sábado, 31 de octubre de 2026

LA LÍNDICA, una bruja de La Haba


Hay historias que se cuentan para entretener… y otras que, aunque pasen los años, siguen despertando escalofríos. Historias que nacen de la memoria de nuestros pueblos y de hechos reales que muchos preferirían olvidar.

Te invito a descubrir una de esas historias en las que la realidad y el misterio se confunden, y donde las viejas leyendas esconden mucho más de lo que imaginamos.

¿Te atreves a conocer la historia de LA LÍNDICA?

A veces, lo más aterrador no es lo que cuentan las leyendas, sino aquello que ocurrió de verdad…


CAPÍTULO I. Las sombras del pasado

 


El mes de octubre del año pasado tuve la oportunidad de asistir a una magnífica conferencia impartida por el extremeño Fermín Mayorga, investigador e incansable rastreador de los secretos más oscuros de nuestra historia. La charla, dedicada a las brujas de las Vegas Altas, formaba parte de la programación del Festival Extremiedo.

Fermín hablaba con la pasión de quien ha pasado años desenterrando historias olvidadas, rescatando nombres de entre el polvo de los archivos y devolviendo la voz a quienes fueron condenados al silencio. Sus investigaciones en los archivos históricos lo han convertido en un profundo conocedor de la Inquisición de Llerena, un tribunal cuyo nombre todavía parece susurrarse con temor cuando se pronuncia en determinados lugares de Extremadura.



Mientras lo escuchaba, mi imaginación comenzó a viajar hacia aquellos siglos de oscuridad. Podía casi escuchar el crujido de las puertas de las cárceles, el tintineo de las llaves de los carceleros y las voces severas de los inquisidores interrogando a mujeres desdichadas que habían vivido y muerto en nuestros pueblos.

Muchas de ellas eran curanderas, comadronas y mujeres conocedoras de las propiedades de las plantas. Habían heredado sus saberes de sus madres y abuelas, transmitiéndolos de generación en generación, en una época en la que la enfermedad podía convertirse en una desgracia y el desconocimiento, en una condena.

Preparaban infusiones, ungüentos y remedios naturales. A veces rezaban, otras pronunciaban palabras cuyo significado se había perdido con el paso de los años. Pero bastaba que un enfermo no sanara, que un parto terminara en tragedia o que una vecina alimentara la envidia para que aquellas mujeres se convirtieran en sospechosas.

Y cuando la sospecha encontraba un oído dispuesto a escucharla, el miedo hacía el resto.

La Inquisición de Llerena, establecida en 1485, extendió su influencia sobre buena parte de Extremadura durante siglos. Fue suprimida en 1820, aunque su desaparición oficial y definitiva llegó en 1834. Sin embargo, los tribunales desaparecieron mucho antes que sus sombras. Estas quedaron atrapadas entre legajos, declaraciones y sentencias; en nombres que apenas sobrevivieron al paso del tiempo y en historias que todavía hoy nos obligan a mirar hacia atrás.

Una de aquellas historias me llamó especialmente la atención.




Sucedió en La Haba, un pequeño pueblo muy cerca de Don Benito, donde las casas, las calles y los caminos de tierra fueron testigos de una historia que el tiempo no consiguió borrar por completo.

Corría el año 1638.

El 23 de septiembre, las campanas de la iglesia parecían anunciar algo más que una jornada ordinaria. Sus tañidos se extendieron por las calles, atravesaron las plazas y se colaron por las ventanas de las casas. Aquel día, una mujer conocida por todos como la Líndica quedó marcada para siempre por la justicia del Santo Oficio.

Su nombre era Inés Sánchez.

La acusaban de hechicería y brujería.

Los testimonios contra ella eran numerosos. Vecinos de La Haba y de localidades cercanas, entre ellas Don Benito, habían acudido a declarar. Algunos aseguraban haber presenciado hechos extraños; otros repetían lo que habían oído contar. En aquellas declaraciones, la verdad, el rumor y la superstición parecían mezclarse hasta resultar casi imposibles de separar.

Pero ¿qué importaba la diferencia cuando el miedo ya había dictado sentencia en la conciencia de los hombres?

En aquel tiempo, una acusación podía destruir una vida antes incluso de que el tribunal pronunciara su veredicto.

Y la Líndica estaba a punto de descubrirlo.




Yo me llamo Inés Sánchez, aunque casi nadie recuerda ya ese nombre.

Para todos soy la Líndica.

