domingo, 26 de julio de 2026

DON BENITO, 1902. EL SULTÁN


Enrique Donoso-Cortés y Solo de Zaldívar (1840-1908) nació en Don Benito en el seno de una de las familias más poderosas de Extremadura. Senador del Reino, gran terrateniente y jefe del Partido Liberal, durante décadas fue el hombre que movió los hilos de la política local. Su influencia era tan grande que el pueblo terminó bautizándolo con un sobrenombre que sonaba a leyenda: «El Sultán». Para muchos, nada importante ocurría en la comarca sin que él lo supiera o lo consintiera.

Enrique contrajo matrimonio en la Iglesia Parroquial de Santiago Apóstol de Don Benito, el 27 de febrero de 1861, con María Tiburcia Susana Antonia Ladrón de Guevara y Fernández de Henestrosa. (Don Benito, 11 de agosto de 1840 - 26 de febrero de 1872)

Había nacido en el seno de una distinguida familia de la nobleza extremeña. Fue hija de Joaquín Ladrón de Guevara y Rodríguez de León y de Antonia Fernández de Henestrosa y Barona, creciendo en un ambiente propio de la aristocracia de la época.




María Tiburcia Susana Antonia Ladrón de Guevara y Fernández de Henestrosa (1840-1872). Retrato generado mediante inteligencia artificial a partir de una descripción biográfica e información histórica disponible. La imagen constituye una recreación artística y verosímil de su posible apariencia, realizada al no conservarse, o no conocerse, un retrato fotográfico o pictórico auténtico.

Su matrimonio con Enrique, político y terrateniente, además de sobrino del célebre pensador Juan Donoso Cortés, unió a dos destacados linajes de la Extremadura del siglo XIX. El matrimonio no tuvo descendencia y María falleció prematuramente en 1872, cuando contaba tan solo treinta y un años de edad.



La mansión actualmente, esquina c./ Olivillo con  c/. D. Pedro Granda. Foto: DOVANE63

En la fotografía puede contemplarse el espectacular relieve escultórico que corona la fachada de la mansión que habitó el matrimonio en la calle Don Pedro Granda. Según algunas fuentes, esta figura femenina representaría a Antonia Ladrón de Guevara, concebida como un homenaje destinado a perpetuar su memoria. No obstante, esta atribución no ha sido plenamente confirmada por la documentación histórica conocida.



Don Benito, C/. Don Pedro Granda - Foto: DOVANE63

El destino de Enrique quedó inevitablemente ligado al célebre Crimen de Don Benito cuando su sobrino, Carlos García de Paredes, fue señalado como principal responsable del doble asesinato que conmocionó a la población en 1902. Temido por su carácter violento y por los abusos que se le atribuían, Carlos recurrió desde el primer momento a la red de influencias de su familia. Durante los primeros compases de la investigación contó con la protección y el respaldo de Enrique Donoso-Cortés, cuyo enorme peso político actuó, según denunciaron muchos contemporáneos, como un escudo que favoreció un clima de silencio y temor. Muchos vecinos evitaron declarar por miedo a las represalias del poderoso cacique.




En las tabernas, en los mercados y en las plazas corría un rumor que nadie conseguía acallar: Carlos seguía en libertad porque la larga sombra de «El Sultán» lo protegía. Nunca llegó a demostrarse que el senador utilizara su poder para impedir la acción de la justicia, pero aquella sospecha fue creciendo hasta convertirse, para buena parte del pueblo, en una certeza.


La indignación popular no tardó en estallar. Una multitud rodeó la casa del senador para exigir que dejara actuar a la justicia.



El juez Tamarón declaró públicamente que Donoso-Cortés no había intervenido en favor de los acusados. El propio senador salió a enfrentarse a la multitud y afirmó que deseaba el castigo de los culpables «tanto como el que más». Posteriormente respondió también a los ataques de la prensa nacional mediante una extensa carta en la que defendió su honor y rechazó, una por una, las acusaciones de caciquismo, corrupción y tráfico de influencias.



Pese al inmenso poder político y económico de los Donoso-Cortés, la presión de la opinión pública, la repercusión alcanzada por la prensa nacional y la firme actuación de la justicia terminaron por romper el cerco de protección que rodeaba a los acusados. El proceso acabó convirtiéndose en uno de los ejemplos más representativos de la lucha contra el caciquismo durante la Restauración. Carlos García de Paredes fue finalmente juzgado, condenado y ejecutado a garrote vil en 1904 junto con sus cómplices.


Sin embargo, hay batallas que no se ganan con documentos ni con discursos. Aunque jamás pudo probarse que Enrique Donoso-Cortés utilizara directamente su poder para proteger a su sobrino, la sombra de la duda sobrevivió al juicio y al paso del tiempo. Desde entonces dejó de ser únicamente el político más poderoso de Don Benito para convertirse en el símbolo de una época en la que el poder parecía capaz de desafiar a la justicia.


Lápida en el Cementerio Municipal de San Antonio de Don Benito. Foto: DOVANE63

Cuando murió, en 1908, una multitud acompañó su féretro por las calles de Don Benito. Autoridades, jornaleros, campesinos, obreros y dirigentes políticos le rindieron el último homenaje. Hasta el final, «El Sultán» siguió siendo un hombre de contrastes: admirado por unos, temido por otros y recordado por todos como el personaje más poderoso y enigmático vinculado al crimen que marcó para siempre la historia de Don Benito.



FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:

Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.

El crimen de Don  Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.

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