La mañana del 14 de julio
de 2021, montamos en el coche con destino a la vecina población de Mengabril el
Cronista Oficial de Don Benito, Diego Soto, Antonio Nevado (más conocido como
Dovane63) y yo.
Diego nos había contado
que su madre le decía de pequeño que Inés María Calderón, una de las dos
víctimas del conocido como “Crimen de Don Benito” del año 1902, era de
Mengabril. Cierto es que hasta la fecha no habíamos encontrado en Don Benito la
partida de nacimiento.
Al llegar al Ayuntamiento
de Mengabril, el trabajador dispuso para nosotros un despacho y los libros de
nacimientos de 1876 a 1900. Iniciamos la labor de búsqueda y, no solo
encontramos la partida de nacimiento de Inés María Calderón, sino la de otro
hermano que falleció con apenas dos años.
Con estos nuevos datos
hallados, a continuación, ofrezco la biografía de Inés María Calderón Barragán.

Partida
de Nacimiento de Inés María Calderón
Inés María Calderón era de Mengabril
Nace
Inés María Calderón Barragán el día 8 de junio de 1883 en el número 23 de la
calle de los Caballeros (actual calle de Luis Chamizo) de la vecina localidad
de Mengabril, en el seno de una familia de humildes labradores, siendo la
segunda de los hijos habidos del matrimonio formado por el labrador Vicente
Calderón y Ortiz (Don Benito, 1851) y Catalina Sánchez-Barragán y Cancho
(Escurial, 1849). Tuvo dos hermanos llamados Fernando (¿?, 1881-Don Benito,
16.04.1940) y Rafael Amadeo (Mengabril, 31.03.1886-24.07.1888).
Fueron sus abuelos
paternos los dombenitenses Fernando Calderón y Sánchez (Don Benito, 1824 a
1830-Mengabril, 30.04.1889) y María Mercedes Ortiz Ortiz; por parte materna,
los escurialegos de Alonso Sánchez-Barragán y Montero y Gregoria Cancho
Pajares.
En 1888, la familia vivía en el número
3 de calle de los Portales de Mengabril. De la
madre, en lo físico, decir que gozó en su mocedad de fama de hermosura nada
común.
De esmerada educación,
Inés María pertenecía por su nacimiento a una distinguida familia. El
inteligente y reputado Doctor en medicina don Pedro Barragán y Cancho (muy
conocido y apreciado en la provincia de Badajoz), era su tío materno; la
familia Calderón Barragán gozaba del bienestar que prestaba una posición
desahogada, pero la fortuna caprichosa y esquiva las redujo con el tiempo a una
situación bastante difícil.
Inés
María Calderón
Inés María no era un
prodigio de hermosura; hay que desvanecer esta leyenda; pero era una muchacha
hermosa y muy agraciada. Tenía el cabello rubio y abundante, la cara llena y
ovalada, el cutis muy blanco, las mejillas sonrosadas y los ojos azules y serenos,
como los del famoso madrigal. Su estatura era aventajada, estrecha la cintura,
anchas las caderas; su andar garboso y resuelto. La nota distinta de su persona
era lo que se llama “tercer ángel”; afable con todo el mundo, la sonrisa no se
borraba de sus labios.
Frecuentó los bailes y
reuniones de Don Benito, donde el imán de su gracia y de su bondad atraía a
todos los muchachos, que se despepitaban por bailar con ella. Tuvo muchos
cortejadores entre la clase estudiantil, pero a ninguno correspondió, sabiendo
negar a todos sus favores con cortesía y dulzura.
De entre las señoritas
dombenitenses, era ella la que más cautivaba, no solo por su gentileza y
hermosura, sino por aquella austeridad que le era característica. Pasaba
algunas temporadas en Medellín, en casa de un pariente de su madre, Jacinto
Barragán.
Inés
María Calderón
Muchacha hacendosa, se
ganaba el sustento con la aguja y la plancha, en ese trabajo continuo y mal
retribuido de la mujer; constantemente se la veía trabajando sobre el bastidor,
en labores que se disputaban, por lo perfectas, lo más linajudo de Don Benito.
No había boda para la que a ella no se le encargase el ajuar de la novia, ni
bautizo que Inés María no hubiese primorosamente bordado la canastilla del
recién nacido.
