
Cuando salió de la cárcel, el pueblo lo esperaba, y muchos de los que antes habían dudado de él fueron a recibirlo. Otros le pidieron perdón con el silencio.
- La libertad sabe distinta cuando te la han quitado sin motivo. Salí de aquella cárcel más viejo, más cansado y con una herida que nunca terminó de cerrar. Perdí la salud, perdí pacientes y perdí la tranquilidad. Pero hubo una cosa que no consiguieron quitarme: mi nombre.
- Porque la verdad, aunque llegue tarde, siempre acaba encontrando el camino.
- Y fue un muchacho valiente, Tomás Alonso Camacho, quien me devolvió el honor que nunca debieron arrebatarme.
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Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.
El crimen de Don Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.
Pedro Cidoncha nació en Don Benito el 7 de diciembre de 1858. Contrajo matrimonio con Antonia Morcillo Lozano, nacida también en la localidad el 1 de enero de 1859. El matrimonio fijó su residencia en la calle Oriente, donde nacieron sus hijos.
El menor de ellos, Antonio Cidoncha Morcillo (quien con el tiempo sería el
suegro de José Manuel), vino al mundo el 8 de diciembre de 1901, apenas siete
meses antes del crimen de la calle Padre Cortés. Debido a su corta edad, nunca
pudo conservar recuerdo alguno de aquellos trágicos acontecimientos.
Pedro era
hijo de Manuel Cidoncha y Juana Ramírez, ambos naturales de Don Benito. Sus
abuelos paternos fueron Agustín Cidoncha y Josefa García, mientras que por la
rama materna lo fueron Juan Ramírez y Concepción Guisado. La familia Cidoncha
llevaba, por tanto, varias generaciones profundamente arraigada en la
localidad.
En una época en la que el analfabetismo era todavía muy elevado, Pedro sabía leer y escribir, una capacidad casi indispensable para desempeñar el oficio de sereno. Debió de ingresar en el cuerpo de vigilantes municipales entre 1881 y 1883, cuando apenas contaba veinte años. Las fotografías conservadas y las crónicas del juicio lo describen como un hombre alto, de gesto serio y presencia imponente.
Su trabajo
le permitió sostener a una familia numerosa, aunque era un oficio duro y poco
agradecido. Las rondas nocturnas lo enfrentaban con frecuencia a borrachos,
pendencieros y personas de dudosa reputación, en una sociedad marcada por el
caciquismo y las profundas desigualdades.
Tras el
crimen, el silencio se adueñó de la familia. Durante décadas apenas se habló de
lo ocurrido. Fue una tragedia convertida en tabú, una herida demasiado dolorosa
para ser evocada y que muchos prefirieron sepultar en el olvido.
El testimonio de José Manuel aporta una dimensión profundamente humana a la figura de Pedro Cidoncha, muy distinta de la imagen que transmitieron las crónicas judiciales. Sin embargo, los documentos del proceso permiten conocer también su propia versión de los hechos.
A continuación se recoge, adaptada y respetando el contenido esencial su declaración ante el tribunal.Mi nombre es
Pedro Cidoncha. Aquella noche me encontré con Carlos García de Paredes y Ramón
Martín de Castejón. Me pidieron que llamara a la puerta de la casa donde vivían
Catalina Barragán e Inés María Calderón. Ramón me aseguró que la visita estaba
previamente concertada con las mujeres y que no habría ningún problema. En un
primer momento me negué y les respondí que fueran ellos mismos quienes
llamasen, siempre que no provocaran ningún escándalo.
Continué mi
ronda, pero poco después, cuando caminaba desde la calle de Valdivia hacia la
del Padre Cortés, volví a encontrármelos. Me dijeron que las mujeres se habían
negado a abrirles y me insistieron para que fuera yo quien llamara. Finalmente
accedí.
Llamé a la puerta y Catalina Barragán, al reconocer mi voz de sereno, abrió con confianza. Le pedí un poco de agua y regresó con una copa de loza. Mientras bebía, Ramón Martín de Castejón también pidió agua. Catalina vaciló unos instantes antes de volver al interior de la vivienda. Aprovechando ese breve momento, Carlos García de Paredes y Ramón Martín de Castejón entraron en la casa y cerraron la puerta tras de sí.
No escuché
gritos ni ruidos que me hicieran sospechar que iba a ocurrir una desgracia.
Creí que todo se reducía a un simple asunto entre aquellas personas y seguí
tranquilamente con mi ronda. Nunca imaginé el desenlace que tendría aquella
noche.
El tribunal
no aceptó esa explicación. La sentencia consideró que, sin la intervención del
sereno, los asesinos difícilmente habrían conseguido franquear la puerta de la
vivienda y lo declaró coautor de los hechos. Fue condenado a dos penas de
veinte años de reclusión, una por cada una de las muertes de Catalina Barragán
e Inés María Calderón, además de otros seis años por la tentativa de violación.
Su abogado sostuvo una interpretación muy distinta y defendió que debía ser
condenado únicamente como cómplice de homicidio, solicitando diecisiete años
por la muerte de Catalina y seis por la de Inés María.
