sábado, 8 de agosto de 2026

DON BENITO 1902. MARTÍN DE CASTEJÓN


El reloj marcaba las ocho y media de la mañana cuando el silencio se adueñó de la cárcel de Don Benito. En el patio esperaba el garrote vil. Primero fue ejecutado Carlos García de Paredes. Después llamaron a Ramón Martín de Castejón. Caminó con paso firme, sin perder la serenidad que había mostrado durante todo el proceso. Quienes lo observaban esperaban una confesión de última hora. Nunca llegó.

«Recuerdo el rostro del sacerdote y el fresco de aquella mañana. Lo último que quise decir fue que moría inocente. No había cambiado de opinión ni un solo instante desde que me detuvieron.»

 


 

La ejecución, sin embargo, no terminó con la rapidez prevista. El verdugo tuvo dificultades para accionar el mecanismo y la agonía de Ramón se prolongó durante cerca de quince minutos. Los sacerdotes que asistían al suplicio firmaron una protesta por la crueldad de lo ocurrido.

 

Incluso las autoridades reconocieron que aquella muerte se había convertido en una página vergonzosa para la justicia española. Más de cinco mil personas acudieron después a contemplar los cadáveres antes de que Ramón recibiera sepultura en el cementerio municipal de Don Benito.

LAS ÚLTIMAS HORAS 

Durante la noche anterior apenas durmió. Los guardianes recordaron a un hombre tranquilo, dueño de una calma difícil de comprender en quien esperaba la muerte.

 


 

«No era miedo. Era impotencia. Pensaba en mis hijos y en todo lo que dejaba atrás. Pedí un notario para hacer testamento y solo tuve una petición: que sobre mi tumba escribieran "Aquí yace un inocente". 


Cuando vino el gobernador también se lo dije: "Se va a cometer un asesinato. Yo no soy criminal".» 

Hasta el amanecer mantuvo intacta aquella convicción. No pidió clemencia. Solo pidió que alguien creyera su palabra.

EL JUICIO

Tres años antes, la sala de la Audiencia había seguido con atención cada uno de sus movimientos. Mientras Carlos García de Paredes lloraba y se mostraba abatido, Ramón permanecía inmóvil, negando con la cabeza cada acusación que escuchaba.


«Me llamaron monstruo, viejo lujurioso y asesino. Contesté una y otra vez que todo era mentira. Reconocí mis pertenencias, expliqué dónde había estado aquella noche y negué haber participado en el crimen. Nadie parecía dispuesto a escucharme.»


Cuando el presidente del tribunal le concedió la última palabra, Ramón sorprendió a todos con una defensa tan breve como enigmática.

«Solo dije tres palabras: "Conciencia, conciencia y conciencia". Pensé que bastarían para que alguien dudara.»


No bastaron. El jurado lo declaró culpable de dos asesinatos y de una tentativa de violación. La condena fue la pena de muerte. Ramón escuchó el fallo sin perder la compostura y volvió a repetir las palabras que ya eran inseparables de su figura: «Soy inocente».

 

Fue el tercer abogado de Castejón, por renuncia de los dos anteriores

 

La defensa de Ramón Martín de Castejón estuvo a cargo del abogado y magistrado Fernando Abarrátegui y Pontes (Badajoz, 1879–¿1945?), una de las figuras más destacadas de la judicatura española de su tiempo. Licenciado en Derecho por la Universidad Central de Madrid, fue teniente fiscal de la Audiencia de Badajoz (1917), juez en Sevilla y Madrid, y alcanzó la magistratura del Tribunal Supremo, donde llegó a presidir la Sala Segunda o de lo Penal.

 



Además de su trayectoria judicial, desarrolló una intensa actividad periodística en Badajoz como colaborador de El Iris y director de El Programa Oficial. En 1931 fue designado juez especial para investigar los sucesos de la denominada Semana Sangrienta de Sevilla, una comisión que reforzó su prestigio profesional. Tras la Guerra Civil fue depurado, procesado por el Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas y apartado definitivamente de la carrera judicial. Su participación como defensor de Ramón Martín de Castejón en el Crimen de Don Benito pone de manifiesto la relevancia jurídica que alcanzó este proceso, al contar con uno de los juristas más prestigiosos de la época. 