Así me llamaban cuando cruzaba las calles de La Haba, cuando iba al mercado o cuando alguien llamaba a mi puerta en mitad de la noche, con un niño enfermo entre los brazos o con un secreto que no se atrevía a confiar a nadie más.

Entonces me necesitaban.

Me buscaban en silencio, lejos de las miradas indiscretas. Me pedían remedios, consejos, oraciones. Me hablaban de dolores que los médicos no sabían curar y de desgracias que parecían haberse instalado para siempre en sus casas.

Pero las mismas bocas que un día suplicaron mi ayuda comenzaron después a pronunciar mi nombre con miedo.

No sé cuándo dejé de ser una mujer para convertirme en una amenaza. Quizá ocurrió poco a poco, con cada susurro detrás de una ventana, con cada mirada que se apartaba al verme pasar.

O quizá sucedió aquella mañana en la que comprendí que, en mi pueblo, ya nadie quería saber quién era yo.

Solo querían saber qué mal podía hacerles.


CAPÍTULO II. El tiesto maldito

 


Los documentos que recogían las acusaciones contra la Líndica describían prácticas que, a oídos de sus contemporáneos, debían de resultar tan inquietantes como incomprensibles.

Uno de los relatos más siniestros aseguraba que Inés Sánchez había intentado provocar la muerte de un hombre mediante un ritual macabro.

Según los testimonios, había matado un gato negro, cuyo cuerpo enterró en un tiesto donde crecía una planta de albahaca. Después, día tras día, regaba la tierra, como si esperara que algo germinara bajo su superficie.

El tiempo pasó hasta que, según contaron, el tiesto se rompió de manera repentina.

Y entonces ocurrió lo inexplicable.

En su interior aparecieron unos restos que algunos testigos describieron como las patas de un animal extraño, una criatura que nadie supo identificar. Sin embargo, la explicación que se difundió por el pueblo fue mucho más sencilla y, al mismo tiempo, más aterradora: eran las patas del gato negro que la hechicera había sacrificado.

Así, entre la tierra húmeda, las raíces de la albahaca y los fragmentos de barro, nació una historia que terminaría alimentando la fama de la Líndica.

En La Haba, cada nueva versión añadía un detalle más oscuro. Lo que uno había visto, otro lo había escuchado; lo que alguien contaba en voz baja, otro lo repetía como una certeza. Y el rumor, alimentado por el temor, fue adquiriendo la consistencia de una verdad imposible de discutir.

Otra de las personas que declaró contra Inés fue María de Sande, una mujer que, según los testimonios, también había sido arrestada por hechicería.

María aseguró que, en cierta ocasión, la Líndica le había pedido que le consiguiera unas «cagadas de ratas, unas moscas y un poco de aceite». Con aquellos ingredientes, afirmaba, pretendía elaborar un extraño remedio para conseguir que le creciera el pelo en la ceja izquierda.

Hoy, semejante receta podría parecer grotesca o incluso absurda. Pero en el siglo XVII, cuando el conocimiento de la medicina era limitado y las creencias populares se mezclaban con la religión y la superstición, cualquier práctica inusual podía transformarse en una prueba de culpabilidad.

Y todavía había acusaciones más inquietantes.

Uno de los testigos más temidos fue Bartolomé de Ávila, vecino de La Haba, quien declaró haber sufrido personalmente los supuestos poderes de la Líndica.

Según su relato, Inés había embrujado a varios hombres del pueblo, impidiéndoles mantener relaciones con sus esposas. Aquellos hombres, desconcertados y avergonzados, no encontraban explicación para lo que les sucedía. La desesperación los llevó a buscar culpables, y el nombre de la Líndica comenzó a repetirse entre susurros.

Bartolomé aseguró ser uno de los afectados.

Finalmente, vencido por el temor y quizá también por la vergüenza, decidió acudir ante el tribunal.

En una sociedad donde la palabra de un vecino podía convertirse en una condena, cada declaración alimentaba la siguiente. La acusación crecía como una mancha de humedad sobre un muro antiguo, extendiéndose hasta cubrirlo todo.

Y, en el centro de aquella oscuridad, permanecía Inés Sánchez.




Dicen que embrujé a los hombres.

Dicen que pronunciaba oraciones a Santa Marta y que mis palabras tenían el poder de torcer la voluntad de quienes se cruzaban en mi camino.

Dicen tantas cosas que, si tuviera que defenderme de todas ellas, necesitaría más de una vida.

¿Quién escucha a una mujer cuando todo un pueblo ha decidido temerla?

