domingo, 9 de agosto de 2026

DON BENITO 1902. CARLOS


El 19 de julio de 1902, la ciudad de Don Benito quedó marcada para siempre por el asesinato de Catalina Barragán y de su hija Inés María Calderón. La escena del crimen era estremecedora: la madre fue asesinada en el zaguán y la joven, tras intentar esconderse bajo una cama para salvar su vida, fue encontrada con numerosas heridas que evidenciaban la brutalidad del ataque. La violencia empleada y el intento de agresión sexual conmocionaron a toda la población.

 

Carlos Pedro García de Paredes y Campuzano, el principal acusado, nació en Don Benito el 12 de enero de 1870, en el seno de una de las familias más destacadas e influyentes de la localidad. Era hijo de Lorenzo Isae García de Paredes y del Corral y de María Alberta Campuzano y Prieto, perteneciente esta última a una familia vinculada a la Corte, ya que era hija de Gabriel Campuzano y Herrera, Mayordomo de Semana de Su Majestad y Veedor General de las Reales Caballerías.

Carlos descendía de una estirpe con una importante tradición militar y social. Su abuelo paterno, Pedro Atanasio García de Paredes Fernández (1792-1861), fue coronel de los Reales Ejércitos y Caballero de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, lo que consolidó el prestigio y la posición de la familia en Don Benito durante el siglo XIX.

 

Antigua residencia de la familia García de Paredes en la calle Madre Teresa
Jornet, hoy convertido en Centro Municipal de Asociaciones

Fue miembro de una numerosa familia de diez hermanos, entre los que destacaron María Isabel, cuyos padrinos de bautismo fueron los reyes de España; Elena, casada con Patricio de Peralta Hidalgo-Barquero; y Enriqueta, que ingresó en la vida religiosa con el nombre de Sor Mercedes de Jesús.


 

Su hermano Francisco García de Paredes y Campuzano, nacido el 30 de enero de 1872, había orientado su vida hacia la carrera militar. Falleció el 24 de octubre de 1948 con el grado de coronel de Infantería retirado. Fue caballero de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, con Cruz y Placa, y condecorado con la Medalla del Homenaje y la Medalla del Sufrimiento por la Patria.

 

 

El Diario de Ingresos del cementerio de San Antonio de Don Benito revela que, cuarenta y tres años después de la ejecución de Carlos, Francisco fue enterrado en el mismo nicho que ocupan los restos de Carlos. Desde entonces, ambos hermanos comparten el descanso eterno.

A pesar de proceder de un entorno privilegiado y de pertenecer a una familia respetada, la vida de Carlos Pedro García de Paredes terminó marcada por el conocido crimen de Don Benito. Acusado y posteriormente condenado por el asesinato de Catalina Barragán y de su hija Inés María Calderón, fue ejecutado mediante garrote vil en la misma localidad donde había nacido, el 5 de abril de 1905. Su caída supuso el mayor descrédito para una familia que hasta entonces había destacado por su prestigio militar, político y social.


Desde el primer momento comprendí que bastaba con negar y negar. Siempre hay quien duda, quien busca otra explicación. Mi apellido me había abierto muchas puertas durante años y confié en que también me libraría esta vez. Inventé una noche de tabernas, cambié los detalles cada vez que fue necesario y fingí indignación cuando me señalaron. Mientras no pudieran demostrarlo todo, pensaba seguir jugando con ellos.

Las sospechas no surgieron únicamente por rumores. Carlos llevaba años acosando a Inés María, persiguiéndola por las calles, amenazándola y negándose a aceptar su rechazo. Varios testigos relataron que la joven vivía aterrorizada por él y que incluso había advertido que la haría suya "por la fuerza". Aquellos antecedentes ofrecían un claro móvil para el crimen y fueron determinantes durante el proceso.


 

Nunca supe mantener la boca cerrada. Me gustaba asustar a la gente, hacerme el valiente y disfrutar viendo sus caras. Presumí de que la sangre me había llegado hasta las rodillas, convencido de que nadie se atrevería a enfrentarse a mí. Cuando encontraron la ropa manchada, improvisé una mentira tras otra. Lo importante era ganar tiempo; la verdad nunca me preocupó demasiado.

