En un rincón del Cementerio Municipal de San Antonio existe un nicho que parece haber querido borrar el recuerdo de uno de sus ocupantes. Quien se detenga ante él solo leerá un nombre: Francisco García de Paredes y Campuzano, coronel de Infantería retirado, fallecido el 24 de octubre de 1948.
Nada hace sospechar que, tras esa misma lápida, también descansan los restos de su hermano Carlos García de Paredes, condenado a garrote vil por asesinato.
Su nombre ha desaparecido de la piedra.
Sin embargo, los documentos del cementerio cuentan otra historia. El Diario de Ingresos revela que, cuarenta y tres años después de la ejecución de Carlos, Francisco fue enterrado en el mismo nicho. Desde entonces, ambos hermanos comparten el descanso eterno, aunque solo uno de ellos haya conservado el derecho a ser recordado.
Situación de ambas tumbas
Resulta difícil no preguntarse si ese silencio fue deliberado. Porque Carlos no fue un hombre cualquiera. Mucho antes de convertirse en asesino, ya era conocido por su violencia.
Quizá por eso su nombre terminó desapareciendo de la lápida.
No de los archivos.
La paradoja resulta aún más llamativa si se compara con el entierro que recibió. Pese a haber sido ejecutado por asesinato, Carlos pertenecía a una familia acomodada y sus exequias estuvieron muy lejos de la modestia. La conducción del cadáver costó 167 pesetas y el funeral se celebró con honores de primera clase, la categoría más solemne reservada por la Iglesia. Incluyó una vigilia de un nocturno, misas de apuntación y la asistencia de la cofradía de San Pedro, ceremonias que otorgaban al difunto el máximo rango litúrgico y evidenciaban el peso social y económico de su familia.
El contraste con el otro condenado, Castejón, es absoluto. También recibió un entierro ordinario, pero el coste total de sus exequias fue de apenas 2,50 pesetas. Incluso después de la muerte, el dinero seguía marcando profundas diferencias entre unos y otros. Recibió sepultura en la manzana de San Pedro, aunque debió desaparecer, porque actualmente son todas tumbas modernas.
No deja de ser una ironía que quien recibió uno de los funerales más solemnes terminara convertido en un difunto sin nombre.
En el otro extremo del cementerio descansa Inés María, la víctima. Su sepultura, junto a la de su madre, continúa siendo una de las más visitadas del camposanto. La distancia física que hoy separa ambas tumbas parece simbolizar el abismo moral que existió entre ellos en vida.
En el Cementerio Municipal de San Antonio de Don Benito, en la pared que da a la Avenida de Madrid, en el nicho número 47 de la llamada Manzana de San Francisco, hay una lápida en la que figura la siguiente inscripción:
“Aquí yacen los cadáveres de Doña Inés María Calderón Barragán y de su señora madre, Dª Catalina Barragán. Muertas alevosamente en la noche del 18 de junio de 1902”.
Mientras flores y oraciones siguen llegando hasta la tumba de Inés María, el nicho de Carlos permanece en silencio.
No hay inscripción que recuerde quién fue.
No hay epitafio.
Solo una lápida que parece negar su existencia.
Dicen que una tumba queda maldita cuando el nombre de quien la ocupa desaparece de la piedra. Quizá por eso este nicho sigue despertando una inquietud difícil de explicar.
FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:
Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.
El crimen de Don Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.



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