Tuve el privilegio de acompañar, en la mañana del 14 de julio de 2021, al Cronista Oficial de Don Benito, Diego Soto, y a Daniel Cortés en un viaje a la vecina localidad de Mengabril. Nos movía un mismo propósito: encontrar la respuesta a una incógnita y que, hasta entonces, ninguna investigación había conseguido resolver.
Durante el camino, Diego nos contó algo que había oído muchas veces en su casa cuando era pequeño. Su madre siempre decía que Inés María Calderón, una de las dos víctimas del conocido Crimen de Don Benito de 1902, había nacido en Mengabril y no en Don Benito. Aquellas palabras nunca se le olvidaron. Además, había un detalle que hacía pensar que podía tener razón: nunca se había encontrado en Don Benito la partida de nacimiento de Inés María.
Nada más llegar al Ayuntamiento de Mengabril, un funcionario nos recibió con mucha amabilidad. Nos dejó un despacho tranquilo y puso sobre la mesa los libros de nacimientos comprendidos entre los años 1876 y 1900. Empezamos a pasar páginas con paciencia, leyendo nombre tras nombre, sin saber si aquel viaje daría el resultado que esperábamos.
Y entonces llegó el momento. Allí estaba. Después de tantos años de dudas, apareció la partida de nacimiento de Inés María Calderón.
Tener aquellos documentos entre mis manos fue un momento de enorme emoción. Contemplaba la partida de nacimiento de Inés María Calderón en el mismo lugar donde había comenzado su vida, un 8 de junio de 1883. Pero la sorpresa no terminó ahí.
Mientras seguíamos revisando los libros encontramos también la partida de nacimiento de un hermano suyo, Rafael Amadeo, nacido el 31 de marzo de 1886 y fallecido apenas dos años después, el 24 de julio de 1888. También pudimos confirmar que otro de sus hermanos, Fernando Calderón, había nacido en 1881 y que años más tarde murió en Don Benito, el 16 de abril de 1940.
Mientras sostenía aquellos papeles, no pude evitar sentir que aquel viaje hasta Mengabril tenía algo de especial. Era como si la propia Inés María nos hubiera guiado hasta su pueblo natal para que, más de un siglo después, pudiéramos reconstruir su historia y devolverle una parte de la memoria que el tiempo había ido borrando. En ese instante tuve la sensación de que ya no era solo yo quien investigaba su vida, sino que era ella, de alguna manera, quien comenzaba a contarme la suya.
Yo crecí
aprendiendo que el trabajo era el mejor refugio frente a la adversidad. Con
la aguja, el bastidor y la plancha ayudaba a sostener mi hogar. Bordaba ajuares
para novias, canastillas para recién nacidos y enseñaba labores a otras
muchachas. Nunca me avergoncé de trabajar; al contrario, encontraba orgullo en
hacerlo con esmero. Mi madre, Catalina, me enseñó que la honestidad y la
generosidad valían más que cualquier riqueza.
Quienes la conocieron la recordaban como una joven de carácter afable, sonrisa constante y gran elegancia. Frecuentaba bailes y reuniones en Don Benito, donde despertaba admiración por su belleza y su educación. Sin embargo, rechazó siempre con cortesía a quienes pretendían conquistarla.
Nunca
quise aceptar un amor impuesto. Creía que el cariño debía nacer
de la libertad y el respeto. Por eso rechacé una y otra vez a Carlos García de
Paredes, un hombre acostumbrado a imponer su voluntad. Al principio fueron
palabras insistentes; después llegaron las amenazas. Empecé a vivir con miedo.
Muchas noches despertaba sobresaltada, convencida de que alguien me perseguía.
Mi madre dormía junto a mí para tranquilizarme, aunque ambas sabíamos que aquel
temor tenía un rostro.
La situación familiar empeoró tras la muerte de Vicente Calderón, el padre de Inés, en 1902. Madre e hija quedaron solas, vestidas de luto y con escasos recursos. Para sobrevivir admitían algunos huéspedes en su humilde vivienda de la calle Padre Cortés de Don Benito, mientras el hermano mayor cumplía el servicio militar lejos de casa.
A pesar de
la pobreza, jamás perdimos la dignidad. Mi madre luchaba cada día para
mantener nuestro hogar, y yo seguía trabajando cuanto podía. Salíamos a pasear
por las noches buscando un poco de tranquilidad, sin imaginar que alguien
vigilaba nuestros pasos.
El 18 de junio de 1902, Carlos García de Paredes y Ramón Martín de Castejón decidieron entrar en la vivienda utilizando un engaño en el que intervino, intimidado, el sereno municipal. Catalina abrió la puerta creyendo atender una petición relacionada con el médico que se hospedaba en la casa. Los agresores aprovecharon ese instante para irrumpir violentamente.
Escuché el ruido y comprendí que algo terrible estaba ocurriendo. Cerré la puerta de mi habitación, pero la derribaron. Intentaron doblegarme por la fuerza. Me defendí con todas mis fuerzas y conseguí escapar unos instantes para esconderme bajo una cama. Allí me encontraron. Preferí resistir antes que ceder a la violencia. Aquella decisión me costó la vida.
Plano de la vivienda de las víctimas
A.- Sala alquilada al médico
B.- Donde fue asesinada la madre
C.- Alcoba en que dormía Inés
D.- Cuarto donde apareció el cadáver
La brutalidad del asesinato de Catalina e Inés María provocó una inmensa conmoción. La noticia ocupó las portadas de la prensa nacional y convirtió el llamado "Crimen de Don Benito" en uno de los sucesos más impactantes de comienzos del siglo XX. La indignación popular fue enorme, no solo por la violencia del crimen, sino también por la posición social de los responsables y por la sensación de impunidad que representaban.
El entierro, celebrado el 20 de junio de 1902, reunió a miles de personas. Comercios cerrados, calles abarrotadas y un pueblo entero reclamando justicia acompañaron los féretros hasta el cementerio. Aquel dolor colectivo simbolizó el rechazo a la violencia y marcó un antes y un después en la historia de Don Benito.
Mi voz se apagó con diecinueve
años, pero mi historia no terminó aquella noche. Permaneció viva en la memoria de quienes
entendieron que ninguna mujer debe ser perseguida, amenazada o asesinada por
ejercer su derecho a decidir. Mi vida fue breve, pero mi resistencia se
convirtió en el símbolo de una lucha que, más de un siglo después, sigue recordando
el valor de la libertad, la dignidad y la justicia.
FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:
Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.
El crimen de Don Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.































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