Los hombres hablaban de su vergüenza y de sus desgracias. Las mujeres bajaban la mirada cuando pasaba junto a ellas. Algunos aseguraban que bastaba con que yo los mirase para que la mala suerte entrara en sus casas.

Yo también tenía ojos para ver el miedo. Lo encontraba en los rostros de quienes llamaban a mi puerta y en las manos temblorosas que me entregaban sus secretos.

Pero el miedo es una criatura extraña. Primero te busca para que lo ayudes; después, cuando no sabe explicar su propia desgracia, te señala como culpable.

Y cuando eso ocurre, ya no importa lo que hayas hecho.

Importa lo que los demás necesitan creer de ti.


CAPÍTULO III. El precio del silencio

 


Sin embargo, las acusaciones más graves contra la Líndica no se referían a gatos negros, plantas de albahaca ni extrañas pócimas.

El asunto que más estremecía a quienes declararon ante el tribunal era su supuesta intervención en abortos clandestinos.

Según varios testimonios, Inés cobraba grandes cantidades de dinero a mujeres que deseaban interrumpir sus embarazos. Algunas, desesperadas por sus circunstancias, habrían llegado a pagar hasta cuarenta ducados por aquellos servicios.

Una de ellas, procedente de Medellín, afirmó haber entregado esa cantidad por un aborto que, según su declaración, no llegó a buen término.

En aquel mundo, un embarazo podía convertirse en una tragedia íntima, en una amenaza para la salud o en un escándalo capaz de arruinar la reputación de una mujer y de toda su familia. No existían las garantías médicas de hoy, y quienes se encontraban en situaciones desesperadas podían recurrir a prácticas peligrosas, ocultas a los ojos de la sociedad.

La acusación contra Inés se sumó a las anteriores y terminó de dibujar ante el tribunal la imagen de una mujer a la que se atribuían conocimientos prohibidos, intenciones perversas y una influencia casi sobrenatural sobre quienes la rodeaban.

Pero una cosa eran los testimonios y otra, la verdad completa de lo ocurrido.

Los documentos de la Inquisición conservan las voces de quienes denunciaron, pero no siempre nos permiten escuchar con la misma claridad a quienes fueron denunciados. Las palabras de los acusados llegaban hasta nosotros filtradas por interrogatorios, escribanos y procedimientos judiciales. A menudo, la persona que se encontraba en el centro de la historia era también quien menos posibilidades tenía de contarla a su manera.

¿Qué pensaba Inés mientras escuchaba las acusaciones?

¿Qué sentía al saber que sus vecinos habían declarado contra ella?

¿Recordaba las veces que había ayudado a aquellas mismas personas que ahora la señalaban?

Ningún archivo puede responder por completo a esas preguntas.

Y quizá sea precisamente ese silencio el que convierte su historia en algo tan inquietante.

Porque detrás de la palabra bruja hubo una mujer de carne y hueso. Una mujer que vivió en La Haba, que tuvo un nombre, que conoció a sus vecinos y que, de una forma u otra, terminó atrapada en las redes de la justicia inquisitorial.

Su destino quedó sellado bajo la autoridad del Santo Oficio.

La sentencia establecía un castigo público y ejemplarizante. Antes de recibirlo, la Líndica debía escuchar misa como penitente, vestida con el capirote y el áspero sambenito que identificaban a quienes habían sido condenados por el tribunal.

Después tendría que recorrer la calle Mayor para que todos pudieran contemplarla.

No bastaba con castigarla.

Era necesario exhibirla.

El escarnio público convertía la condena en una advertencia para el resto del pueblo: aquella era la suerte que aguardaba a quienes se apartaban de lo permitido o eran acusados de hacerlo.

A continuación llegarían los doscientos azotes: cien en Llerena y otros cien en La Haba.

Doscientos golpes.

Doscientas heridas sobre un cuerpo que, hasta entonces, había pertenecido a una mujer con su propia historia.

Sus bienes serían confiscados y ella quedaría desterrada durante cuatro años.

La sentencia no solo pretendía castigar a Inés Sánchez. También buscaba borrar su lugar en la comunidad, despojarla de sus pertenencias y convertir su nombre en una advertencia que todos recordaran.

Y, sin embargo, siglos después, seguimos pronunciándolo.

La Líndica.




Recuerdo el sonido de las campanas.

No sé si aquella mañana anunciaban una misa, una desgracia o simplemente otro día de la vida del pueblo. Pero todavía puedo escucharlas cuando cierro los ojos.

