sábado, 29 de agosto de 2026

DON BENITO. EL CONTRATO


En noviembre de 1952, Don Benito se encontraba ante un desafío que iba mucho más allá de la construcción de un nuevo retablo. La iglesia parroquial de Santiago, cuya construcción se remonta a los siglos XVI y XVII, había perdido su Retablo Mayor durante los años de la Guerra Civil y, con aquella pérdida, también se había desvanecido una parte importante de la memoria religiosa y artística de la ciudad.

El primitivo retablo había sido construido en 1720 y restaurado en 1925-1926 por el dombenitense Ramón Cardenal Velázquez. Sin embargo, aquella obra desapareció por completo durante la contienda. 

La reconstrucción del Retablo Mayor se convirtió así en un proyecto destinado no solo a recuperar un elemento esencial del templo, sino también a restituir parte del patrimonio artístico y de la identidad religiosa de Don Benito.



El proyecto comenzó a tomar forma dos años antes. Constituida una Junta Interparroquial el 17 de noviembre de 1950, se aprobó el proyecto presentado por los profesores don Ramón Cardenal Velázquez y don Honorino Buendía Villalba.


El nuevo retablo sería una réplica del anterior, de estilo renacentista con influencia herreriana y distribuido en tres cuerpos. Los dos primeros llevarían, entre los intercolumnios, diecisiete cuadros de distintos temas religiosos, concebidos como copias de los originales respectivos de Velázquez.



Hoy conocemos los detalles de aquel proyecto gracias, entre otros testimonios, a un documento excepcional: el contrato original de ejecución de la obra, conservado por Luis Aparicio, hijo del pintor Juan Aparicio Quintana.



El documento, fechado el 25 de noviembre de 1952, recoge el acuerdo alcanzado entre la Junta encargada de la construcción del retablo y el pintor Juan Aparicio Quintana. En él aparecen los nombres de quienes asumieron aquella responsabilidad: don Donato M. Sánchez Campo, cura párroco y arcipreste de Santiago; don Manuel Donoso-Cortés y García de Paredes, presidente de la Junta; don Lázaro Calvo Urda, tesorero; y don Celestino Vega Mateo, secretario.



Sobre el papel quedó escrita una tarea enorme: Juan Aparicio Quintana debía pintar diecisiete cuadros destinados al nuevo Retablo Mayor, siguiendo el espíritu del proyecto aprobado por la Junta Interparroquial.


No se trataba de crear simplemente unas pinturas decorativas. El contrato especificaba cuidadosamente las dimensiones, los materiales, los precios y, sobre todo, los modelos artísticos que debían servir de inspiración. El Calvario tomaría como referencia el Cristo de Velázquez; la Trinidad, a Rivera; las escenas de la Adoración, a Murillo; y Santiago Apóstol, a Casado de Alisal. Los evangelistas y apóstoles debían inspirarse en obras del Españoleto, Rubens o Rafael. Para el Padre Eterno y los dos ángeles se recurriría a fragmentos de obras de El Greco.

El documento también establecía que Juan Aparicio viajaría a los museos de Madrid o Sevilla para estudiar y copiar las obras de los grandes maestros. Tenía dos años para completar los diecisiete cuadros.



El precio inicialmente calculado ascendía a 79.000 pesetas, aunque el pintor aceptó recibir 75.000. Las 4.000 pesetas restantes, según recoge expresamente el contrato, serían destinadas por deseo suyo a contribuir a la construcción del propio retablo.

Ese detalle permite imaginar la dimensión emocional del proyecto. Juan Aparicio no estaba únicamente realizando un encargo profesional. Estaba participando en la recuperación de un símbolo de su ciudad y en la reconstrucción de una obra que pretendía devolver a Santiago buena parte de la imagen artística que había perdido durante la guerra.

La ejecución del conjunto arquitectónico y escultórico avanzó durante los años cincuenta. El nuevo retablo fue diseñado por Honorino Buendía Villalba, quien se basó en las fotografías y dibujos conservados de Ramón Cardenal Velázquez para recuperar, en la medida de lo posible, la apariencia del retablo desaparecido.


