sábado, 20 de junio de 2026

DON BENITO. "SEÑÓ NATALIO"


Son varios los hombres vinculados a nuestra ciudad que formaron parte de la División Azul. Entre ellos figuran nombres como Jorge Mayoral Mora, José Torvisco o Pedro Miranda, entre otros. Hoy queremos detenernos en la figura de Natalio Rodríguez, un hombre cuya vida estuvo marcada tanto por el sacrificio como por el trabajo y la sencillez.

Los más veteranos de la ciudad seguramente lo recordaréis recorriendo sus calles al frente del transporte de carne desde el Matadero Municipal hasta el Mercado de Abastos, una estampa cotidiana que formó parte de la memoria colectiva durante décadas. Sin embargo, tras aquella imagen de trabajador incansable se escondía una historia extraordinaria, forjada en algunos de los escenarios más duros de la historia del siglo XX.

Natalio Rodríguez García nació en Don Benito en 1922, en una España convulsa que pronto pondría a prueba su destino. Marcado desde niño por la tragedia, con un padre asesinado durante la Guerra Civil y una madre perseguida y encarcelada, asumió con apenas diecisiete años la responsabilidad de sostener a su familia, ocupando el puesto que había desempeñado su progenitor en el Matadero Municipal.

Un compañero suyo lo recuerda, esto es lo que me contó:

Conocí a Natalio en el Matadero, donde trabajó durante cerca de cuarenta años en la carga y descarga. Era de esos hombres que parecen hechos de otra pasta. En todo ese tiempo no estuvo ni un solo día de baja. Lloviera, nevara o hiciera un calor insoportable, allí estaba siempre, cumpliendo con su trabajo.

 


Incluso después de jubilarse, muchas mañanas se dejaba caer por el Matadero para saludarnos a los que habíamos tomado el relevo. Le gustaba charlar con nosotros, recordar viejos tiempos y compartir alguna anécdota. Era un hombre muy querido entre los carniceros, servicial como pocos y siempre dispuesto a echar una mano. Tenía una presencia imponente: alto, corpulento y fuerte, pero al mismo tiempo humilde, amable y con una sonrisa fácil que hacía agradable cualquier conversación.

 


 

Vivía en la calle Piedad y parecía que conocía a todo el mundo. En el Matadero tenía una mula que tiraba del carro con el que se transportaba la carne. Los dos se entendían a la perfección; más de una vez bromeábamos diciendo que casi hablaban entre ellos.

 

Natalio Rodríguez García
 

 Había algo que llamaba especialmente la atención cuando se animaba a contar sus recuerdos. De vez en cuando se remangaba la camisa y nos enseñaba una cicatriz en el brazo. Entonces sonreía y nos explicaba que aquella herida se la habían hecho en combate mientras socorría a un compañero. Contaba que hacía tanto frío que ni siquiera se dio cuenta de que una bala le había atravesado limpiamente el músculo. Al ver la sangre, pensó que era la de su camarada y siguió adelante sin prestar atención a su propia herida.

 

 

Aquellas historias nos dejaban fascinados. Porque detrás de aquel trabajador incansable, de aquel hombre sencillo que cada mañana paseaba por el Matadero saludando a todos, se escondía alguien que había vivido experiencias extraordinarias. Y una de las que más nos impresionó fue la que ocurrió en las heladas tierras de Rusia.

Así lo contó:

“En 1941 me alisté en la División Azul y fui enviado al frente ruso, donde el frío y la guerra parecían enfrentarse en una lucha tan despiadada como la de los propios hombres. Al principio fui destinado a labores de abastecimiento, pero un acto de compasión hacia unos campesinos rusos cambió mi rumbo y acabó llevándome a la legendaria Compañía de Esquiadores.

 


Fue allí donde viví los momentos más intensos de mi vida. En enero de 1942 participé en la célebre Acción del lago Ilmen, una misión que muchos consideraban imposible. Poco más de doscientos españoles atravesamos la inmensidad helada del lago bajo temperaturas bajo cero. Nuestro objetivo era socorrer a una guarnición cercada por miles de soldados soviéticos.

