El hallazgo de los cadáveres de Catalina Barragán y su hija Inés María conmocionó a Don Benito. Desde ese momento, todo el pueblo buscó un culpable.
Sobre el suelo del zaguán apareció una caja que pertenecía al médico Carlos Suárez, un oculista de Villanueva de la Serena que pasaba consulta en una habitación alquilada de aquella misma casa tres tardes por semana.
Aquella caja bastó para señalarlo con el dedo y lo detuvieron.
Y, desde ese mismo instante, dejó de ser un médico respetado para convertirse, a los ojos del pueblo en un asesino.
- Todavía no entiendo cómo pudo cambiarme la vida de una noche para otra.
- Yo estaba en mi casa, en Villanueva. Dormía cuando aquellas dos mujeres fueron asesinadas.
- A la mañana siguiente llamaron a mi puerta.
- Pensé que sería un enfermo, pero eran los guardias.
- Venían a detenerme.
- No entendía nada.
El doctor tenía cincuenta años y jamás había pisado un calabozo. Su único vínculo con las víctimas era profesional. En aquella vivienda guardaba los frascos y medicamentos con los que atendía a sus pacientes. Nada más. Pero alguien utilizó su nombre para conseguir que abrieran la puerta de la casa la noche del crimen.
Y la Justicia, en lugar de buscar al asesino, fue a buscar al médico.
- Me trataron como si llevara toda la vida matando gente. Ni siquiera me escuchaban.
- Ya habían decidido que yo era el culpable y me encerraron en una celda húmeda, oscura y sucia, cuarenta y seis días con sus noches.
- No se me olvidará jamás.
- Dormía poco y comía menos. Cada vez que abrían la puerta pensaba que venían a decirme que todo había terminado. Pero no. Siempre era otro interrogatorio. Otra humillación. Otro insulto.
Con el paso de los días, la presión aumentó. Las autoridades insistían en que confesara. El gobernador, el juez y varios mandos de la Guardia Civil estaban convencidos de que aquel hombre tranquilo escondía al asesino. Mientras tanto, el verdadero culpable seguía en libertad.
- Llegó un momento en que dudé hasta de mí mismo. No porque creyera haber hecho nada, sino porque, cuando todo el mundo te llama criminal, acabas pensando que te has vuelto loco.
- Me gritaban. Me llamaban asesino. Hipócrita.
- Decían que yo había matado a aquellas mujeres. Y yo solo repetía una cosa.
- ¡Yo no he sido!
- Pero parecía que nadie quería escucharme.
Hubo un día especialmente peligroso. Sacaron al médico de la cárcel y lo llevaron atado con una cuerda. La noticia había corrido por todo Don Benito. La gente quería justicia, y muchos confundieron la justicia con la venganza.
- Vi la rabia en los ojos de la gente. Algunos querían echarse sobre mí. Pensé que allí mismo iba a acabar mi vida. No sé cómo salí vivo. Quizá Dios todavía no había escrito mi última página. Porque, si aquella multitud me hubiera matado...
- Todos habrían dicho que el asesino murió linchado. Y los verdaderos culpables habrían seguido paseando por las calles.
Mientras Carlos Suárez sufría en prisión, en el pueblo empezaban a surgir dudas. Muchos vecinos no creían en su culpabilidad. Todos sabían que había un joven poderoso, Carlos García de Paredes, que llevaba tiempo persiguiendo a Inés María.
Pero su apellido pesaba demasiado. Había miedo. Mucho miedo. Hasta que un muchacho llamado Tomás Alonso Camacho decidió romper su silencio.
- Nunca olvidaré aquel día. Entró un funcionario. Traía un papel en la mano. Pensé que venía otra desgracia. Pero me dijo:
- Queda usted en libertad.
- No recuerdo haber sentido un alivio igual en toda mi vida. Quise llorar. Quise reír. Quise abrazar al primero que encontrara.
La declaración de Tomás Alonso Camacho demostró que el nombre del médico había sido utilizado como engaño para conseguir que Catalina Barragán abriera la puerta de su casa.
En cuestión de horas, el hombre al que habían llamado asesino pasó a ser una víctima más de aquella tragedia.
Cuando salió de la cárcel, el pueblo lo esperaba, y muchos de los que antes habían dudado de él fueron a recibirlo. Otros le pidieron perdón con el silencio.
- La libertad sabe distinta cuando te la han quitado sin motivo. Salí de aquella cárcel más viejo, más cansado y con una herida que nunca terminó de cerrar. Perdí la salud, perdí pacientes y perdí la tranquilidad. Pero hubo una cosa que no consiguieron quitarme: mi nombre.
- Porque la verdad, aunque llegue tarde, siempre acaba encontrando el camino.
- Y fue un muchacho valiente, Tomás Alonso Camacho, quien me devolvió el honor que nunca debieron arrebatarme.
FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:
Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.
El crimen de Don Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.











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