Cariñosa con sus amigos,
ella enseñó, entre otras, a las hijas de Ramón Martín de Castejón Cidoncha
diferentes labores, asistiendo como Hermana de la Caridad a una de ellas,
víctima de la tisis, llevándosela a vivir a su casa para atenderla mejor.
Pero no
pocas veces la labor faltaba, y entonces, las pobres mujeres salían de sus
apuros dando al panadero, a la lechera o al carnicero, modestos productos de su
tierra de labor a cambio de los artículos indispensables para su subsistencia.
A las
nueve de la mañana del 24 de julio de 1888, la familia Calderón Barragán sufre
en Mengabril, donde entonces residían, un fuerte varapalo, la muerte por
gastroenteritis del menor de los tres hijos, Rafael Amadeo, cuando apenas
contaba dos años de edad. Junto al cólera, otras enfermedades como la viruela,
el sarampión, las gastroenteropatías y la tuberculosis constituyeron las
principales responsables de las crisis de mortalidad que se observan en la
mortalidad española de finales del siglo XIX.
Su
padre, Vicente Calderón, era un digno propietario de algunas tierras de labor
en Mengabril, un resto escaso de su fortuna, consistente en varias fanegas de
majuelos; a la custodia de ellos y a las operaciones agrícolas que exigían,
estaba consagrado el propio padre de Inés María, por lo que se veía obligado a
quedarse por las noches en el citado pueblo. Mientras vivió, el pasar de la
familia era relativamente desahogado, pero con su muerte vino la estrechez,
rayana en la miseria, situación que Catalina Barragán sabía soportar digna y
honradamente.
En el
crudo mes de diciembre de 1901, mes de fríos y de sombras, cayó enfermo Vicente
Calderón en Mengabril; Catalina, a quien durante el día le era imposible
abandonar el cuidado de su casa, por la noche (¡y fueron muchas!), sin que
nadie la acompañara, se lanzaba intrépida y animosa al camino, sin que las
densas tinieblas, ni el quejumbroso viento de esas noches terribles del
invierno, causasen espanto en su templado corazón y, poco a poco, salvaba la
distancia y llegaba como ángel bienhechor al lecho del esposo enfermo, para
prodigarle solícita sus cuidados. ¿No revela esto mucho valor?
Reducida a una vida de
privaciones, Inés María supo conservar la candorosa alegría de la juventud;
hija amantísima, veló en largas noches la última enfermedad de su padre. Tras
el fallecimiento de su padre, vistió un sencillo traje de luto de corte modesto.
Apenas salía de casa, nada más que para ir a la iglesia con su madre, ambas con
sendos mantos negros.
Es entonces cuando
Catalina se lamentaba ante su pariente, Jacinto Barragán, de la escasez de
recursos que tenían y que las impedía pagar la renta de la casa que tenían
alquilada en la calle del Padre Cortés de Don Benito (actual calle de la
Virgen); en alguna ocasión, madre e hija tuvieron que empeñar algunas prendas
para poder pagar la casa.
Inés
María y su madre vivían recluidas por luto reciente en humilde vivienda de la
calle Padre Cortés número 23, una casa de un solo piso con estrecha puerta y
una reja grande a la izquierda de aquella. Hacía tres meses que la muerte les
había arrebatado a su padre y esposo, respectivamente, y poco menos que la ley
se había llevado al joven Fernando Calderón Barragán a servir en el ejército.
Para ir
salvando en algún tanto los escollos de su camino y torciendo su voluntad,
Catalina e Inés María solían admitir en su casa huéspedes en muy reducido
número y con muy sensatos reparos. En el momento del conocido como “Crimen de
Don Benito”, se hallaba hospedado en ella, solamente durante el día, el médico
oftalmólogo don Carlos Suárez Flores, que pernoctaba en el vecino pueblo de
Villanueva de la Serena, viniendo a ésta localidad todos los días para curar a
enfermos de los ojos.