En algunas publicaciones se ha presentado una fotografía
como si correspondiera al cadáver ultrajado de Inés María. Sin embargo, esa
atribución es errónea. La imagen pertenece, en realidad, a la víctima del
crimen de Valdelafuente, ocurrido en 1904, y no guarda relación con el caso de
Inés María.Pedro Cidoncha nunca recuperó la libertad. Falleció de pulmonía en noviembre de 1921, mientras cumplía condena en el penal de San Miguel de los Reyes, en Valencia.
Sus descendientes conservaron siempre el recuerdo de un hombre que, según la
tradición familiar, padeció allí grandes calamidades: el frío de las galerías,
el hambre, la enfermedad y, sobre todo, el peso insoportable de una condena que
marcó para siempre el destino de toda una familia.
Una reciente investigación llevada a cabo por Daniel Cortés sobre el árbol genealógico de Pedro Cidoncha ha sacado a la luz un hallazgo tan sorprendente como hasta ahora desconocido: el sereno estaba emparentado, aunque de forma muy lejana, tanto con Carlos García de Paredes como con el influyente cacique Enrique Donoso-Cortés y Solo de Zaldívar.
El estudio revela que los tatarabuelos paternos de Pedro Cidoncha fueron Francisco Donoso-Cortés Gómez (1730-1795) y María Josefa García de Paredes y de Paredes, el mismo matrimonio del que descendía también Enrique Donoso-Cortés y Solo de Zaldívar, sobrino del primer marqués de Valdegamas. Asimismo, una hermana de María Josefa García de Paredes y de Paredes, llamada Francisca, fue la tatarabuela paterna de Carlos García de Paredes.
La genealogía pone así de manifiesto un hecho insólito: cómplice y verdugo compartían, sin saberlo, unas mismas raíces familiares. Una de esas sorprendentes ironías de la historia que solo la investigación documental, más de un siglo después de los acontecimientos, ha permitido desvelar.
FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:
Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.
Familiares de Pedro Cidoncha y en especial a José Manuel Cecilio.
El crimen de Don Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.
En un rincón del Cementerio Municipal de San Antonio existe un nicho que parece haber querido borrar el recuerdo de uno de sus ocupantes. Quien se detenga ante él solo leerá un nombre: Francisco García de Paredes y Campuzano, coronel de Infantería retirado, fallecido el 24 de octubre de 1948.
Su nombre ha desaparecido de la piedra.
Sin embargo, los documentos del cementerio cuentan otra historia. El Diario de Ingresos revela que, cuarenta y tres años después de la ejecución de Carlos, Francisco fue enterrado en el mismo nicho. Desde entonces, ambos hermanos comparten el descanso eterno, aunque solo uno de ellos haya conservado el derecho a ser recordado.
Situación de ambas tumbas
Resulta difícil no preguntarse si ese silencio fue deliberado. Porque Carlos no fue un hombre cualquiera. Mucho antes de convertirse en asesino, ya era conocido por su violencia.
Quizá por eso su nombre terminó desapareciendo de la lápida.
No de los archivos.
La paradoja resulta aún más llamativa si se compara con el entierro que recibió. Pese a haber sido ejecutado por asesinato, Carlos pertenecía a una familia acomodada y sus exequias estuvieron muy lejos de la modestia. La conducción del cadáver costó 167 pesetas y el funeral se celebró con honores de primera clase, la categoría más solemne reservada por la Iglesia. Incluyó una vigilia de un nocturno, misas de apuntación y la asistencia de la cofradía de San Pedro, ceremonias que otorgaban al difunto el máximo rango litúrgico y evidenciaban el peso social y económico de su familia.
El contraste con el otro condenado, Castejón, es absoluto. También recibió un entierro ordinario, pero el coste total de sus exequias fue de apenas 2,50 pesetas. Incluso después de la muerte, el dinero seguía marcando profundas diferencias entre unos y otros. Recibió sepultura en la manzana de San Pedro, aunque debió desaparecer, porque actualmente son todas tumbas modernas.
No deja de ser una ironía que quien recibió uno de los funerales más solemnes terminara convertido en un difunto sin nombre.
En el otro extremo del cementerio descansa Inés María, la víctima. Su sepultura, junto a la de su madre, continúa siendo una de las más visitadas del camposanto. La distancia física que hoy separa ambas tumbas parece simbolizar el abismo moral que existió entre ellos en vida.
En el Cementerio Municipal de San Antonio de Don Benito, en la pared que da a la Avenida de Madrid, en el nicho número 47 de la llamada Manzana de San Francisco, hay una lápida en la que figura la siguiente inscripción:
“Aquí yacen los cadáveres de Doña Inés María Calderón Barragán y de su señora madre, Dª Catalina Barragán. Muertas alevosamente en la noche del 18 de junio de 1902”.
Mientras flores y oraciones siguen llegando hasta la tumba de Inés María, el nicho de Carlos permanece en silencio.
No hay inscripción que recuerde quién fue.
No hay epitafio.
Solo una lápida que parece negar su existencia.
Dicen que una tumba queda maldita cuando el nombre de quien la ocupa desaparece de la piedra. Quizá por eso este nicho sigue despertando una inquietud difícil de explicar.
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Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.
El crimen de Don Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.