Me dijeron que debía caminar por la calle Mayor. Que debía vestir aquellas ropas que hablaban de mi culpa antes de que yo pudiera abrir la boca. Que todos debían verme.

Y yo me preguntaba qué verían realmente.

¿Una mujer? ¿Una pecadora? ¿Una hechicera?

¿O verían aquello que necesitaban ver para convencerse de que el mundo seguía estando en orden?

No sé si hubo alguien que sintiera lástima por mí. Quizá alguna mujer apartó la mirada para no cruzarse con mis ojos. Quizá alguien recordó una ocasión en la que acudió a mi puerta buscando ayuda. Quizá alguien quiso hablar y no se atrevió.

El miedo también sabe guardar silencio.

Me condenaron a doscientos azotes y a abandonar mi pueblo durante cuatro años. Me quitaron mis bienes y quisieron convertir mi nombre en una advertencia.

Pero hay algo que no pudieron quitarme.

Mi recuerdo.

Porque los años pasan, las casas se derrumban, las calles cambian de nombre y los hombres que dictan sentencias terminan convertidos en polvo. Sin embargo, a veces basta que alguien abra un viejo legajo para que una voz regrese desde el fondo de los siglos.

Y esta noche, después de tanto tiempo, vuelvo a hablar.


CAPÍTULO IV Y FINAL. La última sombra

 


Durante la conferencia, Fermín Mayorga relató que todavía hoy existen personas en La Haba que prefieren no hablar demasiado de estos acontecimientos. El paso de los siglos no ha conseguido disipar del todo la inquietud que rodea la historia de la Líndica.


Fermín Mayorga

Tal vez sea por respeto a los antepasados. Tal vez por la incomodidad de recordar un pasado en el que los vecinos podían convertirse en acusadores y una mujer podía perderlo todo a causa de las creencias, los temores y los testimonios de quienes la rodeaban.

O quizá las historias de brujería nunca desaparezcan del todo porque cada pueblo conserva algún rincón donde la razón no termina de imponerse a la imaginación.

En Extremadura, como en otros territorios, la Inquisición persiguió distintas formas de disidencia religiosa y también juzgó a personas acusadas de hechicería. Conviene distinguir, sin embargo, entre los delitos de herejía, las prácticas mágicas atribuidas a los acusados y las leyendas que fueron creciendo con el paso del tiempo.

La realidad histórica fue más compleja que los relatos de hogueras y pactos demoníacos que han llegado hasta nuestros días.

En los procesos inquisitoriales, además, las condenas no fueron siempre iguales. Hubo penitencias, multas, confiscaciones, destierros y castigos físicos. En algunos casos, los acusados sufrieron torturas durante los interrogatorios; otros murieron antes de que sus procesos concluyeran.

La ejecución en la hoguera tampoco fue un procedimiento exclusivo ni directo de los tribunales inquisitoriales: en los casos de condena a muerte por herejía, la ejecución correspondía formalmente a la justicia secular.

La historia de las personas acusadas de brujería en Extremadura merece, por tanto, algo más que una leyenda.

Merece memoria.

Porque detrás de cada expediente hubo una vida, una familia y una comunidad que siguió adelante después de la condena. Y porque, aunque hoy podamos contemplar aquellas creencias con la distancia que nos proporciona el conocimiento, el miedo que las alimentó sigue siendo reconocible.

El miedo a lo desconocido.

El miedo a lo diferente.

El miedo a quien no se comprende.

Pero cuando terminó la conferencia y salí a la calle, no pude dejar de pensar en Inés Sánchez.

Imaginé las calles de La Haba al caer la noche, las puertas cerrándose antes de tiempo y las últimas luces apagándose tras las ventanas. Pensé en los caminos que conducían a los pueblos vecinos, en los campos oscuros y en las voces que durante siglos habrían repetido su historia junto al fuego.

Y entonces comprendí que la parte más inquietante del relato no era el gato negro, ni el tiesto de albahaca, ni las supuestas oraciones a Santa Marta.

Lo verdaderamente aterrador era que una mujer pudiera terminar convertida en un monstruo a los ojos de toda una comunidad.

Quizá la leyenda de la Líndica naciera de una mezcla de hechos, rumores, supersticiones y acusaciones. Quizá nunca lleguemos a conocer todos los detalles de su vida. Pero su nombre ha sobrevivido a quienes la juzgaron y a quienes declararon contra ella.

