sábado, 2 de diciembre de 2017

DON BENITO. EL GATO DEL CRISTAL Por dovane63



Curiosa la ventana de esta casa, ¿no os recuerda el roto del cristal a… un gato? Se encuentra en la calle Sta. Teresa de Jesús de Don Benito y no pude resistirme a fotografiarla.

 

De vez en cuando y como un espíritu ancestral, en mi vida aparece un gato o algo relacionado con estos pequeños felinos y me devuelve recuerdos ya casi perdidos de mi infancia.
En la casa de mis padres, vivienda que se encontraba en la calle San Marcos, antiguamente llamada calle de la Coruja, siempre tuvimos gatos, gatos que vivían libres, gatos que vivían a su aire de tejado en tejado, gatos altaneros que nunca pisaron la consulta de un veterinario ni disfrutaron de la comida “gourmet” y que gustaban de las raspas de pescado. Estos gatos de mi casa curiosamente siempre heredaban el nombre de su antecesor, todos tenían el mismo nombre, ya fueran hembras o machos, pardos o negros, el nombre era: “Raña-Ñaña”. Mi padre era el que los bautizaba, un día cuando yo era niño me contó el origen de este curioso nombre, la increíble historia de un hombre y su gato, historia que quedaría para siempre grabada en el fondo de mi corazón.

Hay que retroceder muchos años en el tiempo, a la primera mitad del siglo XX, a una difícil época de posguerra, años del hambre y penurias.
Mi padre por aquel entonces vivía en su pueblo natal, Valencia de Alcántara (Cáceres), concretamente en el campo, en una finca con sus abuelos, finca en la que abundaban los famosos dólmenes que tantas veces hemos visto en diversas publicaciones. Vivían o más bien sobrevivían de un pequeño huerto, unas gallinas y algo de caza. En uno de estos dólmenes tenía su morada un gato salvaje, era una hembra parda, grande, hermosa y un poco esquiva, mi padre siempre la saludaba y algunas veces le dejaba algo de comida, llegando de esta manera poco a poco a entablar una singular amistad con ella y muchas veces, cuando bajaba al pueblo para visitar a su novia (mi madre), la gata le acompañaba en su camino a corta distancia. Cuando volvía, le esperaba agazapada y jugando se abalanzaba sobre él para asustarlo y acto seguido salía corriendo para perderse en el monte.
Un día al pasar cerca del dolmen, se asomó como era su costumbre y cuál fue su sorpresa, la gata había parido siete gatitos y los estaba amamantando. Siempre que podía le guardaba un poco de su comida, leche o algo de pescado. Una tarde, muy contento le llevaba unas pardillas que había pescado, pero la gata no estaba, la llamó: ¡misi, misi! pero… no acudió, pensó que algo malo le debía haber ocurrido y a la noche, ante su ausencia, muy apenado decidió llevarse los gatitos a casa y con sumo cuidado los acomodó en un cesto de mimbre de su abuela, al lado de la chimenea. Acostado en su cama no dejaba de dar vueltas y vueltas, no podía dejar de pensar en ella… ¿qué le habría sucedido?, cuando de repente… le pareció escuchar algo, de un brinco se levantó de la cama, se asomó por la ventana y por el camino venía, ¡era la gata!, que cojeando y dando grandes maullidos se acercaba a la casa, hasta que exhausta y rota de dolor se desplomó a sus pies. Había caído en un cepo y perdido una de sus patas delanteras.


