sábado, 17 de octubre de 2026

DON BENITO. BERNARDO RUIZ


La historia de la modernización de Don Benito durante las primeras décadas del siglo XX no puede entenderse sin la figura de
Bernardo Ruiz Arias (1869-1944). Nacido en Macharaviaya (Málaga), este farmacéutico y empresario convirtió la farmacia familiar en uno de los establecimientos comerciales y sanitarios más prestigiosos de la comarca, contribuyendo decisivamente al desarrollo económico y social de la ciudad.

Procedente de una familia estrechamente vinculada al ámbito farmacéutico, Bernardo continuó la labor iniciada por su tío, José Ruiz González, quien había establecido una farmacia en la actual Plaza de España a finales del siglo XIX. Bajo la dirección de Bernardo y de su hermano, el negocio, conocido como «Ruiz Arias Hermanos», alcanzó un notable prestigio, consolidándose como la farmacia más antigua de Don Benito y como un importante almacén de drogas, productos químicos y farmacéuticos.

 


 

Sin embargo, su actividad iba mucho más allá de la dispensación de medicamentos. El establecimiento ofrecía una amplia gama de productos y servicios que reflejaban la evolución del comercio especializado de la época. A su oferta farmacéutica se sumaban secciones dedicadas a la óptica, la fotografía, la perfumería y la ortopedia, convirtiéndose en un auténtico centro de referencia para los habitantes de Don Benito y de numerosas localidades cercanas.

Gran parte de su éxito se debió a la calidad de los productos que comercializaba, muchos de ellos importados de prestigiosos laboratorios europeos, así como al asesoramiento profesional que ofrecían Bernardo y su equipo. Esta combinación de innovación, especialización y atención personalizada fortaleció la confianza de sus clientes y contribuyó de forma decisiva al progreso sanitario y comercial de la población.

El edificio en agosto de 2026. Foto: dovane63


Las boticas y droguerías: mucho más que una farmacia

Para comprender la importancia de establecimientos como Ruiz Arias Hermanos, es necesario recordar el papel que desempeñaban las boticas y droguerías a comienzos del siglo XX. En una época en la que el acceso a la atención médica era más limitado, estos negocios constituían auténticos centros de salud y abastecimiento doméstico.

En ellos se elaboraban fórmulas magistrales adaptadas a las necesidades de cada paciente y se dispensaban remedios para las dolencias más habituales. Entre los productos farmacéuticos más demandados se encontraban los polvos digestivos, las sales de bismuto, las aguas minerales medicinales, las tinturas, los bálsamos y las pomadas destinadas a tratar heridas, afecciones cutáneas o dolores musculares.

También era frecuente la venta de alcaloides y derivados opiáceos (como la morfina, el opio o determinados preparados con heroína), utilizados entonces como analgésicos o antitusivos, antes de que la legislación farmacéutica restringiera su comercialización.

Las droguerías desempeñaban igualmente un papel esencial en el suministro de productos destinados al hogar. Sustancias como el bicarbonato de sodio, la sosa cáustica, la potasa o el amoniaco eran imprescindibles para la limpieza, la fabricación artesanal de jabones y diversas tareas domésticas. Del mismo modo, el fenol se popularizó como uno de los principales desinfectantes gracias a los avances de la microbiología y a la creciente preocupación por la higiene.

A ello se añadía una amplia oferta de artículos de cuidado personal y cosmética. El uso cotidiano del jabón comenzó a generalizarse durante aquellos años, mientras que las aguas de colonia, las lociones capilares, las brillantinas y los tintes para el cabello pasaron a formar parte del aseo y la imagen personal de una sociedad en plena transformación.

Con el paso de las décadas, la creciente regulación sanitaria y farmacéutica modificó profundamente este modelo comercial. La venta de determinadas sustancias quedó restringida, se implantaron controles más estrictos y las farmacias fueron especializándose progresivamente en la dispensación de medicamentos, dejando atrás parte de la diversidad de productos que había caracterizado a las antiguas boticas y droguerías.

Un legado que perdura

En el ámbito personal, Bernardo Ruiz Arias contrajo matrimonio en 1911 con Ana Granados Manzano, con quien formó una familia que mantuvo una estrecha vinculación con la profesión farmacéutica. Entre sus descendientes destacó especialmente su hija Julia Luisa Eduvigis Ruiz Granados, quien continuó la tradición familiar ejerciendo como farmacéutica.

