Foto: A finales de los años 60 con mis pistolas y sombrero vaquero
Sobre una manta, que mi madre tendía en el suelo, jugaba a los «indios», inventando historias vestido de vaquero. Los niños más afortunados tenían un fuerte de Comansi. Recuerdo que un año los Reyes Magos me trajeron el fuerte «La Ponderosa», inspirado en la famosa serie de televisión Bonanza.
También recreando batallas con los soldaditos de los sobres Montaplex. Con los Madelman y luego con los Geyperman. El sonido de las piezas del Exin Castillos a caer al suelo, las películas del Cinexin y los Juegos Reunidos Geyper.
Las tardes más calmadas, leyendo tebeos: El Jabato, El Capitán Trueno, Joyas Literarias Juveniles, el DDT, Pulgarcito, TBO, Mortadelo…
Otras veces construíamos, sobre una vieja tabla, un pinball con gomas elásticas, chapas de botellas y puntas. Cuando nos cansábamos de jugar, aquella misma tabla se convertía en un patinete cuyas ruedas eran viejos cojinetes metálicos.
Después llegaba la hora de aquellas inolvidables series de televisión: Tarzán, Los Thunderbird, El Gran Chaparral, El Virginiano, Los Invasores, Rin-Tin- Tin, Mi bella genio, Embrujada, Viaje al fondo del mar, UFO, Kung Fu, La casa de la pradera, Tierra de gigantes, Mi oso y yo, Flipper, Skippy el canguro, Furia, Bonanza, Daniel Boone...
Las meriendas tenían un sabor que aún permanece en mi memoria: pan con chocolate, Nocilla, una rebanada con Tulipán y Cola Cao espolvoreado, o mortadela del puesto de “La Manolita”
Y, cómo no, los dibujos animados:
El oso Yogui, Don Gato y su pandilla, La Hormiga Atómica, El joven Simbad, Los autos locos, Los Picapiedra, Maguila Gorila, Meteoro, Los osos montañeses, Pepe Pótamo, Pixie y Dixie, La abeja Maya, Calimero, Tom y Jerry, Popeye el marino, Mazinger Z, Heidi, Marco, Scooby-Doo, Super Ratón, Speedy González, El coyote y correcaminos, El canario Piolín, Leoncio el león y Tristón, El Pato Lucas, El Gallo Claudio, El Conejo de la Suerte, El gato Félix, El Pájaro Loco, Tapón López, La Pantera Rosa, Vickie el Vikingo, La tortuga D’Artagnan, Juancho el lagarto
Cuando el calor aflojaba un poco, algún amigo llamaba a la puerta y preguntaba: «¿Te sales?». Entonces salía como una bala. Casi siempre jugábamos al balón en la calle y, si en ese momento pasaba un remolque o un carro, nos colgábamos de la parte trasera.
Otras veces jugábamos al fútbol en el «redondel» del parque y aquellos partidos parecían no tener fin; hacíamos las pausas cuando queríamos y la hidratación consistía en beber agua «a chupe» todos del grifo de la fuente.
También fabricábamos, con una tabla, una goma y una pinza de la ropa, un rifle para cazar «avionetas», aquellas libélulas que revoloteaban alrededor de las fuentes y los charcos. Claro que por allí también andaban las avispas y más de un picotazo me llevé. Ese mismo rifle nos servía por las noches para salir a cazar las lagartijas que se posaban junto a las escasas luces del barrio.
Todavía recuerdo mi primera bicicleta y la cantidad de porrazos que me di con ella.
Las chuches del carrito de La Sevillana y Pedrito.
Mi bautismo cervecero llegó de la manera más insospechada. Siendo un crío, en una boda celebrada en los bajos del Capitol, a los niños nos sirvieron, ni más ni menos, que botellines de cerveza El Gavilán. Nadie se llevaba las manos a la cabeza; al contrario, aquello se veía con la naturalidad de la época.
Y no era la única costumbre que hoy nos parece de otro planeta. Antes de las comidas era casi un rito tomarse una copita de Quina Santa Catalina para despertar el apetito. Decían que abría el estómago, y nosotros lo aceptábamos como una verdad tan indiscutible como que el pan se compraba cada mañana.
Mirado desde la distancia, cuesta no sonreír al recordar aquellas escenas que, aunque ahora parezcan inverosímiles, formaron parte de la vida cotidiana de toda una generación.
En el Parque Grande, como todos lo llamábamos, también jugaba con pequeños barquitos que dejaba flotar por los canales de riego que recorrían todo el recinto.
Cuando caía la tarde y el calor iba remitiendo, los mayores sacaban las sillas a la calle para sentarse al fresco. Mientras ellos conversaban, todos los niños del barrio nos reuníamos para jugar. En verano también llegaban «los madrileños», los hijos de los emigrantes que regresaban al pueblo para pasar las vacaciones.
Jugábamos al escondite, al burro en pipa, al pañuelo, al balón-tiro, a los bolindres, al repeón, a la picota, a los cantos y a la comba. Cualquier rincón era bueno para inventar un juego.
Cuando era tiempo de melones, los vaciábamos, les poníamos una vela dentro y los llevábamos colgados de una cuerda mientras recorríamos las calles cantando:
«La coruja en el tejao, pone huevos coloraos...». (NO RECUERDO MAS)
Recuerdo con especial emoción el día en que el hombre llegó a la Luna. Familiares y amigos nos reunimos alrededor de aquella televisión en blanco y negro para contemplar un acontecimiento que ignorábamos que pasaría a la historia.
Y, casi sin darnos cuenta, llegaba el final del verano. Volvía la escuela con los estuches nuevos, los libros, las libretas, los álbumes de cromos, el inconfundible olor de las gomas de nata y la cartera colgada de la espalda.
Hoy, que voy siendo mayor, me gusta volver la vista atrás y recordar aquella infancia. Fueron años sencillos, llenos de felicidad, de juegos y de personas que ya nunca volverán. Son recuerdos que siguen viviendo en lo más profundo de mi corazón y que deseo conservar mientras tenga memoria, y si no la tengo algún día, espero que este artículo me lo recuerde.


















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