EL CRIMEN

Retrocedemos hasta la madrugada del 19 de junio de 1902. Aquella noche cambió para siempre el destino de todos los implicados.

Según la acusación, Ramón Martín de Castejón, Carlos García de Paredes y el sereno Pedro Cidoncha urdieron un plan para entrar en la casa de Catalina Barragán y su hija Inés María. El objetivo era forzar a la joven.



La resistencia de ambas mujeres terminó, según la sentencia, en un doble asesinato que conmocionó a toda Extremadura. 


«Conocía a Catalina y a Inés desde hacía años. Mis hijas eran amigas de la muchacha. Después del crimen acompañé el entierro y pedí justicia como cualquier vecino. Nunca imaginé que acabarían acusándome de haber entrado en aquella casa.»

ANTES DE LA TRAGEDIA

Ramón Martín de Castejón y Cidoncha (Don Benito, 1845 – 4 de mayo de 1905). Era hijo de José Eulogio Martín de Castejón Campomanes, natural de Cáceres, y de María de las Mercedes Cidoncha Martín-Sauceda que provenía de una familia adinerada de la sociedad dombenitense.

Su vida se desarrolló en un entorno de comodidad en el marco de las propiedades que su esposa aportó como dote al matrimonio. Tras enviudar, dedicó su vida a rondar las tabernas de la época en Don Benito y presumiendo de su estatus social.

Mucho antes del crimen, Ramón ya era una figura conocida en Don Benito. Su vida estaba llena de claroscuros. Poseía una gran inteligencia, memoria para los asuntos administrativos y una extraordinaria facilidad para moverse entre despachos y ayuntamientos. Había sido pasante de escuela, oficial de Secretaría y gestor de herencias y expedientes. Conocía el funcionamiento del poder local mejor que muchos políticos de su tiempo.

Pero también arrastraba una fama difícil de borrar. Era célebre por su apetito insaciable, por aceptar cualquier invitación a comer y por frecuentar tabernas y casas de prostitución. Algunos lo consideraban un hombre simpático y resolutivo; otros, un oportunista incapaz de pensar en nadie más que en sí mismo. Esa reputación contradictoria acabaría pesando tanto como las pruebas durante el proceso.


Residencia de Castejón, calle Villanueva de Don Benito. Foto: DOVANE63


«Me llamo Ramón Martín de Castejón y Cidoncha. Cuando todo comenzó tenía cincuenta y seis años, era viudo y padre de cinco hijos. Durante media vida trabajé como pasante de escuela, oficial de Secretaría en varios ayuntamientos y gestor de expedientes y herencias. Conocía a medio Don Benito y medio Don Benito me conocía a mí. Nunca fui un santo. Me gustaba comer bien, aceptar una invitación y disfrutar de una conversación en las tabernas. Muchos me llamaban tragón; otros decían que era un hombre ingenioso y alegre. Nadie me había llamado asesino hasta aquel verano de 1902.»

Después llegaron el crimen, el juicio y el patíbulo. Pero la ejecución no puso fin a la historia. Con el paso de los años, la misma pregunta ha seguido despertando dudas y dividiendo opiniones entre los que estudian el caso ¿murió un asesino o el hombre equivocado? Cada lector deberá sacar sus propias conclusiones.

FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:

Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.

El crimen de Don  Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.

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miércoles, 5 de agosto de 2026

DON BENITO. AQUELLAS TARDES DE VERANO



Recuerdo aquellas largas tardes de verano en las que el tiempo parecía detenerse. Las siestas transcurrían en silencio, respetando el descanso de los mayores. Eran muy pocos los coches que pasaban por la calle, y llegué a conocer la marca de cada uno por el ruido de su motor.

Foto: A finales de los años 60 con mis pistolas y sombrero vaquero

Sobre una manta, que mi madre tendía en el suelo, jugaba a los «indios», inventando historias vestido de vaquero. Los niños más afortunados tenían un fuerte de Comansi. Recuerdo que un año los Reyes Magos me trajeron el fuerte «La Ponderosa», inspirado en la famosa serie de televisión Bonanza.

También recreando batallas con los soldaditos de los sobres Montaplex. Con los Madelman y luego con los Geyperman. El sonido de las piezas del Exin Castillos a caer al suelo, las películas del Cinexin y los Juegos Reunidos Geyper.