La talla corrió a cargo del artista local Claudio Martín Soriano, con la colaboración de alumnos de la Escuela de Arte y Oficios, entre ellos Manuel Moruno, Francisco y Julián Ortiz, Antonio Gallego Sánchez y Manuel Sánchez Miranda. De este modo, la reconstrucción se convirtió también en una obra colectiva en la que participaron artistas y jóvenes formados en la propia ciudad.

El contrato contemplaba incluso las dificultades más graves. Si alguno de los cuadros no era del agrado de la Junta, el artista tendría que repetirlo sin cobrar más. Y, en caso de fallecer antes de terminar la obra, sus herederos deberían devolver las cantidades cobradas que excedieran del valor de los trabajos realizados.

Son cláusulas propias de un documento administrativo, pero detrás de ellas se adivina una historia profundamente humana.

Durante aquellos años, mientras Don Benito esperaba, los lienzos fueron tomando forma y, al mismo tiempo, la arquitectura y la talla del retablo iban reconstruyendo la imagen perdida. Sobre las pinturas aparecieron Cristo, la Virgen, los apóstoles, los evangelistas, Santiago, los ángeles y el Padre Eterno. 

Cada elemento debía integrarse en una arquitectura concebida para reproducir, en la medida de lo posible, el antiguo Retablo Mayor: un conjunto de tres cuerpos, de inspiración renacentista y con influencia herreriana, que aspiraba a recuperar no solo una estructura perdida, sino también una parte de la identidad religiosa y artística de la ciudad.

Finalmente, el 25 de julio de 1958 se inauguró el Retablo Mayor de la iglesia de Santiago, siendo alcalde don Emilio Ortiz Fernández. El coste de la obra ascendió a 594.581 pesetas.

 


La inauguración culminaba así un proceso iniciado años atrás con la constitución de la Junta Interparroquial y que había implicado a pintores, escultores, profesores, alumnos y responsables de la parroquia. La reconstrucción no fue, por tanto, una simple sustitución material de una obra destruida: fue un esfuerzo colectivo por recuperar la presencia de Santiago en la memoria visual y religiosa de Don Benito.

Una nueva arquitectura, nuevas tallas y nuevas obras pictóricas para recuperar, a partir de fotografías, dibujos y modelos de los grandes maestros, la imagen de un retablo perdido.



Y hoy, gracias a aquel contrato original conservado por la familia de Juan Aparicio y a los testimonios que permiten reconstruir la historia de la obra, es posible conocer no solo qué se encargó y quiénes participaron en su ejecución, sino también el sueño que hubo detrás de aquella empresa: que Santiago volviera a tener un corazón artístico que pudiera contemplar y recordar la ciudad durante muchas generaciones.

FUENTES CONSULTADAS Y AGRADECIMIENTOS:

  • Carmona Cerrato, Julio. Juan Aparicio Quintana. Retrato del hombre en el marco de su tiempo. Ayuntamiento de Don Benito, 2017.
  • Contrato original para la ejecución de las pinturas del Retablo Mayor de Santiago, fechado el 25 de noviembre de 1952, conservado por la familia de Juan Aparicio Quintana.
  • Ayuntamiento de Don Benito. Información patrimonial sobre la Iglesia Parroquial de Santiago Apóstol.
  • Lozano Santo, Juan José. Reportajes. Don Benito, 2012.
  • Asociación Torre Isunza para la Defensa del Patrimonio Histórico y Cultural de Don Benito. Documentación y estudios sobre Claudio Martín Soriano, Ramón Cardenal Velázquez y el Retablo Mayor de Santiago.
  • Revista de Historia de las Vegas Altas. Estudios y documentación sobre la historia artística de Don Benito y la obra de Juan Aparicio Quintana.
  • Diputación de Badajoz. Turismo. Información sobre la Iglesia Parroquial de Santiago y su Retablo Mayor.

Especial agradecimiento a Luis Aparicio, hijo de Juan Aparicio Quintana, por la conservación y puesta a disposición del contrato original de 1952, documento fundamental para reconstruir la historia de las pinturas del Retablo Mayor.

Asimismo, agradezco a las instituciones, investigadores, asociaciones y familias que han conservado fotografías, documentos y testimonios que permiten recuperar la memoria artística de Don Benito.

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