 

Bernardo Ruiz Arias falleció en Don Benito el 26 de diciembre de 1944, a los 75 años de edad. Su trayectoria permanece unida a una etapa de crecimiento y modernización de la ciudad, simbolizando el papel que desempeñaron los farmacéuticos como profesionales sanitarios, empresarios y promotores del desarrollo local.

 

Más de un siglo después, la historia de Ruiz Arias Hermanos constituye un valioso testimonio de una época en la que las farmacias eran mucho más que establecimientos dedicados a la venta de medicamentos: eran espacios de innovación, conocimiento y servicio público que contribuyeron de forma decisiva a mejorar la calidad de vida de varias generaciones de dombenitenses.


 

 Los productos que hoy podemos contemplar en el Museo Etnográfico Agustín Aparicio fueron trasladados en 1999, ya que, cuando tuvo lugar la inauguración, el 20 de febrero de 2000, todo debía estar preparado y perfectamente montado.


 

Como anécdota, Agustín nos cuenta algunas historias curiosas relacionadas con la incorporación de estos objetos al museo. Esta es, quizá, una de las principales:

«Pasaba por la plaza dando la vuelta con mi coche cuando vi que estaban cargando las cosas de Bernardito en un camión. Le pregunté a Manolo, el conductor, a quien conocía, y me dijo que todo aquello iba a ir al vertedero.

-          - Por favor, llévalo al Museo.

Así fue como todo aquel material llegó al museo. Se descargó en el patio y fueron unas mujeres las que se encargaron de limpiar y acondicionar los distintos elementos para que pudieran formar parte de la colección".


 

Fuentes y documentación consultada

  • Archivo Municipal de Don Benito, documentación histórica relativa a la actividad comercial y farmacéutica de la ciudad durante los siglos XIX y XX.
  • Museo Etnográfico Agustín Aparicio Cerrato de Don Benito, fondos, documentación y testimonios relacionados con la antigua farmacia y droguería Ruiz Arias Hermanos.
  • Hemeroteca histórica, anuncios comerciales y noticias de prensa de la época relativos a la farmacia, droguería y establecimientos de Ruiz Arias Hermanos.
  • Daniel Cortés González. Registros genealógicos relativos a Bernardo Ruiz Arias, Ana Granados Manzano y sus descendientes.
  • Fuentes de historia de la farmacia española, para contextualizar la evolución de las boticas, droguerías, fórmulas magistrales, productos farmacéuticos y regulación sanitaria durante finales del siglo XIX y primeras décadas del XX.
  • Catálogos y anuncios comerciales de productos farmacéuticos, cosméticos y droguería de finales del siglo XIX y primera mitad del XX, utilizados para contextualizar la variedad de artículos comercializados por este tipo de establecimientos.

Agradecimientos

Al Museo Etnográfico Agustín Aparicio Cerrato de Don Benito, por la conservación de los objetos, documentos y testimonios relacionados con la antigua farmacia y droguería Ruiz Arias Hermanos, que han permitido recuperar y divulgar esta parte de la historia local.

Agradecimiento especialmente a Agustín Aparicio, por sus recuerdos y testimonios sobre la recuperación de los materiales de la antigua farmacia y su incorporación a la colección del museo, así como a todas las personas que participaron en su traslado, limpieza, conservación y acondicionamiento.

 


viernes, 25 de septiembre de 2026

400.000


Hoy es un día muy especial para este pequeño rincón de historias, recuerdos y curiosidades: el blog ha alcanzado las 400.000 visualizaciones. 

Una cifra que emociona todavía más al saber que, en su mayoría, las historias que aquí comparto son historias locales, de esas que quizá parecen pequeñas, pero que forman parte de nuestra memoria y de quienes fuimos.

Gracias a todos los amigos de Facebook que hacéis posible que este blog siga creciendo y por vuestra fidelidad diaria, por ese “buenos días”, por cada “me gusta”, por cada comentario y por compartir alguna de estas historias.

A quienes leéis en silencio y nunca dejáis una señal, pero volvéis una y otra vez.

Y también a quienes llegáis desde tan lejos: Estados Unidos, Singapur, Alemania, Hong Kong, Brasil, México, Vietnam, Suecia, Argentina, Reino Unido, Canadá, Francia, India, Irlanda, Pakistán, Colombia, Bangladés, Rusia…

Qué curioso y qué bonito pensar que una historia nacida aquí puede terminar siendo leída a miles de kilómetros.

Gracias por ser curiosos.

Gracias por leer.

Gracias por recordar.

Gracias por compartir.

Y gracias por ayudarme a descubrir y dar a conocer esa historia que nunca nos contaron.

sábado, 19 de septiembre de 2026

DON BENITO. Treinta y dos centímetros de bigote.


