Al día siguiente del crimen, la casa de la calle Padre Cortés volvió a abrir sus puertas. Esta vez no para recibir visitas, sino para que los médicos examinaran los cuerpos de Catalina Barragán y de su hija Inés María. De forma poco habitual, las autopsias se realizaron allí mismo, en la vivienda donde habían sido asesinadas. Uno de los encargados fue el médico forense Waldo Álvarez Riego.
Nunca se olvida una escena como aquella. Doña Catalina yacía en el zaguán, todavía con la ropa empapada de sangre. Presentaba varias heridas de arma blanca, la mayoría concentradas en el cuello y la cabeza. Cuatro de ellas eran mortales por sí solas. La hemorragia fue tan intensa que la muerte tuvo que producirse casi de inmediato. Todo indicaba que el ataque había sido rápido y despiadado.
El reconocimiento del cuerpo de Inés María resultó aún más sobrecogedor.
La muchacha presentaba numerosas heridas
repartidas por la cabeza, el cuello, los hombros y las manos. Estas últimas
mostraban con claridad que había intentado defenderse con todas sus fuerzas. La
mayor parte de los golpes fueron recibidos por la espalda y provocaron lesiones
irreparables. También observamos indicios de un intento de agresión sexual,
pero pudimos concluir que el agresor no llegó a consumarla. Inés luchó hasta el
último instante.
Tras examinar los cuerpos, el forense recorrió cada estancia de la vivienda.
La casa hablaba por sí sola. En el zaguán
permanecía el cuerpo de Catalina, rodeado por un gran charco de sangre. Cerca
de ella había una copa de barro rota y la caja de instrumentos que el sereno
había utilizado como engaño para conseguir que abrieran la puerta. En una
ventana encontramos la huella ensangrentada de una mano y, a lo largo del
pasillo, varias manchas marcaban el recorrido de los asesinos.
Las habitaciones mostraban la violencia del ataque.
Todo estaba revuelto. Las ropas de la cama
aparecían esparcidas por el suelo y había señales evidentes de una lucha
desesperada. En una de las habitaciones permanecía el cuerpo de Inés María. Su
ropa estaba desgarrada y las heridas reflejaban la brutalidad con la que fue
atacada. A pesar de la violencia sufrida, las lesiones en sus manos demostraban
que no dejó de defenderse hasta el final.
El informe médico confirmó lo que la escena del crimen ya hacía imaginar: madre e hija fueron sorprendidas y atacadas con una crueldad extrema. La autopsia no solo permitió conocer la causa de la muerte, sino también reconstruir los últimos y dramáticos minutos de sus vidas, aportando pruebas fundamentales para la investigación.
FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:
Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.
El crimen de Don Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.






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