 

Las tardes más calmadas, leyendo tebeos: El Jabato, El Capitán Trueno, Joyas Literarias Juveniles, el DDT, Pulgarcito, TBO, Mortadelo…

Otras veces construíamos, sobre una vieja tabla, un pinball con gomas elásticas, chapas de botellas y puntas. Cuando nos cansábamos de jugar, aquella misma tabla se convertía en un patinete cuyas ruedas eran viejos cojinetes metálicos.

 

Después llegaba la hora de aquellas inolvidables series de televisión: Tarzán, Los Thunderbird, El Gran Chaparral, El Virginiano, Los Invasores, Rin-Tin- Tin, Mi bella genio, Embrujada, Viaje al fondo del mar, UFO, Kung Fu, La casa de la pradera, Tierra de gigantes, Mi oso y yo, Flipper, Skippy el canguro, Furia, Bonanza, Daniel Boone...














     
 
 
 

 
 

Las meriendas tenían un sabor que aún permanece en mi memoria: pan con chocolate, Nocilla, una rebanada con Tulipán y Cola Cao espolvoreado, o mortadela del puesto de “La Manolita”

 


Y, cómo no, los dibujos animados: 

 















  
 










  
 






El oso Yogui, Don Gato y su pandilla, La Hormiga Atómica, El joven Simbad, Los autos locos, Los Picapiedra, Maguila Gorila, Meteoro, Los osos montañeses, Pepe Pótamo, Pixie y Dixie, La abeja Maya, Calimero, Tom y Jerry, Popeye el marino, Mazinger Z, Heidi, Marco, Scooby-Doo, Super Ratón, Speedy González, El coyote y correcaminos, El canario Piolín, Leoncio el león y Tristón, El Pato Lucas, El Gallo Claudio, El Conejo de la Suerte, El gato Félix, El Pájaro Loco, Tapón López, La Pantera Rosa, Vickie el Vikingo, La tortuga D’Artagnan, Juancho el lagarto

Cuando el calor aflojaba un poco, algún amigo llamaba a la puerta y preguntaba: «¿Te sales?». Entonces salía como una bala. Casi siempre jugábamos al balón en la calle y, si en ese momento pasaba un remolque o un carro, nos colgábamos de la parte trasera.

Otras veces jugábamos al fútbol en el «redondel» del parque y aquellos partidos parecían no tener fin; hacíamos las pausas cuando queríamos y la hidratación consistía en beber agua «a chupe» todos del grifo de la fuente.



También fabricábamos, con una tabla, una goma y una pinza de la ropa, un rifle para cazar «avionetas», aquellas libélulas que revoloteaban alrededor de las fuentes y los charcos. Claro que por allí también andaban las avispas y más de un picotazo me llevé. Ese mismo rifle nos servía por las noches para salir a cazar las lagartijas que se posaban junto a las escasas luces del barrio.

 

Todavía recuerdo mi primera bicicleta y la cantidad de porrazos que me di con ella.

 


Las chuches del carrito de La Sevillana y Pedrito.


Mi bautismo cervecero llegó de la manera más insospechada. Siendo un crío, en una boda celebrada en los bajos del Capitol, a los niños nos sirvieron, ni más ni menos, que botellines de cerveza El Gavilán. Nadie se llevaba las manos a la cabeza; al contrario, aquello se veía con la naturalidad de la época. 

Y no era la única costumbre que hoy nos parece de otro planeta. Antes de las comidas era casi un rito tomarse una copita de Quina Santa Catalina para despertar el apetito. Decían que abría el estómago, y nosotros lo aceptábamos como una verdad tan indiscutible como que el pan se compraba cada mañana.


Mirado desde la distancia, cuesta no sonreír al recordar aquellas escenas que, aunque ahora parezcan inverosímiles, formaron parte de la vida cotidiana de toda una generación.

En el Parque Grande, como todos lo llamábamos, también jugaba con pequeños barquitos que dejaba flotar por los canales de riego que recorrían todo el recinto. 

 

Cuando caía la tarde y el calor iba remitiendo, los mayores sacaban las sillas a la calle para sentarse al fresco. Mientras ellos conversaban, todos los niños del barrio nos reuníamos para jugar. En verano también llegaban «los madrileños», los hijos de los emigrantes que regresaban al pueblo para pasar las vacaciones.

