sábado, 25 de julio de 2026

DON BENITO 1902. EL CRIADO


El proceso judicial por los asesinatos de doña Catalina Barragán y doña Inés Calderón situó a Juan García Rando, criado de Carlos García de Paredes, en una posición delicada. Aunque inicialmente fue acusado de encubrir el crimen, el desarrollo del juicio permitió analizar con detalle cuál había sido realmente su participación y si existían pruebas suficientes para responsabilizarlo.

Toda historia familiar encierra un punto de partida. En este caso, la investigación genealógica llevada a cabo por Daniel Cortés nos conduce a un hallazgo de especial relevancia que, además, constituye una auténtica primicia. Por primera vez, y a través de este artículo del blog, sale a la luz un dato hasta ahora desconocido: los antepasados de Juan tenían su origen en Francia.

En un viejo documento, amarillento por el paso del tiempo, cuya tinta sigue conservando intacta la memoria de su nacimiento. Ante nosotros aparece su partida bautismal, cuidadosamente redactada en la Iglesia Parroquial de Santiago de Don Benito. En ella se recoge que, el 15 de marzo de 1863, el vicario ecónomo don Prudencio Laureano Sánchez bautizó solemnemente a un niño llamado Juan.

El pequeño había venido al mundo apenas unas horas antes, el 14 de marzo de 1863, a las cuatro de la madrugada, en la vivienda familiar situada en la calle del Esquero, número 14. Era hijo legítimo de Francisco García, labrador de profesión, y de Antonia Rando, quienes veían nacer a un nuevo miembro de su familia.




C/. Esquero. Donde hoy se sitúa este edificio se encontraba el domicilio de Juan García Rando

La partida bautismal inmortaliza también los nombres de quienes conformaban su linaje: sus abuelos paternos, Andrés García y Francisca Morcillo; y sus abuelos maternos, José Rando y Juana Díaz. Como madrina fue elegida Rita Rando, mientras que Ángel Sánchez Barroso y Joaquín Muñoz, vecinos de Don Benito, actuaron como testigos de aquel solemne acto.



Partida de nacimiento de Juan García Rando

Con la firma y rúbrica de don Prudencio Laureano Sánchez Porro quedó sellado el primer episodio de la vida de Juan. Un sencillo registro parroquial que, más de siglo y medio después, sigue hablándonos de una madrugada de marzo de 1863, del nacimiento de un niño llamado Juan y del comienzo de una historia familiar cuyas raíces se extendían mucho más allá de Extremadura, hasta alcanzar las tierras de Francia de donde partieron sus antepasados.

Han pasado casi 40 años, nos situamos en el año 1902 y como tantos jóvenes de familias humildes, Juan ha encontrado en el servicio doméstico una forma de ganarse la vida.

Ser criado de un señorito significaba trabajar a cambio de un pequeño sueldo, la comida y un lugar donde dormir. A cambio, debía estar siempre disponible para obedecer cualquier orden.

Juan hacía de todo: servía la mesa, cuidaba de los caballos, realizaba recados, acompañaba a su señor y trabajaba en la finca cuando era necesario. Las jornadas eran largas y la obediencia formaba parte del oficio. Si el amo decidía despedirlo, podía perder al mismo tiempo el trabajo, el techo y el sustento.

La vida de estas personas apenas dejaba margen para prosperar. Con escasa formación y pocas oportunidades, dependían casi por completo de la voluntad de sus señores. Y cuando el amo se veía envuelto en un problema con la justicia, el criado era muchas veces el primero en quedar bajo sospecha. Sin dinero, sin influencias y con pocas posibilidades de defenderse, ocupaba siempre la posición más vulnerable.

La historia de Juan García Rando refleja la realidad de muchos trabajadores humildes de la Extremadura de finales del siglo XIX y principios del XX: una existencia marcada por el esfuerzo, la obediencia y la dependencia.