Y eso, de alguna manera, también es una forma de vencer al olvido.




Han pasado casi cuatro siglos.

Las campanas ya no suenan como entonces. Las voces de quienes me acusaron se apagaron hace mucho tiempo y los nombres de mis jueces duermen entre papeles que apenas nadie consulta.

Pero yo sigo aquí.

No busquéis mi rostro en las pinturas de las brujas, ni esperéis encontrarme sobre una escoba cruzando la luna. No soy el monstruo de los cuentos ni la sombra que los niños imaginan al mirar debajo de la cama.

Soy la mujer a la que llamaron la Líndica.

La mujer cuyo nombre sobrevivió a su condena.

Y si alguna noche de otoño, cuando el viento recorra las calles de La Haba y las ramas golpeen las ventanas, escucháis un susurro que parece venir de muy lejos, no os apresuréis a buscar una explicación.

Puede que sea solo el viento.

Puede que sea un recuerdo.

O puede que, después de tantos años de silencio, todavía quede alguien dispuesto a escuchar mi historia.

Porque los pueblos olvidan muchas cosas, pero nunca olvidan del todo aquello que un día les hizo temblar.

Y yo, Inés Sánchez, la Líndica, aún tengo algo que contar.


FIN


sábado, 17 de octubre de 2026

DON BENITO. BERNARDO RUIZ


La historia de la modernización de Don Benito durante las primeras décadas del siglo XX no puede entenderse sin la figura de
Bernardo Ruiz Arias (1869-1944). Nacido en Macharaviaya (Málaga), este farmacéutico y empresario convirtió la farmacia familiar en uno de los establecimientos comerciales y sanitarios más prestigiosos de la comarca, contribuyendo decisivamente al desarrollo económico y social de la ciudad.

Procedente de una familia estrechamente vinculada al ámbito farmacéutico, Bernardo continuó la labor iniciada por su tío, José Ruiz González, quien había establecido una farmacia en la actual Plaza de España a finales del siglo XIX. Bajo la dirección de Bernardo y de su hermano, el negocio, conocido como «Ruiz Arias Hermanos», alcanzó un notable prestigio, consolidándose como la farmacia más antigua de Don Benito y como un importante almacén de drogas, productos químicos y farmacéuticos.

 


 

Sin embargo, su actividad iba mucho más allá de la dispensación de medicamentos. El establecimiento ofrecía una amplia gama de productos y servicios que reflejaban la evolución del comercio especializado de la época. A su oferta farmacéutica se sumaban secciones dedicadas a la óptica, la fotografía, la perfumería y la ortopedia, convirtiéndose en un auténtico centro de referencia para los habitantes de Don Benito y de numerosas localidades cercanas.

Gran parte de su éxito se debió a la calidad de los productos que comercializaba, muchos de ellos importados de prestigiosos laboratorios europeos, así como al asesoramiento profesional que ofrecían Bernardo y su equipo. Esta combinación de innovación, especialización y atención personalizada fortaleció la confianza de sus clientes y contribuyó de forma decisiva al progreso sanitario y comercial de la población.

El edificio en agosto de 2026. Foto: dovane63


Las boticas y droguerías: mucho más que una farmacia

Para comprender la importancia de establecimientos como Ruiz Arias Hermanos, es necesario recordar el papel que desempeñaban las boticas y droguerías a comienzos del siglo XX. En una época en la que el acceso a la atención médica era más limitado, estos negocios constituían auténticos centros de salud y abastecimiento doméstico.

En ellos se elaboraban fórmulas magistrales adaptadas a las necesidades de cada paciente y se dispensaban remedios para las dolencias más habituales. Entre los productos farmacéuticos más demandados se encontraban los polvos digestivos, las sales de bismuto, las aguas minerales medicinales, las tinturas, los bálsamos y las pomadas destinadas a tratar heridas, afecciones cutáneas o dolores musculares.

También era frecuente la venta de alcaloides y derivados opiáceos (como la morfina, el opio o determinados preparados con heroína), utilizados entonces como analgésicos o antitusivos, antes de que la legislación farmacéutica restringiera su comercialización.

Las droguerías desempeñaban igualmente un papel esencial en el suministro de productos destinados al hogar. Sustancias como el bicarbonato de sodio, la sosa cáustica, la potasa o el amoniaco eran imprescindibles para la limpieza, la fabricación artesanal de jabones y diversas tareas domésticas. Del mismo modo, el fenol se popularizó como uno de los principales desinfectantes gracias a los avances de la microbiología y a la creciente preocupación por la higiene.