Según cuentan, Inés María y su madre,
por el riguroso luto que las impuso la irreparable pérdida del padre y esposo
respectivo, tenían por costumbre, todas las noches, después de haber cenado,
salir a pasear, yendo a un sitio que era conocido en Don Benito por “La
Glorieta” (hoy confluencia de la
Avenida de la Constitución con la Avenida de Alonso Martín y calle de Ayala,
donde existe una rotonda con fuente), en el campo, junto a la Estación
de Ferrocarril, lugar que era pintoresco y que convidaba en verdad a la
expansión y el reposo, y al cual afluían todas las noches muchas personas.
Catalina e Inés María regresaban de allí (como la mayoría de las gentes que a
él concurrían) a las doce o la una de la noche. Por esto se decía que, en la
noche del nefasto suceso, fueran espiadas por los asesinos para cerciorarse de
cuando volvían a su casa.
La joven Inés María
Calderón debió de ser ligeramente nerviosa. Desde los albores de su pubertad se
sentía acometida de noche, por temores infundados y visiones amenazadoras.
Uno de los señoritos de Don Benito,
Carlos García de Paredes y Campuzano, borracho, pendenciero, mujeriego y
valentón, había requerido de amores a la joven Inés María, la que siempre
rechazó tales pretensiones. En el verano de 1897, García de Paredes ya conocía
a Inés María Calderón, cuya belleza le había llamado la atención.
En el año 1899, en ocasión en que
García de Paredes marchaba por la calle de la Retama, se encontró con Inés
María, hablándola e insistiendo en sus requerimientos amorosos. La siguió en
tal actitud, que Inés María llegó a tener miedo, pidiendo auxilio a un amigo
suyo, Alfonso Díaz, al cual García de Paredes abordó por haber acompañado a la
joven y, como aquel no se disculpaba, García de Paredes le cogió por el cuello
y le abofeteó.
Prosiguió García de Paredes molestando
a Inés María, amenazándola por las repetidas negativas de la joven y
demostrando que se hallaba dispuesto a emplear la violencia para conseguir su
propósito. Las amenazas produjeron verdadero terror en Inés María, quien desde
entonces fue asaltada por alucinaciones y pesadillas en las que creía que
García de Paredes trataba de matarla.
En los últimos años de su
vida, la insidiosa persecución de que la hizo víctima Carlos García de Paredes,
aumentó sus congojas nocturnas. Tuvo que dormir con ella su madre. Algunas
veces despertaban, poseída de pánico, gritando: “¡Mírale, mírale! ¡Ahí esta!”. Una noche se refugió debajo de la
cama huyendo de un perseguidor imaginario
Catalina
Barragán de joven (izq.) y adulta (dcha.)
Cierta noche, Inés María regresaba de
paseo en compañía de su madre, siendo perseguidas por García de Paredes.
Atemorizadas ante la actitud de aquel, las dos mujeres buscaron refugio en casa
de Natividad Valadés, mientras García de Paredes permanecía acechando en la
esquina, por lo cual Inés María y su madre tuvieron que salir acompañadas de la
citada Natividad y su familia.
No cejó García de Paredes en su
interés, e hizo proposiciones a Catalina Barragán para que le permitiera
satisfacer los insanos apetitos que sentía, a lo que Catalina respondió
diciendo que, antes, se dejaría quitar la vida. Estas contrariedades hicieron
nacer en García de Paredes la firme resolución de saciar sus deseos empleando
los medios violentos que fueran necesarios.
La energía de Inés María determinó que
García de Paredes no esperase más tiempo y, el día 14 de junio de 1902, García
de Paredes se acercó a la joven y, enseñándola un cuchillo, la dijo: “Si no
te entregas a las buenas, o por dinero, serás mía a la fuerza”.
En la noche del 18 al 19 de junio de
1902, reunido Carlos García de Paredes con Ramón Martín de Castejón, que
también sentía cínicos anhelos por la joven, determinaron ambos penetrar en
casa de Catalina Barragán.
Sabían que no lograrían entrar en el
domicilio de aquella por la voluntad y, empleando un ardid, alrededor de la una
de la noche buscaron a Pedro Cidoncha Ramírez, sereno municipal nocturno del
sexto distrito que estaba de servicio.
Propusieron al sereno que llamara en
la casa número 23 de la calle del Padre Cortés, para que abrieran la puerta y
poder penetrar allí; pero, negándose el sereno a ello, fueron García de Paredes
y Martín de Castejón a la casa, donde llamaron, sin que les abriera Catalina
Barragán.