 

El lago Ilmen, de Augusto Ferrer-Dalmau. (AUGUSTO FERRER-DALMAU)
 

El hielo quebradizo, las tormentas de nieve y las congelaciones castigaban cada paso que dábamos. Muchos hombres cayeron agotados o heridos, pero ninguno quiso rendirse. Seguimos avanzando porque sabíamos que dependían de nosotros.

Cuando finalmente alcanzamos la zona de combate, nos enfrentamos a fuerzas muy superiores en número. Fueron jornadas de lucha feroz, en las que cada metro ganado costaba un enorme sacrificio. Sin embargo, logramos romper el cerco y llegar hasta los sitiados. Durante aquella acción resulté herido por una bala mientras auxiliaba a un compañero, pero ni siquiera entonces pensé en abandonar. Cumplir con mi deber y ayudar a los míos era lo único que importaba.

 


 

Los que sobrevivimos quedamos unidos para siempre por el recuerdo de aquella gesta, considerada una de las acciones más admiradas de la División Azul. Por mi comportamiento durante la campaña, recibí la Cruz de Hierro alemana y la Medalla Militar Colectiva española, distinciones que siempre consideré un homenaje compartido con todos aquellos camaradas que lucharon y sufrieron a mi lado. En una guerra, en plena batalla, luchas por tus compañeros, por tu vida y por las suyas, un soldado se rige por el honor y la obediencia, así funciona el ejército.” 

Natalio, al regresar a Don Benito volvió a su trabajo de siempre, transportando la carne desde el Matadero Municipal y sirviendo durante décadas al Ayuntamiento de Don Benito.

 

Natalio Rodríguez García

 

Padre de familia, trabajador incansable y veterano de una de las campañas más duras del siglo XX, Natalio Rodríguez encarnó el espíritu de una generación forjada en la adversidad.

Falleció en 2002, dejando tras de sí el recuerdo de un hombre sencillo que, cuando la historia lo llamó, fue capaz de desafiar al miedo y la muerte para cumplir con su deber.

 

FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:

Andrés Sánchez Díaz. Antiguo trabajador del Matadero Municipal de Don Benito. 

Dombenitenses entre los siglos XIX-XXI, de Daniel Cortés González. Don Benito, mayo de 2025.

Diario ABC. Ferrer-Dalmau revive la 'misión suicida' de la División Azul sobre un lago helado. Manuel P. Villatoro. 13/05/2026.

Rumbo a Rusia. Los voluntarios extremeños en la División Azul. Año 2007 Autores Francisco Gragera Díaz, Daniel Infantes.

https://eldardodelapalabra.blogspot.com.

Fotografías: D.S. Cordero. 

 

 

 

domingo, 31 de mayo de 2026

MEDELLÍN. EL ARTE QUE EL FUEGO BORRÓ

 

Gracias a los últimos avances en IA, podemos volver a disfrutar, casi 100 años después de su pérdida, del esplendor de este magnífico retablo y de las pinturas que lo adornaban.

La historia de los pueblos no solo se escribe en los libros; también permanece viva en sus templos, en las imágenes veneradas durante generaciones y en las obras de arte que guardan la fe, la identidad y la memoria de quienes las contemplaron. Sin embargo, durante la Guerra Civil Española, innumerables tesoros del patrimonio religioso y artístico desaparecieron para siempre, consumidos por el fuego y la intolerancia.

 


 

Entre aquellas pérdidas irreparables destacó el magnífico Retablo Mayor de la antigua Iglesia de Santiago de Medellín.

Medellín, Fotografía, primer tercio del siglo XX.

 

La obra, realizada entre 1550 y 1560, fue uno de los ejemplos más valiosos del arte renacentista religioso de la comarca. Se trataba de un espléndido retablo formado por ocho tablas pintadas y ensambladas en un delicado mueble de estilo plateresco, cuya elegancia y riqueza ornamental lo convertían, sin duda, en el más sobresaliente de cuantos poseyeron las iglesias de Medellín. Tradicionalmente, los especialistas lo relacionaban con la escuela del gran pintor renacentista Luis de Morales.