A ello se añadía una amplia oferta de artículos de cuidado personal y cosmética. El uso cotidiano del jabón comenzó a generalizarse durante aquellos años, mientras que las aguas de colonia, las lociones capilares, las brillantinas y los tintes para el cabello pasaron a formar parte del aseo y la imagen personal de una sociedad en plena transformación.

Con el paso de las décadas, la creciente regulación sanitaria y farmacéutica modificó profundamente este modelo comercial. La venta de determinadas sustancias quedó restringida, se implantaron controles más estrictos y las farmacias fueron especializándose progresivamente en la dispensación de medicamentos, dejando atrás parte de la diversidad de productos que había caracterizado a las antiguas boticas y droguerías.

Un legado que perdura

En el ámbito personal, Bernardo Ruiz Arias contrajo matrimonio en 1911 con Ana Granados Manzano, con quien formó una familia que mantuvo una estrecha vinculación con la profesión farmacéutica. Entre sus descendientes destacó especialmente su hija Julia Luisa Eduvigis Ruiz Granados, quien continuó la tradición familiar ejerciendo como farmacéutica.

 

Bernardo Ruiz Arias falleció en Don Benito el 26 de diciembre de 1944, a los 75 años de edad. Su trayectoria permanece unida a una etapa de crecimiento y modernización de la ciudad, simbolizando el papel que desempeñaron los farmacéuticos como profesionales sanitarios, empresarios y promotores del desarrollo local.

 

Más de un siglo después, la historia de Ruiz Arias Hermanos constituye un valioso testimonio de una época en la que las farmacias eran mucho más que establecimientos dedicados a la venta de medicamentos: eran espacios de innovación, conocimiento y servicio público que contribuyeron de forma decisiva a mejorar la calidad de vida de varias generaciones de dombenitenses.


 

 Los productos que hoy podemos contemplar en el Museo Etnográfico Agustín Aparicio fueron trasladados en 1999, ya que, cuando tuvo lugar la inauguración, el 20 de febrero de 2000, todo debía estar preparado y perfectamente montado.


 

Como anécdota, Agustín nos cuenta algunas historias curiosas relacionadas con la incorporación de estos objetos al museo. Esta es, quizá, una de las principales:

«Pasaba por la plaza dando la vuelta con mi coche cuando vi que estaban cargando las cosas de Bernardito en un camión. Le pregunté a Manolo, el conductor, a quien conocía, y me dijo que todo aquello iba a ir al vertedero.

-          - Por favor, llévalo al Museo.

Así fue como todo aquel material llegó al museo. Se descargó en el patio y fueron unas mujeres las que se encargaron de limpiar y acondicionar los distintos elementos para que pudieran formar parte de la colección".


 

Fuentes y documentación consultada

  • Archivo Municipal de Don Benito, documentación histórica relativa a la actividad comercial y farmacéutica de la ciudad durante los siglos XIX y XX.
  • Museo Etnográfico Agustín Aparicio Cerrato de Don Benito, fondos, documentación y testimonios relacionados con la antigua farmacia y droguería Ruiz Arias Hermanos.
  • Hemeroteca histórica, anuncios comerciales y noticias de prensa de la época relativos a la farmacia, droguería y establecimientos de Ruiz Arias Hermanos.
  • Daniel Cortés González. Registros genealógicos relativos a Bernardo Ruiz Arias, Ana Granados Manzano y sus descendientes.
  • Fuentes de historia de la farmacia española, para contextualizar la evolución de las boticas, droguerías, fórmulas magistrales, productos farmacéuticos y regulación sanitaria durante finales del siglo XIX y primeras décadas del XX.
  • Catálogos y anuncios comerciales de productos farmacéuticos, cosméticos y droguería de finales del siglo XIX y primera mitad del XX, utilizados para contextualizar la variedad de artículos comercializados por este tipo de establecimientos.

Agradecimientos

Al Museo Etnográfico Agustín Aparicio Cerrato de Don Benito, por la conservación de los objetos, documentos y testimonios relacionados con la antigua farmacia y droguería Ruiz Arias Hermanos, que han permitido recuperar y divulgar esta parte de la historia local.

Agradecimiento especialmente a Agustín Aparicio, por sus recuerdos y testimonios sobre la recuperación de los materiales de la antigua farmacia y su incorporación a la colección del museo, así como a todas las personas que participaron en su traslado, limpieza, conservación y acondicionamiento.