Acudieron de nuevo al sereno,
manifestándole que llamara, porque era cosa convenida entre ellos y la joven
Inés María, no consiguiendo tampoco que el sereno se prestara a ello; pero como
García de Paredes era un hombre pendenciero, que había maltratado en muchas
ocasiones a los serenos y que por su posición social estaba relacionado con las
autoridades, que podían, en virtud de sus indicaciones, quitarle el trabajo,
que era único subvenía a las necesidades de su numerosa familia, hizo con su
actitud que, para evitar el mal grave e inmediato que le amenazaba, se
apoderase el miedo del sereno, en tales términos que, perdiendo en absoluto su
voluntad, Pedro Cidoncha se prestase a hacer lo que quisieran García de Paredes
y Martín de Castejón.
Al efecto, se acercó a la casa y,
llamando para que le entregaran a la caja de cirugía del médico Carlos Suárez,
que tenía establecida en aquella casa su consulta, salió Catalina barragán a la
ventana, y después de cerciorarse de que era el sereno, abrió la puerta para
entregarle dicha caja. Una vez que Catalina se asomó a la puerta, le pidió el
sereno una poca de agua y, mientras fue al interior Catalina por ella, avisó a
Martín de Castejón y a García de Paredes, que se habían quedado algo distantes,
llegando a la puerta de la casa cuando aquella sacaba el agua. Entonces se
acercó Martín de Castejón, que tenía mucha intimidad y confianza con la
familia, quedándose oculto detrás de él García de Paredes, y pidió también
agua, volviendo Catalina a entrar por ella, momento en el cual penetraron García
de Paredes y Martín de Castejón en la casa, cerrando la puerta por dentro y
quedando el sereno fuera, quien se marchó a dar la vuelta al distrito, sin que
supiera el espantoso drama que se desarrolló hasta el siguiente día.
Entraron éstos cautelosamente,
esperando cortos instantes a Catalina Barragán. Cuando llegó ésta a la puerta,
fue acometida por detrás por García de Paredes y Martín de Castejón, de un modo
repentino y de improviso, en forma que Catalina no pudo apercibirse de la
agresión, ni defenderse, ni ofender a los agresores, los que, con armas blancas
muy fuertes y resistentes, la causaron en la cara y cuello ocho heridas, cuatro
de ellas mortales de necesidad, que produjeron el fallecimiento inmediato,
cayendo muerta Catalina Barragán en el zaguán de la casa, mismo sitio en que
fue atacada, sin que le fuera posible huir ni separarse de la puerta.
Advertida Inés María, primero de la
llamada a la puerta y después de que algo extraño ocurría, cerró por dentro con
una aldabilla la puerta del cuarto en que se hallaba. Llegaron a esa puerta
García de Paredes y Martín de Castejón, y la abrieron violentamente.
Atemorizada, Inés María no pudo, por debilidad de sus fuerzas, contrarrestar de
modo activo a los agresores, los cuales, aprovechándose de esto, trataron de
saciar por la fuerza que emplearon sobre la joven sus carnales apetitos.
Exasperados los malhechores por la
tenaz resistencia de la joven y la inutilidad de sus violencias, dieron a Inés
María varios golpes con armas blancas, hiriéndola e insistiendo en rendir su
castidad. En tal situación, logró desprenderse e iniciar la fuga, saliendo de
la alcoba y ocultándose en otra habitación, debajo de una cama. Siguieron hasta
allí García de Paredes y Martín de Castejón, agrediéndola nuevamente y
causándole en la cabeza, cuello, hombro derecho, mano y muñeca izquierda y mano
derecha 21 heridas, casi todas inferidas por la espalda, que le produjeron la
muerte.
La
camisa, hecha girones, la tenía arrollada sobre el pecho; el desnudo cuerpo,
cubierto de sangre que había salido de las múltiples heridas que presentaba.
