Catalina Sánchez-Barragán y Cancho nació en Escurial (Cáceres) en 1849, en el seno de una familia formada por Alonso Sánchez-Barragán y Montero y Gregoria Cancho Pajares. Desde muy joven aprendió el valor del trabajo, el sacrificio y la honradez, principios que marcarían toda su vida. Contrajo matrimonio con Vicente Calderón y Ortiz, natural de Don Benito, y juntos formaron una familia con sus dos hijos, Fernando e Inés María. Durante algunos años disfrutaron de una existencia modesta pero estable gracias a las tierras de labor y los majuelos que poseían en Mengabril.
«Siempre creí que una familia se levantaba con esfuerzo y honestidad. No tuvimos grandes riquezas, pero nunca nos faltó la voluntad de trabajar y de salir adelante unidos.»
La enfermedad y posterior muerte de Vicente supusieron un duro golpe para Catalina. Convertida en viuda, tuvo que afrontar sola la educación y el sustento de sus hijos en unas condiciones económicas muy difíciles. Quienes la conocieron destacaban que soportó aquella situación con una enorme dignidad, sin perder nunca el sentido del deber ni la entereza.
Su fortaleza quedó demostrada durante los últimos meses de vida de su marido. Cada noche recorría sola el camino entre Don Benito y Mengabril para atenderlo mientras permanecía enfermo. Ni el frío del invierno, ni la oscuridad, ni el aislamiento lograban detenerla. Aquellos viajes nocturnos reflejaban el profundo compromiso que sentía hacia su familia y la valentía con la que afrontaba cualquier adversidad.
«El miedo nunca fue más fuerte que el amor que sentía por los míos. Si tenía que caminar sola en mitad de la noche para cuidar a mi esposo, lo hacía sin pensarlo. Sabía que era mi deber.»
Tras enviudar, Catalina e Inés María vivieron momentos de gran incertidumbre. Las dificultades económicas se agravaron hasta el punto de tener que pagar algunas deudas con aceite u otros productos, e incluso empeñar pertenencias para mantener el hogar. A pesar de ello, madre e hija eran conocidas en Don Benito por su honradez y sus buenas costumbres.
Con el paso del tiempo comenzaron a sufrir el acoso y la persecución de varios individuos. Diversos testigos relataron que Inés vivía atemorizada y que ambas evitaban quedarse solas cuando sospechaban que eran seguidas. Catalina protegía constantemente a su hija y rechazó cualquier insinuación que atentara contra su honor, afirmando que antes prefería perder la vida que permitir semejante deshonra.
«Mi única preocupación era proteger a Inés. Nada era más importante que conservar nuestra dignidad. Si alguna vez tuve que elegir entre el miedo y el honor, elegí siempre el honor.»
Aquella firmeza tuvo un trágico desenlace. En la noche del crimen, Catalina fue atacada a las puertas de su casa por los agresores, que acabaron con su vida de manera violenta antes de dirigirse contra su hija. El asesinato de ambas conmocionó profundamente a la sociedad de la época y dio lugar a un proceso judicial que concluyó con la condena de los principales responsables.
La figura de Catalina Barragán ha permanecido como símbolo de una mujer valiente, trabajadora y profundamente comprometida con su familia. Su historia no solo recuerda uno de los crímenes más impactantes de comienzos del siglo XX en Extremadura, sino también el ejemplo de una madre que luchó hasta el último instante por defender a los suyos y preservar los valores en los que había construido toda su vida.
FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:
Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.
El crimen de Don Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.











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