Hubo un tiempo en que las calles de Don Benito estaban llenas de sonidos que hoy apenas podemos imaginar: el golpe acompasado del martillo sobre el hierro, el roce de las herramientas sobre la madera, el chirriar de las ruedas de un carruaje y el olor inconfundible de los talleres.

Era un tiempo en el que aprender un oficio podía ocupar toda una vida y en el que las manos hablaban tanto como las palabras.

 

Julio Gallego Hermanos, 1921: Gran taller de cerrajería. 


Martín Cidoncha y compañía, 1921: Grandes talleres de ebanistería y carpintería

En aquel Don Benito de finales del siglo XIX vivió Apolinar Vázquez Taba, conocido por todos como el Maestro Apolinar. Nació el 7 de octubre de 1871, en la calle Palacios, hoy calle Doña Consuelo Torre. Sus padres fueron Félix Vázquez Gálvez y Josefa Taba Grande.

 

 

Siendo joven marchó a Sevilla y comenzó a trabajar en el taller familiar de reparación de carruajes. Allí aprendió los secretos de una profesión que exigía paciencia, precisión y una extraordinaria habilidad manual. Aprendió a conocer la madera, a dominar el hierro y, sobre todo, a comprender que cada pieza tenía su lugar y que en un buen trabajo nada podía quedar al azar.

 

DON BENITO 1900. PLAZA DE ESPAÑA. Foto optimizada por DOVANE63

Cuando regresó a Don Benito, abrió en la calle Luis Hermida un taller dedicado a la fabricación de coches de caballos. Llegaron a trabajar allí más de treinta operarios. Aquel espacio debió de ser un pequeño universo de oficios: carpinteros, herreros, torneros, tapiceros y pintores trabajando alrededor de una misma obra.

Un carruaje no era únicamente un vehículo. Era el resultado de muchas manos.

Había que fabricar llantas, ejes y soportes; trabajar la madera, tornear piezas, colocar adornos, tapizar y pintar. Todo debía encajar y, al mismo tiempo, todo debía ser hermoso.

Aunque en su partida de defunción aparece como carpintero, reducir a una sola palabra la profesión de Apolinar sería quedarse muy lejos de lo que realmente fue. Era un artesano capaz de transitar por distintas disciplinas y convertir el conocimiento acumulado durante años en nuevas formas.

Algunas de aquellas formas todavía pueden contemplarse.

 


 

Una de ellas es la escalera de caracol de los antiguos Almacenes Vallejo. Su estructura helicoidal, sus curvas precisas y sus barandillas torneadas hablan de una época en la que incluso un elemento destinado a cumplir una función podía convertirse en una pieza ornamental. Los balaustres y los paneles decorativos calados aportan ligereza al conjunto y parecen dialogar con los motivos de las baldosas hidráulicas del establecimiento.

 

Similitud entre los paneles de la escalera y las baldosas.

 

Pero aquella escalera nos permite acercarnos también a la historia de otro hombre cuyo nombre quedó estrechamente ligado a la vida comercial de Don Benito: Antonio Vallejo y Fernández.

 


Ocho años antes que Apolinar, en 1863, había nacido Antonio Vallejo en Terroba, una pequeña localidad situada en el valle del río Leza, en la comarca del Camero Viejo, en La Rioja.

Procedía de una familia vinculada al mundo rural y su infancia estuvo marcada por las dificultades económicas y las duras condiciones de vida de las zonas serranas de la época.

En 1876, cuando apenas tenía trece años, emprendió el camino hacia Don Benito acompañando a un rebaño de ovejas. Llegó a la ciudad con escasos recursos y comenzó realizando trabajos humildes, entre ellos la limpieza de los soportales de la Plaza.


Poco después entró como mozo de almacén en el establecimiento de la familia Córdova. Allí comenzó una etapa decisiva de su vida. Su esfuerzo, constancia y capacidad de trabajo le permitieron mejorar progresivamente su situación y adquirir experiencia en el mundo del comercio.

En 1890 decidió dar un paso más e inició su propia actividad empresarial con un pequeño negocio de ferretería.

Aquel modesto establecimiento acabaría creciendo hasta convertirse en los conocidos Almacenes Vallejo, situados en la actual Plaza de España. El pequeño comercio se transformó con los años en una empresa de referencia para la ciudad y en uno de aquellos establecimientos que forman parte de la memoria cotidiana de varias generaciones de dombenitenses.

