Hace ya
algunos años recibí un correo de mi amigo José Manuel Cecilio. Aquel mensaje,
aparentemente sencillo, contenía un valioso testimonio que aportaba datos
biográficos hasta entonces desconocidos sobre el padre de su suegro, Pedro
Cidoncha Ramírez, el sereno que la historia convertiría en uno de los
protagonistas del célebre Crimen de Don Benito.
Pedro
Cidoncha nació en Don Benito el 7 de diciembre de 1858. Contrajo matrimonio con
Antonia Morcillo Lozano, nacida también en la localidad el 1 de enero de 1859.
El matrimonio fijó su residencia en la calle Oriente, donde nacieron sus hijos.
El menor de ellos, Antonio Cidoncha Morcillo (quien con el tiempo sería el
suegro de José Manuel), vino al mundo el 8 de diciembre de 1901, apenas siete
meses antes del crimen de la calle Padre Cortés. Debido a su corta edad, nunca
pudo conservar recuerdo alguno de aquellos trágicos acontecimientos.
Pedro era
hijo de Manuel Cidoncha y Juana Ramírez, ambos naturales de Don Benito. Sus
abuelos paternos fueron Agustín Cidoncha y Josefa García, mientras que por la
rama materna lo fueron Juan Ramírez y Concepción Guisado. La familia Cidoncha
llevaba, por tanto, varias generaciones profundamente arraigada en la
localidad.
En una época en la que el analfabetismo era todavía muy elevado, Pedro sabía leer y escribir, una capacidad casi indispensable para desempeñar el oficio de sereno. Debió de ingresar en el cuerpo de vigilantes municipales entre 1881 y 1883, cuando apenas contaba veinte años. Las fotografías conservadas y las crónicas del juicio lo describen como un hombre alto, de gesto serio y presencia imponente.
Su trabajo
le permitió sostener a una familia numerosa, aunque era un oficio duro y poco
agradecido. Las rondas nocturnas lo enfrentaban con frecuencia a borrachos,
pendencieros y personas de dudosa reputación, en una sociedad marcada por el
caciquismo y las profundas desigualdades.
Tras el
crimen, el silencio se adueñó de la familia. Durante décadas apenas se habló de
lo ocurrido. Fue una tragedia convertida en tabú, una herida demasiado dolorosa
para ser evocada y que muchos prefirieron sepultar en el olvido.
El testimonio de José Manuel aporta una dimensión profundamente humana a la figura de Pedro Cidoncha, muy distinta de la imagen que transmitieron las crónicas judiciales. Sin embargo, los documentos del proceso permiten conocer también su propia versión de los hechos.
A continuación se recoge, adaptada y respetando el contenido esencial su declaración ante el tribunal.Mi nombre es
Pedro Cidoncha. Aquella noche me encontré con Carlos García de Paredes y Ramón
Martín de Castejón. Me pidieron que llamara a la puerta de la casa donde vivían
Catalina Barragán e Inés María Calderón. Ramón me aseguró que la visita estaba
previamente concertada con las mujeres y que no habría ningún problema. En un
primer momento me negué y les respondí que fueran ellos mismos quienes
llamasen, siempre que no provocaran ningún escándalo.
Continué mi
ronda, pero poco después, cuando caminaba desde la calle de Valdivia hacia la
del Padre Cortés, volví a encontrármelos. Me dijeron que las mujeres se habían
negado a abrirles y me insistieron para que fuera yo quien llamara. Finalmente
accedí.
Llamé a la puerta y Catalina Barragán, al reconocer mi voz de sereno, abrió con confianza. Le pedí un poco de agua y regresó con una copa de loza. Mientras bebía, Ramón Martín de Castejón también pidió agua. Catalina vaciló unos instantes antes de volver al interior de la vivienda. Aprovechando ese breve momento, Carlos García de Paredes y Ramón Martín de Castejón entraron en la casa y cerraron la puerta tras de sí.
No escuché
gritos ni ruidos que me hicieran sospechar que iba a ocurrir una desgracia.
Creí que todo se reducía a un simple asunto entre aquellas personas y seguí
tranquilamente con mi ronda. Nunca imaginé el desenlace que tendría aquella
noche.
El tribunal
no aceptó esa explicación. La sentencia consideró que, sin la intervención del
sereno, los asesinos difícilmente habrían conseguido franquear la puerta de la
vivienda y lo declaró coautor de los hechos. Fue condenado a dos penas de
veinte años de reclusión, una por cada una de las muertes de Catalina Barragán
e Inés María Calderón, además de otros seis años por la tentativa de violación.
Su abogado sostuvo una interpretación muy distinta y defendió que debía ser
condenado únicamente como cómplice de homicidio, solicitando diecisiete años
por la muerte de Catalina y seis por la de Inés María.
En algunas publicaciones se ha presentado una fotografía
como si correspondiera al cadáver ultrajado de Inés María. Sin embargo, esa
atribución es errónea. La imagen pertenece, en realidad, a la víctima del
crimen de Valdelafuente, ocurrido en 1904, y no guarda relación con el caso de
Inés María.Pedro Cidoncha nunca recuperó la libertad. Falleció de pulmonía en noviembre de 1921, mientras cumplía condena en el penal de San Miguel de los Reyes, en Valencia.
Sus descendientes conservaron siempre el recuerdo de un hombre que, según la
tradición familiar, padeció allí grandes calamidades: el frío de las galerías,
el hambre, la enfermedad y, sobre todo, el peso insoportable de una condena que
marcó para siempre el destino de toda una familia.
Una reciente investigación llevada a cabo por Daniel Cortés sobre el árbol genealógico de Pedro Cidoncha ha sacado a la luz un hallazgo tan sorprendente como hasta ahora desconocido: el sereno estaba emparentado, aunque de forma muy lejana, tanto con Carlos García de Paredes como con el influyente cacique Enrique Donoso-Cortés y Solo de Zaldívar.
El estudio revela que los tatarabuelos paternos de Pedro Cidoncha fueron Francisco Donoso-Cortés Gómez (1730-1795) y María Josefa García de Paredes y de Paredes, el mismo matrimonio del que descendía también Enrique Donoso-Cortés y Solo de Zaldívar, sobrino del primer marqués de Valdegamas. Asimismo, una hermana de María Josefa García de Paredes y de Paredes, llamada Francisca, fue la tatarabuela paterna de Carlos García de Paredes.
La genealogía pone así de manifiesto un hecho insólito: cómplice y verdugo compartían, sin saberlo, unas mismas raíces familiares. Una de esas sorprendentes ironías de la historia que solo la investigación documental, más de un siglo después de los acontecimientos, ha permitido desvelar.
FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:
Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.
Familiares de Pedro Cidoncha y en especial a José Manuel Cecilio.
El crimen de Don Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.


.png)
.jpeg)









No hay comentarios:
Publicar un comentario