Jugábamos al escondite, al burro en pipa, al pañuelo, al balón-tiro, a los bolindres, al repeón, a la picota, a los cantos y a la comba. Cualquier rincón era bueno para inventar un juego.

Cuando era tiempo de melones, los vaciábamos, les poníamos una vela dentro y los llevábamos colgados de una cuerda mientras recorríamos las calles cantando:

«La coruja en el tejao, pone huevos coloraos...». (NO RECUERDO MAS)

 

Recuerdo con especial emoción el día en que el hombre llegó a la Luna. Familiares y amigos nos reunimos alrededor de aquella televisión en blanco y negro para contemplar un acontecimiento que ignorábamos que pasaría a la historia.

Y, casi sin darnos cuenta, llegaba el final del verano. Volvía la escuela con los estuches nuevos, los libros, las libretas, los álbumes de cromos, el inconfundible olor de las gomas de nata y la cartera colgada de la espalda.

Hoy, que voy siendo mayor, me gusta volver la vista atrás y recordar aquella infancia. Fueron años sencillos, llenos de felicidad, de juegos y de personas que ya nunca volverán. Son recuerdos que siguen viviendo en lo más profundo de mi corazón y que deseo conservar mientras tenga memoria, y si no la tengo algún día, espero que este artículo me lo recuerde.


Dedicado a todos los que crecimos cuando las calles eran nuestro patio de juegos y el verano parecía no tener fin. Que estos recuerdos os devuelvan, aunque solo sea por un instante, a aquella infancia feliz.






domingo, 2 de agosto de 2026

DON BENITO 1902. LAS AUTOPSIAS


Al día siguiente del crimen, la casa de la calle Padre Cortés volvió a abrir sus puertas. Esta vez no para recibir visitas, sino para que los médicos examinaran los cuerpos de Catalina Barragán y de su hija Inés María. De forma poco habitual, las autopsias se realizaron allí mismo, en la vivienda donde habían sido asesinadas. Uno de los encargados fue el médico forense Waldo Álvarez Riego.


Nunca se olvida una escena como aquella. Doña Catalina yacía en el zaguán, todavía con la ropa empapada de sangre. Presentaba varias heridas de arma blanca, la mayoría concentradas en el cuello y la cabeza. Cuatro de ellas eran mortales por sí solas. La hemorragia fue tan intensa que la muerte tuvo que producirse casi de inmediato. Todo indicaba que el ataque había sido rápido y despiadado.




El reconocimiento del cuerpo de Inés María resultó aún más sobrecogedor.

La muchacha presentaba numerosas heridas repartidas por la cabeza, el cuello, los hombros y las manos. Estas últimas mostraban con claridad que había intentado defenderse con todas sus fuerzas. La mayor parte de los golpes fueron recibidos por la espalda y provocaron lesiones irreparables. También observamos indicios de un intento de agresión sexual, pero pudimos concluir que el agresor no llegó a consumarla. Inés luchó hasta el último instante.

Tras examinar los cuerpos, el forense recorrió cada estancia de la vivienda.




La casa hablaba por sí sola. En el zaguán permanecía el cuerpo de Catalina, rodeado por un gran charco de sangre. Cerca de ella había una copa de barro rota y la caja de instrumentos que el sereno había utilizado como engaño para conseguir que abrieran la puerta. En una ventana encontramos la huella ensangrentada de una mano y, a lo largo del pasillo, varias manchas marcaban el recorrido de los asesinos.

Las habitaciones mostraban la violencia del ataque.

Todo estaba revuelto. Las ropas de la cama aparecían esparcidas por el suelo y había señales evidentes de una lucha desesperada. En una de las habitaciones permanecía el cuerpo de Inés María. Su ropa estaba desgarrada y las heridas reflejaban la brutalidad con la que fue atacada. A pesar de la violencia sufrida, las lesiones en sus manos demostraban que no dejó de defenderse hasta el final.



El informe médico confirmó lo que la escena del crimen ya hacía imaginar: madre e hija fueron sorprendidas y atacadas con una crueldad extrema. La autopsia no solo permitió conocer la causa de la muerte, sino también reconstruir los últimos y dramáticos minutos de sus vidas, aportando pruebas fundamentales para la investigación.


FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:

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