Las pruebas siguieron acumulándose. Durante la instrucción terminó confesando el crimen entre lágrimas, aunque posteriormente afirmó que aquella confesión había sido fruto del delirio y de los malos tratos sufridos en prisión. Sin embargo, el tribunal consideró que esa retractación no desvirtuaba el conjunto de las pruebas reunidas. 

 

En el juicio no buscaba decir la verdad, sino encontrar la mentira que mejor pudiera salvarle. Un día estaba enfermo; al siguiente, loco; después aseguraba que jamás había perseguido a Inés María. Cualquier excusa servía si sembraba una duda. Pero cada testigo recordaba una amenaza distinta, una borrachera, un acto de violencia. Su propia vida se había convertido en el mejor testigo contra él.

El momento decisivo llegó con la declaración de Tomás Alonso. Relató cómo vio al sereno facilitar la entrada en la vivienda y cómo reconoció a Carlos García de Paredes y a Ramón Martín de Castejón como los hombres que penetraron en la casa aquella noche. Su testimonio fue firme y coincidía con otros indicios materiales, como las manchas de sangre, la huella del calzado y el historial de amenazas contra la víctima. A ello se unieron decenas de declaraciones que describían al acusado como un hombre agresivo, acostumbrado a intimidar a quienes le rodeaban y protegido durante años por la influencia de su familia.


 

Cuando pronunciaron la sentencia entendí que el juego había terminado. Esperé un indulto que jamás llegó. Hasta el último instante preferí aferrarme a la mentira antes que asumir las consecuencias de mis propios actos.

 

El 5 de abril de 1905 Carlos García de Paredes fue ejecutado mediante garrote vil. Llegó al patíbulo abatido. Con su muerte concluyó uno de los procesos criminales más célebres de la España de comienzos del siglo XX, un caso en el que la acumulación de testimonios, los antecedentes del acusado, los indicios materiales y su propia confesión llevaron al tribunal a considerarlo culpable de los asesinatos de Catalina Barragán e Inés María Calderón.

 

FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:

Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.

El crimen de Don  Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.

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sábado, 8 de agosto de 2026

DON BENITO 1902. MARTÍN DE CASTEJÓN


El reloj marcaba las ocho y media de la mañana cuando el silencio se adueñó de la cárcel de Don Benito. En el patio esperaba el garrote vil. Primero fue ejecutado Carlos García de Paredes. Después llamaron a Ramón Martín de Castejón. Caminó con paso firme, sin perder la serenidad que había mostrado durante todo el proceso. Quienes lo observaban esperaban una confesión de última hora. Nunca llegó.

«Recuerdo el rostro del sacerdote y el fresco de aquella mañana. Lo último que quise decir fue que moría inocente. No había cambiado de opinión ni un solo instante desde que me detuvieron.»

 


 

La ejecución, sin embargo, no terminó con la rapidez prevista. El verdugo tuvo dificultades para accionar el mecanismo y la agonía de Ramón se prolongó durante cerca de quince minutos. Los sacerdotes que asistían al suplicio firmaron una protesta por la crueldad de lo ocurrido.

 

Incluso las autoridades reconocieron que aquella muerte se había convertido en una página vergonzosa para la justicia española. Más de cinco mil personas acudieron después a contemplar los cadáveres antes de que Ramón recibiera sepultura en el cementerio municipal de Don Benito.

LAS ÚLTIMAS HORAS 

Durante la noche anterior apenas durmió. Los guardianes recordaron a un hombre tranquilo, dueño de una calma difícil de comprender en quien esperaba la muerte.

 


 

«No era miedo. Era impotencia. Pensaba en mis hijos y en todo lo que dejaba atrás. Pedí un notario para hacer testamento y solo tuve una petición: que sobre mi tumba escribieran "Aquí yace un inocente". 


Cuando vino el gobernador también se lo dije: "Se va a cometer un asesinato. Yo no soy criminal".» 

Hasta el amanecer mantuvo intacta aquella convicción. No pidió clemencia. Solo pidió que alguien creyera su palabra.

