Hoy es un día muy especial para este pequeño rincón de historias, recuerdos y curiosidades: el blog ha alcanzado las 400.000 visualizaciones.
Una cifra que emociona todavía más al saber que, en su mayoría, las historias que aquí comparto son historias locales, de esas que quizá parecen pequeñas, pero que forman parte de nuestra memoria y de quienes fuimos.
Gracias a todos los amigos de Facebook que hacéis posible que este blog siga creciendo y por vuestra fidelidad diaria, por ese “buenos días”, por cada “me gusta”, por cada comentario y por compartir alguna de estas historias.
A quienes leéis en silencio y nunca dejáis una señal, pero volvéis una y otra vez.
Y también a quienes llegáis desde tan lejos: Estados Unidos, Singapur, Alemania, Hong Kong, Brasil, México, Vietnam, Suecia, Argentina, Reino Unido, Canadá, Francia, India, Irlanda, Pakistán, Colombia, Bangladés, Rusia…
Qué curioso y qué bonito pensar que una historia nacida aquí puede terminar siendo leída a miles de kilómetros.
Gracias por ser curiosos.
Gracias por leer.
Gracias por recordar.
Gracias por compartir.
Y gracias por ayudarme a descubrir y dar a conocer esa historia que nunca nos contaron.
Hubo un tiempo en que las calles de Don Benito estaban
llenas de sonidos que hoy apenas podemos imaginar: el golpe acompasado del
martillo sobre el hierro, el roce de las herramientas sobre la madera, el
chirriar de las ruedas de un carruaje y el olor inconfundible de los talleres.
Era un tiempo en el que aprender un oficio podía ocupar toda
una vida y en el que las manos hablaban tanto como las palabras.
Julio Gallego Hermanos, 1921: Gran taller de cerrajería.
Martín Cidoncha y compañía, 1921: Grandes talleres de
ebanistería y carpintería
En aquel Don Benito de finales del siglo XIX vivió Apolinar
Vázquez Taba, conocido por todos como el Maestro Apolinar. Nació el 7 de
octubre de 1871, en la calle Palacios, hoy calle Doña Consuelo Torre. Sus
padres fueron Félix Vázquez Gálvez y Josefa Taba Grande.
Siendo joven marchó a Sevilla y comenzó a trabajar en el
taller familiar de reparación de carruajes. Allí aprendió los secretos de una
profesión que exigía paciencia, precisión y una extraordinaria habilidad
manual. Aprendió a conocer la madera, a dominar el hierro y, sobre todo, a
comprender que cada pieza tenía su lugar y que en un buen trabajo nada podía
quedar al azar.
DON BENITO 1900. PLAZA DE ESPAÑA. Foto optimizada por DOVANE63
Cuando regresó a Don Benito, abrió en la calle Luis Hermida
un taller dedicado a la fabricación de coches de caballos. Llegaron a trabajar
allí más de treinta operarios. Aquel espacio debió de ser un pequeño universo
de oficios: carpinteros, herreros, torneros, tapiceros y pintores trabajando
alrededor de una misma obra.
Un carruaje no era únicamente un vehículo. Era el resultado
de muchas manos.
Había que fabricar llantas, ejes y soportes; trabajar la
madera, tornear piezas, colocar adornos, tapizar y pintar. Todo debía encajar
y, al mismo tiempo, todo debía ser hermoso.
Aunque en su partida de defunción aparece como carpintero,
reducir a una sola palabra la profesión de Apolinar sería quedarse muy lejos de
lo que realmente fue. Era un artesano capaz de transitar por distintas
disciplinas y convertir el conocimiento acumulado durante años en nuevas
formas.
Algunas de aquellas formas todavía pueden contemplarse.
Una de ellas es la escalera de caracol de los antiguos Almacenes
Vallejo. Su estructura helicoidal, sus curvas precisas y sus barandillas
torneadas hablan de una época en la que incluso un elemento destinado a cumplir
una función podía convertirse en una pieza ornamental. Los balaustres y los
paneles decorativos calados aportan ligereza al conjunto y parecen dialogar con
los motivos de las baldosas hidráulicas del establecimiento.
Similitud entre los paneles de la escalera y las baldosas.
Pero aquella escalera nos permite acercarnos también a la
historia de otro hombre cuyo nombre quedó estrechamente ligado a la vida
comercial de Don Benito: Antonio Vallejo y Fernández.
Ocho años antes que Apolinar, en 1863, había nacido Antonio
Vallejo en Terroba, una pequeña localidad situada en el valle del río Leza, en
la comarca del Camero Viejo, en La Rioja.
Procedía de una familia vinculada al mundo rural y su
infancia estuvo marcada por las dificultades económicas y las duras condiciones
de vida de las zonas serranas de la época.
En 1876, cuando apenas tenía trece años, emprendió el camino
hacia Don Benito acompañando a un rebaño de ovejas. Llegó a la ciudad con
escasos recursos y comenzó realizando trabajos humildes, entre ellos la
limpieza de los soportales de la Plaza.
Poco después entró como mozo de almacén en el
establecimiento de la familia Córdova. Allí comenzó una etapa decisiva de su
vida. Su esfuerzo, constancia y capacidad de trabajo le permitieron mejorar
progresivamente su situación y adquirir experiencia en el mundo del comercio.