Los hermosos ojos de Inés María estaban desmesuradamente abiertos, conservando
una expresión de espanto que helaba al contemplarlos; en su fisonomía había
quedado una mueca siniestra, algo así como una sonrisa de desprecio a los
asesinos, que sí tuvieron entrañas para sacrificar su vida, fueron por ella
vencidos en la titánica lucha para saciar los asquerosos apetitos de aquellas
bestias humanas…

Número
29 de la calle de la Virgen,
donde estuvo la casa de Inés María Calderón y su
madre
El
escenario del crimen fue descrito así por un reportero:
“Salgo de la casa del crimen. Ni en su fachada ni en su interior hay cosa
alguna que revuelva en la memoria del repórter, aquí extranjero o
extrañado, la terrible tragedia.
En la parte izquierda del zaguán había entonces una mesa de
pino; sobre ella, la caja de curación donde guardaba el especialista sus
artilugios de medicina y la vasija de barro que resultó hecha triza en los
primeros momentos del crimen; a su lado, un sofá de paja; más allá, dos sillas.
En dirección de éstas a la mesa, oblicuamente al carrejo que va desde la puerta
de entrada a la del corral, yacía el cadáver de Catalina Barragán. Hay tan solo
allí la rueda de un afilador ambulante, huésped de la inolvidable mansión.
A la otra parte se abre una puerta que conduce a la
habitación donde el oculista trataba a sus clientes; pieza que tiene reja a la
calle, por la cual reja se asomó la infeliz de la madre de Inés María, para
conferenciar primero con sus verdugos y con el sereno después.
Siguiendo el trozo empedrado que forma en el centro del
pasillo, que llaman aquí vereda de medio de la casa, se encuentra a mano
izquierda la cocina u hogar; más adelante, y al mismo lado, la alcoba donde
madre e hija dormían. Frente a esta pieza hay otra, por cuya puerta entro la
pobre Inés. En ese dormitorio, donde había otro lecho, cayó muerta la bella Inés
María.
El juzgado encontró el cadáver de Inés tendido en medio de un
gran charco de sangre. La pobre se había guarecido bajo la cama y hasta allí la
siguieron sus agresores. Cuando el crimen fue descubierto, la habitación era un
lago sanguinolento, cuyas olas habían enrojecido el suelo y los marcos. El
cuerpo de Inés María yacía boca abajo, con la cabeza al lado del lecho y los
pies junto a la puerta, por haber arrastrado los criminales a su víctima.”
Como ya se indicó con
anterioridad, el hermano e hijo de Inés María y Catalina, respectivamente,
Fernando Calderón Barragán, se hallaba en Sevilla prestando el Servicio Militar
en el momento del suceso. Casado y con descendencia, Fernando fallecería en Don
Benito el 16 de abril de 1940, a los 59 años de edad, siendo sepultado en el
Cementerio Municipal de esta localidad, concretamente en la Manzana de San
Francisco.
Este
crimen se hizo famoso en toda España, desgraciadamente, por varios motivos. En
primer lugar, por su brutalidad; en segundo lugar, por la clase social de los
agresores; y, en tercer lugar, por la reacción popular.
La
prensa de la época (local, regional y nacional) reflejó la trascendencia social
y el gran interés popular que tuvo dicho asesinato en las abundantes páginas
que se dedicó a éste crimen. Los cantares populares surgieron de inmediato en
Don Benito.
Don
Benito sería durante muchos años conocido en España como “La Ciudad del
Crimen”. Porque en esta población de la región extremeña se produjo, nada más
comenzado el siglo XX, uno de los crímenes más brutales que catalizó todas las
tensiones sociales de la época en la Extremadura de tránsito de
siglos.
Fernando
Calderón Barragán, hermano e hijo de las víctimas
Se convirtió en un
importante problema político, social y de orden público, debido a la
indignación de los habitantes de Don Benito, que se levantaron pidiendo
justicia contra los autores de la despreciable acción, por la forma y los
motivos en que tuvieron lugar los hechos.
Año 1903. Aspecto de la C/ Groizard
durante el juicio del Crimen de Don Benito
Foto: Muñoz de Baena
El conocido como “Crimen
de Don Benito”, en cierta manera, fue una lucha de clases. Unos y otros se organizan
desde el principio y, tal vez, para evitar que la mecha prendiese en otros
puntos de España, los asesinos tendrán un ejemplar destino.