EL JUICIO

Tres años antes, la sala de la Audiencia había seguido con atención cada uno de sus movimientos. Mientras Carlos García de Paredes lloraba y se mostraba abatido, Ramón permanecía inmóvil, negando con la cabeza cada acusación que escuchaba.


«Me llamaron monstruo, viejo lujurioso y asesino. Contesté una y otra vez que todo era mentira. Reconocí mis pertenencias, expliqué dónde había estado aquella noche y negué haber participado en el crimen. Nadie parecía dispuesto a escucharme.»


Cuando el presidente del tribunal le concedió la última palabra, Ramón sorprendió a todos con una defensa tan breve como enigmática.

«Solo dije tres palabras: "Conciencia, conciencia y conciencia". Pensé que bastarían para que alguien dudara.»


No bastaron. El jurado lo declaró culpable de dos asesinatos y de una tentativa de violación. La condena fue la pena de muerte. Ramón escuchó el fallo sin perder la compostura y volvió a repetir las palabras que ya eran inseparables de su figura: «Soy inocente».

 

Fue el tercer abogado de Castejón, por renuncia de los dos anteriores

 

La defensa de Ramón Martín de Castejón estuvo a cargo del abogado y magistrado Fernando Abarrátegui y Pontes (Badajoz, 1879–¿1945?), una de las figuras más destacadas de la judicatura española de su tiempo. Licenciado en Derecho por la Universidad Central de Madrid, fue teniente fiscal de la Audiencia de Badajoz (1917), juez en Sevilla y Madrid, y alcanzó la magistratura del Tribunal Supremo, donde llegó a presidir la Sala Segunda o de lo Penal.

 



Además de su trayectoria judicial, desarrolló una intensa actividad periodística en Badajoz como colaborador de El Iris y director de El Programa Oficial. En 1931 fue designado juez especial para investigar los sucesos de la denominada Semana Sangrienta de Sevilla, una comisión que reforzó su prestigio profesional. Tras la Guerra Civil fue depurado, procesado por el Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas y apartado definitivamente de la carrera judicial. Su participación como defensor de Ramón Martín de Castejón en el Crimen de Don Benito pone de manifiesto la relevancia jurídica que alcanzó este proceso, al contar con uno de los juristas más prestigiosos de la época. 

EL CRIMEN

Retrocedemos hasta la madrugada del 19 de junio de 1902. Aquella noche cambió para siempre el destino de todos los implicados.

Según la acusación, Ramón Martín de Castejón, Carlos García de Paredes y el sereno Pedro Cidoncha urdieron un plan para entrar en la casa de Catalina Barragán y su hija Inés María. El objetivo era forzar a la joven.



La resistencia de ambas mujeres terminó, según la sentencia, en un doble asesinato que conmocionó a toda Extremadura. 


«Conocía a Catalina y a Inés desde hacía años. Mis hijas eran amigas de la muchacha. Después del crimen acompañé el entierro y pedí justicia como cualquier vecino. Nunca imaginé que acabarían acusándome de haber entrado en aquella casa.»

ANTES DE LA TRAGEDIA

Ramón Martín de Castejón y Cidoncha (Don Benito, 1845 – 4 de mayo de 1905). Era hijo de José Eulogio Martín de Castejón Campomanes, natural de Cáceres, y de María de las Mercedes Cidoncha Martín-Sauceda que provenía de una familia adinerada de la sociedad dombenitense.

Su vida se desarrolló en un entorno de comodidad en el marco de las propiedades que su esposa aportó como dote al matrimonio. Tras enviudar, dedicó su vida a rondar las tabernas de la época en Don Benito y presumiendo de su estatus social.

Mucho antes del crimen, Ramón ya era una figura conocida en Don Benito. Su vida estaba llena de claroscuros. Poseía una gran inteligencia, memoria para los asuntos administrativos y una extraordinaria facilidad para moverse entre despachos y ayuntamientos. Había sido pasante de escuela, oficial de Secretaría y gestor de herencias y expedientes. Conocía el funcionamiento del poder local mejor que muchos políticos de su tiempo.