En 1890 decidió dar un paso más e inició su propia actividad
empresarial con un pequeño negocio de ferretería.
Aquel modesto establecimiento acabaría creciendo hasta
convertirse en los conocidos Almacenes Vallejo, situados en la actual
Plaza de España. El pequeño comercio se transformó con los años en una empresa
de referencia para la ciudad y en uno de aquellos establecimientos que forman
parte de la memoria cotidiana de varias generaciones de dombenitenses.
En 1908, Antonio incorporó a su hermano Fausto como socio y
la empresa pasó a denominarse «Antonio Vallejo y Hermano». Tras el
fallecimiento de Fausto, Antonio continuó la actividad junto a su sobrino
Ricardo Terroba Vallejo. Más adelante, varios de sus sobrinos constituyeron, en
1934, la sociedad «Sobrinos de Antonio Vallejo», que asumió la propiedad de los
almacenes y permitió prolongar el negocio familiar.
La historia empresarial de Antonio no se limitó al comercio.
También participó en la vida pública y económica de Don Benito. Fue concejal
del Ayuntamiento entre 1930 y 1931 y representó a la localidad en instituciones
relacionadas con el comercio y la agricultura.
Contrajo matrimonio con Ana María Cidoncha Fernández-Trejo,
aunque el matrimonio no tuvo descendencia. Su legado empresarial continuó a
través de sus sobrinos.
Antonio Vallejo falleció en Don Benito el 7 de agosto de
1936, a los 73 años, a consecuencia de una hemorragia cerebral. Su vida había
quedado estrechamente vinculada a la transformación económica y comercial de la
ciudad.
Los Almacenes Vallejo permanecieron abiertos hasta 2012. El
edificio conserva hoy una parte importante de aquella memoria. Sus muros
guardan no solo el recuerdo de la actividad comercial de la familia, sino
también vestigios de la Guerra Civil, entre ellos un refugio antiaéreo y daños
ocasionados por la metralla.
La escalera realizada por Apolinar forma parte, por tanto,
de una historia mucho mayor: la de una ciudad que crecía y cambiaba gracias al
trabajo de comerciantes, artesanos y emprendedores.
Cuando el taller desapareció
También la guerra pasó por la vida de Apolinar.
Una bomba destruyó su taller. En un instante desapareció
aquel espacio en el que durante años habían sonado martillos, sierras y tornos.
Desaparecieron herramientas y materiales. Pero no desapareció lo esencial.
El oficio permanecía en sus manos.
«El taller desapareció, pero el oficio seguía conmigo.
Mientras pudiera trabajar, seguiría haciéndolo».
Y siguió.
Su habilidad con el torno encontró una nueva expresión en
las cuencas de madera para el gazpacho. El trabajo de aquellas piezas llegó a
ser conocido incluso fuera de Extremadura. En 1950, durante la Feria del Campo
de Madrid, una de sus cuencas de fresno, acompañada de bandeja y tapadera,
despertó tal admiración que fue vendida pocas horas después de inaugurarse la
feria.
Los encargos llegaron después en tal cantidad que no pudo
atenderlos todos.
Otros artesanos y profesionales acudían a él para pedirle
consejo. Había pasado tantos años aprendiendo que el conocimiento se había
convertido en una segunda naturaleza. Por eso no era simplemente Apolinar. Era el Maestro.
Falleció en Don Benito el 5 de octubre de 1958, a los 86
años.
Quizá cuando cerró los ojos se apagó también una parte de
aquel mundo de talleres y oficios que había conocido desde joven. Pero algunas
cosas permanecieron: una escalera que sigue ascendiendo en espiral, unas
columnas que continúan sosteniendo la memoria de un templo y unos objetos de
madera que todavía permiten imaginar el movimiento paciente de sus manos.
Algunos trabajos del Maestro Apolinar
Y permanece, también, una imagen entrañable: la de aquel
hombre que presumía, con humor, de su enorme bigote de 32 centímetros.
Treinta y dos centímetros de bigote.
Toda una vida de oficio.
Y unas manos que supieron convertir la madera en memoria.
Retrato del Maestro Apolinar realizado por Juan Aparicio Quintana
FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:
Fernández de Sevilla Palomo, Ramón A. Antonio Vallejo y
Hermano, 1921. Don Benito. En Tierra
extremeña.
Gutiérrez Gallego, José Antonio y Soto Valadés, Diego:
«Apolinar Vázquez Taba», en Biografías Dombenitenses III, Asociación Torre
Isunza.
García Orio-Zabala, Antonio: «Cuencas para nuestro
gazpacho», HOY, 23 de mayo de 1953.
Asociación Torre Isunza para la Defensa del Patrimonio
Histórico y Cultural de Don Benito: «Apolinar Vázquez Taba».
Biografías Dombenitenses IV, Asociación Torre Isunza, 2024. Antonio Vallejo Fernández, de Daniel Cortés González
Domeque, Estrella: «Almacenes Vallejo: Once pesetas para la
historia de Don Benito», HOY, 23 de enero de 2022.