El conjunto estaba organizado con admirable armonía. En el zócalo o predella podían contemplarse dos escenas apaisadas dedicadas al Nacimiento de Cristo y a la Epifanía o Adoración de los Reyes Magos. 

 


 

Sobre ellas, en el primer cuerpo, se representaban la Visitación de la Virgen y la Circuncisión del Señor. 

 


 

El segundo cuerpo acogía algunas de las escenas más dramáticas y conmovedoras de la Pasión: la Flagelación, el Descendimiento y la Resurrección. 

 


 

Coronando todo el conjunto se alzaba una Crucifixión de intensa espiritualidad.

 


 

La riqueza iconográfica se completaba con los medallones de San Pedro y San Pablo en las calles laterales y, en el frontón central, la solemne imagen del Padre Eterno. En la hornacina principal debió figurar originalmente la imagen del apóstol Santiago, titular de la antigua parroquia.

 

Iglesia de Santiago

A finales del siglo XIX, concretamente en 1896, la Iglesia de Santiago dejó de ejercer como parroquia y fue cerrada al culto. 

Iglesia de San Martín

El retablo fue entonces trasladado a la capilla del Cristo de la Misericordia de la parroquia de San Martín, donde se adaptó cuidadosamente para acoger la venerada imagen del Santísimo Cristo de la Misericordia, objeto de profunda devoción popular. 

 

 

Restauración según fotografía original de Mª de los Ángeles Moreno Palomares
 

El Santo Cristo de la Misericordia era una obra escultórica del siglo XIII, de tamaño poco menor del natural, muy seco y rígido, con los brazos muy en alto, de talla policromada, muy ennegrecido y de aspecto impresionante.

Original: (Fotog. A. Pesini, 1937; col. particular).

Pero el destino de aquella joya artística quedó truncado en 1936. En los dolorosos comienzos de la Guerra Civil Española, el retablo fue desmontado, destrozado y finalmente reducido a cenizas. Con él desaparecieron siglos de historia, arte y espiritualidad.

 

 

Provienen de un reportaje de la revista madrileña "AHORA",

editado originalmente alrededor de agosto de 1936.

Voladura del puente de Medellín.

30/7/1938. 


 

Sin embargo, aunque las llamas consumieron la madera y las pinturas, no pudieron borrar la memoria de quienes lo admiraron ni el legado espiritual que representaba. Hoy, el recuerdo de aquel retablo sigue vivo gracias a las fotografías antiguas, a los archivos conservados y, sobre todo, a la voluntad de quienes continúan investigando, difundiendo y protegiendo el patrimonio histórico de Medellín.

Porque el arte sacro no pertenece únicamente al pasado: también es una herencia para el futuro. Cada documento recuperado, cada testimonio conservado y cada historia contada devuelven parte de la vida a aquello que parecía perdido para siempre.

El Retablo Mayor de Santiago ya no existe físicamente, pero permanece en la memoria colectiva como símbolo de belleza, fe y esperanza. Y mientras haya personas dispuestas a recordar y valorar su historia, ninguna destrucción será completa.


FUENTES Y AGRADECIMIENTOS: 

  • Asociación Histórica Metellinense.
  • Rodríguez Gordillo, E. Apuntes históricos de la Villa de Medellín.
  • LAS TABLAS ROTAS. Retablos desaparecidos de Medellín, de Juan Manuel Miguel Sánchez.
  • Covarsí Yusta, A. “Extremadura artística: destrucción del tesoro artístico nacional en la provincia de Badajoz: la huella marxista”, Revista de Estudios Extremeños, T. XIII n.2, mayo-agosto, 1939. Diputación Provincial de Badajoz. pp. 167-176.
  • https://dovane63.blogspot.com