Pero también arrastraba una fama difícil de borrar. Era célebre por su apetito insaciable, por aceptar cualquier invitación a comer y por frecuentar tabernas y casas de prostitución. Algunos lo consideraban un hombre simpático y resolutivo; otros, un oportunista incapaz de pensar en nadie más que en sí mismo. Esa reputación contradictoria acabaría pesando tanto como las pruebas durante el proceso.


Residencia de Castejón, calle Villanueva de Don Benito. Foto: DOVANE63


«Me llamo Ramón Martín de Castejón y Cidoncha. Cuando todo comenzó tenía cincuenta y seis años, era viudo y padre de cinco hijos. Durante media vida trabajé como pasante de escuela, oficial de Secretaría en varios ayuntamientos y gestor de expedientes y herencias. Conocía a medio Don Benito y medio Don Benito me conocía a mí. Nunca fui un santo. Me gustaba comer bien, aceptar una invitación y disfrutar de una conversación en las tabernas. Muchos me llamaban tragón; otros decían que era un hombre ingenioso y alegre. Nadie me había llamado asesino hasta aquel verano de 1902.»

Después llegaron el crimen, el juicio y el patíbulo. Pero la ejecución no puso fin a la historia. Con el paso de los años, la misma pregunta ha seguido despertando dudas y dividiendo opiniones entre los que estudian el caso ¿murió un asesino o el hombre equivocado? Cada lector deberá sacar sus propias conclusiones.

FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:

Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.

El crimen de Don  Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.

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miércoles, 5 de agosto de 2026

DON BENITO. AQUELLAS TARDES DE VERANO



Recuerdo aquellas largas tardes de verano en las que el tiempo parecía detenerse. Las siestas transcurrían en silencio, respetando el descanso de los mayores. Eran muy pocos los coches que pasaban por la calle, y llegué a conocer la marca de cada uno por el ruido de su motor.

Foto: A finales de los años 60 con mis pistolas y sombrero vaquero

Sobre una manta, que mi madre tendía en el suelo, jugaba a los «indios», inventando historias vestido de vaquero. Los niños más afortunados tenían un fuerte de Comansi. Recuerdo que un año los Reyes Magos me trajeron el fuerte «La Ponderosa», inspirado en la famosa serie de televisión Bonanza.

También recreando batallas con los soldaditos de los sobres Montaplex. Con los Madelman y luego con los Geyperman. El sonido de las piezas del Exin Castillos a caer al suelo, las películas del Cinexin y los Juegos Reunidos Geyper.

 

Las tardes más calmadas, leyendo tebeos: El Jabato, El Capitán Trueno, Joyas Literarias Juveniles, el DDT, Pulgarcito, TBO, Mortadelo…

Otras veces construíamos, sobre una vieja tabla, un pinball con gomas elásticas, chapas de botellas y puntas. Cuando nos cansábamos de jugar, aquella misma tabla se convertía en un patinete cuyas ruedas eran viejos cojinetes metálicos.

 

Después llegaba la hora de aquellas inolvidables series de televisión: Tarzán, Los Thunderbird, El Gran Chaparral, El Virginiano, Los Invasores, Rin-Tin- Tin, Mi bella genio, Embrujada, Viaje al fondo del mar, UFO, Kung Fu, La casa de la pradera, Tierra de gigantes, Mi oso y yo, Flipper, Skippy el canguro, Furia, Bonanza, Daniel Boone...














     
 
 
 

 
 

Las meriendas tenían un sabor que aún permanece en mi memoria: pan con chocolate, Nocilla, una rebanada con Tulipán y Cola Cao espolvoreado, o mortadela del puesto de “La Manolita”

 


Y, cómo no, los dibujos animados: 

 















  
 










  
 






El oso Yogui, Don Gato y su pandilla, La Hormiga Atómica, El joven Simbad, Los autos locos, Los Picapiedra, Maguila Gorila, Meteoro, Los osos montañeses, Pepe Pótamo, Pixie y Dixie, La abeja Maya, Calimero, Tom y Jerry, Popeye el marino, Mazinger Z, Heidi, Marco, Scooby-Doo, Super Ratón, Speedy González, El coyote y correcaminos, El canario Piolín, Leoncio el león y Tristón, El Pato Lucas, El Gallo Claudio, El Conejo de la Suerte, El gato Félix, El Pájaro Loco, Tapón López, La Pantera Rosa, Vickie el Vikingo, La tortuga D’Artagnan, Juancho el lagarto

Cuando el calor aflojaba un poco, algún amigo llamaba a la puerta y preguntaba: «¿Te sales?». Entonces salía como una bala. Casi siempre jugábamos al balón en la calle y, si en ese momento pasaba un remolque o un carro, nos colgábamos de la parte trasera.