Cuando me llamaron a declarar, yo solo dije lo que sabía. Mi señor llegó a casa sobre las once y media. Le puse la cena y después se fue a dormir. Yo no oí que volviera a salir ni escuché abrir ninguna puerta en toda la noche. Eso fue lo que pasó, y eso fue lo que dije.

El fiscal le recordó que aquella versión era completamente distinta de la que había prestado durante la instrucción del sumario. La contradicción despertó el interés de la sala, ya que las primeras declaraciones de Juan habían servido para sostener la acusación de encubrimiento.




Sí, señor... antes dije otra cosa, pero porque ya no podía aguantar más. Me cogieron en la cárcel y me hicieron sufrir como a un animal. Me ataban, me golpeaban y me apretaban los dedos con unos hierros hasta que sentía que se me rompían los huesos. El dolor era tan grande que acabé gritando para que parasen.




El sargento me cruzó la cara a bofetadas una y otra vez, diciéndome que confesara. Cada vez que decía que no sabía nada, volvían a empezar. Yo pensaba que me iban a matar allí mismo. Al final repetí las palabras que ellos querían oír, no porque fueran verdad, sino porque quería que dejaran de hacerme daño. Nunca lavé la ropa de mi amo para esconder nada. Eso no pasó. Y la chaqueta la vio un teniente; le dijeron que aquellas manchas eran de una liebre y él mismo la dejó donde estaba. Si él no vio delito, ¿por qué tenían que cargarlo sobre mí?




No levantaba la vista del suelo. Tenía miedo de los guardias, de la gente y de volver a la cárcel. Aún me dolían las manos y cada vez que recordaba aquellos días me temblaba el cuerpo. Sentía que nadie quería escucharme, que todos me tenían por culpable antes de abrir la boca. Yo solo quería que alguien creyera que lo que confesé me lo arrancaron a golpes.

Pese a ello, el Ministerio Fiscal mantuvo inicialmente la acusación de encubrimiento, sosteniendo que Rando había colaborado con García de Paredes lavando las prendas manchadas de sangre para borrar las huellas del delito.




Su defensor, Fernando Abarrategui Pontes, rechazó esa acusación y argumentó que no existía prueba alguna de que el criado conociera los asesinatos o hubiera participado en la ocultación de evidencias. Además, destacó que el supuesto lavado de la ropa ni siquiera aparecía acreditado en el sumario.




Gracias a Dios, mi abogado, don Fernando Abarrategui Pontes, habló por mí. Yo apenas sabía explicarme. Solo era un criado, un hombre pobre que obedecía a su señor y hacía su trabajo. Nunca supe lo que había pasado aquella noche y nunca ayudé a esconder ningún crimen. Bastante castigo había recibido ya sin haber hecho nada.

Tras escuchar a los testigos y valorar el conjunto de las pruebas, el Ministerio Fiscal modificó sus conclusiones. Reconoció que no había quedado demostrado que Juan García Rando conociera los asesinatos ni que hubiera colaborado para ocultarlos. El acusador particular retiró igualmente la acusación y, al no existir ninguna otra parte que la mantuviera, el tribunal dictó su libre absolución.




Cuando oí que ya no me acusaban, se me aflojaron las piernas. Creí que nunca iba a salir vivo de todo aquello. Mi abogado tenía miedo de que el gentío me hiciera daño al salir del juzgado, y yo también lo tenía. Solo quería irme lejos, abrazar a los míos y olvidar los golpes, los gritos y aquellas noches en las que me hicieron confesar un crimen que nunca cometí.

Nadie volvió a escribir el nombre de Juan García Rando en los periódicos. Tras el juicio, el silencio ocupó el lugar que antes habían llenado los rumores y las acusaciones. Quizá se quedó en Don Benito con la cabeza baja, evitando las miradas de quienes aún dudaban de su inocencia. O tal vez prefirió marcharse, buscando en otro pueblo el anonimato que nunca pudo encontrar donde todos recordaban aquel proceso.


FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:

Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.

El crimen de Don Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.
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