 


 

En 1908, Antonio incorporó a su hermano Fausto como socio y la empresa pasó a denominarse «Antonio Vallejo y Hermano». Tras el fallecimiento de Fausto, Antonio continuó la actividad junto a su sobrino Ricardo Terroba Vallejo. Más adelante, varios de sus sobrinos constituyeron, en 1934, la sociedad «Sobrinos de Antonio Vallejo», que asumió la propiedad de los almacenes y permitió prolongar el negocio familiar.

La historia empresarial de Antonio no se limitó al comercio. También participó en la vida pública y económica de Don Benito. Fue concejal del Ayuntamiento entre 1930 y 1931 y representó a la localidad en instituciones relacionadas con el comercio y la agricultura.

Contrajo matrimonio con Ana María Cidoncha Fernández-Trejo, aunque el matrimonio no tuvo descendencia. Su legado empresarial continuó a través de sus sobrinos.

Antonio Vallejo falleció en Don Benito el 7 de agosto de 1936, a los 73 años, a consecuencia de una hemorragia cerebral. Su vida había quedado estrechamente vinculada a la transformación económica y comercial de la ciudad.

Los Almacenes Vallejo permanecieron abiertos hasta 2012. El edificio conserva hoy una parte importante de aquella memoria. Sus muros guardan no solo el recuerdo de la actividad comercial de la familia, sino también vestigios de la Guerra Civil, entre ellos un refugio antiaéreo y daños ocasionados por la metralla.


La escalera realizada por Apolinar forma parte, por tanto, de una historia mucho mayor: la de una ciudad que crecía y cambiaba gracias al trabajo de comerciantes, artesanos y emprendedores.

Cuando el taller desapareció

También la guerra pasó por la vida de Apolinar.

Una bomba destruyó su taller. En un instante desapareció aquel espacio en el que durante años habían sonado martillos, sierras y tornos. Desaparecieron herramientas y materiales. Pero no desapareció lo esencial.


El oficio permanecía en sus manos.

«El taller desapareció, pero el oficio seguía conmigo. Mientras pudiera trabajar, seguiría haciéndolo».

 

 

Y siguió.

Su habilidad con el torno encontró una nueva expresión en las cuencas de madera para el gazpacho. El trabajo de aquellas piezas llegó a ser conocido incluso fuera de Extremadura. En 1950, durante la Feria del Campo de Madrid, una de sus cuencas de fresno, acompañada de bandeja y tapadera, despertó tal admiración que fue vendida pocas horas después de inaugurarse la feria.



Los encargos llegaron después en tal cantidad que no pudo atenderlos todos.

Otros artesanos y profesionales acudían a él para pedirle consejo. Había pasado tantos años aprendiendo que el conocimiento se había convertido en una segunda naturaleza. Por eso no era simplemente Apolinar. Era el Maestro.

Falleció en Don Benito el 5 de octubre de 1958, a los 86 años.

 

Quizá cuando cerró los ojos se apagó también una parte de aquel mundo de talleres y oficios que había conocido desde joven. Pero algunas cosas permanecieron: una escalera que sigue ascendiendo en espiral, unas columnas que continúan sosteniendo la memoria de un templo y unos objetos de madera que todavía permiten imaginar el movimiento paciente de sus manos.

 


 Algunos trabajos del Maestro Apolinar

Y permanece, también, una imagen entrañable: la de aquel hombre que presumía, con humor, de su enorme bigote de 32 centímetros.

Treinta y dos centímetros de bigote.

Toda una vida de oficio.

Y unas manos que supieron convertir la madera en memoria.

 

Retrato del Maestro Apolinar realizado por Juan Aparicio Quintana

 

FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:

  • Fernández de Sevilla Palomo, Ramón A. Antonio Vallejo y Hermano, 1921. Don Benito. En Tierra extremeña.
  • Gutiérrez Gallego, José Antonio y Soto Valadés, Diego: «Apolinar Vázquez Taba», en Biografías Dombenitenses III, Asociación Torre Isunza.
  • García Orio-Zabala, Antonio: «Cuencas para nuestro gazpacho», HOY, 23 de mayo de 1953.
  • Asociación Torre Isunza para la Defensa del Patrimonio Histórico y Cultural de Don Benito: «Apolinar Vázquez Taba».
  • Biografías Dombenitenses IV, Asociación Torre Isunza, 2024. Antonio Vallejo Fernández, de Daniel Cortés González
  • Domeque, Estrella: «Almacenes Vallejo: Once pesetas para la historia de Don Benito», HOY, 23 de enero de 2022.
  •  D.S. Cordero.
  • https://dovane63.blogspot.com/2017/10/don-benito-los-refugios-de-la-guerra.html