Otras veces jugábamos al fútbol en el «redondel» del parque y aquellos partidos parecían no tener fin; hacíamos las pausas cuando queríamos y la hidratación consistía en beber agua «a chupe» todos del grifo de la fuente.



También fabricábamos, con una tabla, una goma y una pinza de la ropa, un rifle para cazar «avionetas», aquellas libélulas que revoloteaban alrededor de las fuentes y los charcos. Claro que por allí también andaban las avispas y más de un picotazo me llevé. Ese mismo rifle nos servía por las noches para salir a cazar las lagartijas que se posaban junto a las escasas luces del barrio.

 

Todavía recuerdo mi primera bicicleta y la cantidad de porrazos que me di con ella.

 


Las chuches del carrito de La Sevillana y Pedrito.


Mi bautismo cervecero llegó de la manera más insospechada. Siendo un crío, en una boda celebrada en los bajos del Capitol, a los niños nos sirvieron, ni más ni menos, que botellines de cerveza El Gavilán. Nadie se llevaba las manos a la cabeza; al contrario, aquello se veía con la naturalidad de la época. 

Y no era la única costumbre que hoy nos parece de otro planeta. Antes de las comidas era casi un rito tomarse una copita de Quina Santa Catalina para despertar el apetito. Decían que abría el estómago, y nosotros lo aceptábamos como una verdad tan indiscutible como que el pan se compraba cada mañana.


Mirado desde la distancia, cuesta no sonreír al recordar aquellas escenas que, aunque ahora parezcan inverosímiles, formaron parte de la vida cotidiana de toda una generación.

En el Parque Grande, como todos lo llamábamos, también jugaba con pequeños barquitos que dejaba flotar por los canales de riego que recorrían todo el recinto. 

 

Cuando caía la tarde y el calor iba remitiendo, los mayores sacaban las sillas a la calle para sentarse al fresco. Mientras ellos conversaban, todos los niños del barrio nos reuníamos para jugar. En verano también llegaban «los madrileños», los hijos de los emigrantes que regresaban al pueblo para pasar las vacaciones.

Jugábamos al escondite, al burro en pipa, al pañuelo, al balón-tiro, a los bolindres, al repeón, a la picota, a los cantos y a la comba. Cualquier rincón era bueno para inventar un juego.

Cuando era tiempo de melones, los vaciábamos, les poníamos una vela dentro y los llevábamos colgados de una cuerda mientras recorríamos las calles cantando:

«La coruja en el tejao, pone huevos coloraos...». (NO RECUERDO MAS)

 

Recuerdo con especial emoción el día en que el hombre llegó a la Luna. Familiares y amigos nos reunimos alrededor de aquella televisión en blanco y negro para contemplar un acontecimiento que ignorábamos que pasaría a la historia.

Y, casi sin darnos cuenta, llegaba el final del verano. Volvía la escuela con los estuches nuevos, los libros, las libretas, los álbumes de cromos, el inconfundible olor de las gomas de nata y la cartera colgada de la espalda.

Hoy, que voy siendo mayor, me gusta volver la vista atrás y recordar aquella infancia. Fueron años sencillos, llenos de felicidad, de juegos y de personas que ya nunca volverán. Son recuerdos que siguen viviendo en lo más profundo de mi corazón y que deseo conservar mientras tenga memoria, y si no la tengo algún día, espero que este artículo me lo recuerde.


Dedicado a todos los que crecimos cuando las calles eran nuestro patio de juegos y el verano parecía no tener fin. Que estos recuerdos os devuelvan, aunque solo sea por un instante, a aquella infancia feliz.