Cuántas bocas tenemos ahora que alimentar Antonio, le decían sus abuelos.
- No os preocupéis, este año aumentaré el huerto y ya veréis, no nos faltará de nada.
- Bueno hijo, como tú quieras. Con cariño dijo su abuela.
La gata logró salvarse y durante ese tiempo nunca dejó de amamantar a sus gatitos y lamerlos con cariño.
Por las mañanas, nada más levantarse, Antonio tenía costumbre de recoger los huevos de las gallinas, una de esas mañanas escuchó una gran algarabía, plumas volando y gallinas cacareando, un gran gato montés había asaltado el gallinero y se llevaba una en la boca y aunque salió corriendo tras él, éste se perdió rápidamente en el monte con su presa. Muy disgustado volvió a su casa y contó lo sucedido, a lo que su abuelo respondió:
- Ese va a ser el padre de estos pequeños trúhanes, esperemos que no le dé por venir y nos quede sin gallinas.
Los malos presagios de su abuelo se confirmaron y a los dos días el gato volvió y se llevó otra gallina, ¡menudo disgusto! pues eran la base de su sustento, su abuela la pobre lloraba al ver que su gallinas iban cayendo una tras otra en las garras de esa fiera.
Antonio decidió acabar con esa situación y una mañana bien temprano, se apostó tras unos matorrales con la vieja escopeta y pacientemente esperó. El sueño le vencía pero el silbido de un mochuelo le despertó de pronto y allí estaba, un gran gato que sigilosamente se acercaba en busca de su presa, era majestuoso, el soberano de esos contornos. Amartilló el arma y en ese momento sus miradas se cruzaron, cerró los ojos y apretó el gatillo.
Con gran pesar recogió sus restos y los enterró en uno de los dólmenes donde decían los más viejos del lugar que habitaba el espíritu de una princesa mora, con la esperanza de que descansara en un lugar con arreglo a su nobleza, una tumba para el rey del monte.
Su abuelo que desde el huerto había escuchado el eco del disparo, se lo encontró por el camino y le dijo:
- Era él o nosotros, hiciste bien, tú no tengas pena.
Antonio no contesto y no volvieron a mediar palabras en todo el camino. Se avecinaba un frío invierno que sería muy duro, el cielo estaba de un color gris "panzaburra". Al llegar a casa, de los gatos no había ni rastro, habían desaparecido como por arte de magia, se los había tragado la tierra.
Pasaron los días, pasaron las semanas y el frio invierno hizo acto de presencia. Una mañana, Antonio se levantó muy temprano para ir a cortar leña, a los pies de la puerta de la casa habían depositado un conejo, sería su alimento y su sustento por unos días, pero… ¿quién habría podido ser? se preguntaba, ¿sería el viejo buhonero o aquel amigo cazador portugués? En resumen, un misterio.

A los dos días, lo mismo, salió a la puerta de casa y había una perdiz, otro día una codorniz y así pasaron el largo invierno sin saber quién era el buen samaritano que con tanto ahínco les ayudaba. Decidido a saciar su curiosidad y así poder darle las gracias, una noche de luna llena no se acostó y arropado con una manta esperó y esperó, al llegar el alba se frotó los ojos y no podía creer lo que veía, era su gata, la gata que en su boca traía un conejo y cojeando lo depositaba delicadamente en la puerta y la arañaba, tan silenciosamente como había llegado se alejó saliendo a su encuentro los 7 gatos que, entre saltos, iban jugando entre ellos y se perdieron de esta manera en el monte. Se levantó para contarle lo sucedido a los abuelos pero se frenó en seco pues encaramado en la centenaria encina, en su rama más poderosa, como en un trono se encontraba él, dos pequeñas luces resplandecieron y se cruzaron sus miradas… ¿sería posible? No lo podía creer... ¿sería el mismo? Era el gran gato… el gran gato que de un salto se perdía por donde se fue la gata ¿sería verdad eso que decían de las 7 vidas de los gatos? ¿O sería su espíritu? se preguntaba.
Siempre tuvo la curiosidad de ir a cavar donde lo enterró pero el temor a la leyenda de la mora se lo impidió y nunca lo hizo, prefirió pensar que el gran gato, el gran soberano, seguía gobernando su reino.
A lo largo de la vida y sobre todo en los momentos más difíciles, nunca hay que perder la esperanza pues cuando todo parece perdido, cuando parece que ya nada tiene solución, suele aparecer ese espíritu ancestral “arañando” nuestra puerta, siempre está ahí aunque no le veamos, no lo dudéis.



FIN
A mi padre, que allá donde estés recorriendo nuevos caminos, te acompañe y proteja siempre tu querida "Raña-Ñaña", la gata que arañaba la puerta.

2 comentarios:

  1. Qué bonito cuento ,,las cosas que aprendimos de nuestros padres es muy agradable recordarlo pues nos trae la ilusión con que vivíamos aquellos años, no fáciles pero felices. Yo también tenía un gato que se llamaba curriqui y aunque son por naturaleza un poco independiente aquel estaba siempre encima de alguno de nosotros. Tampoco tenía esa vigilancia médica como ahora se tiene a todos los animales de compañía pero te aseguro que estaba fuerte como un roble. A la que tenía mucho respeto era mi abuela claro qué respeto le teníamos todo pues era muy sargentona. Querida mamá nana cuántas veces te recuerdo poniendo verde al gato pues se pasaba un poco de listo. Gracias Antonio por ese relato.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias Pilar por compartir tus recuerdos. Un saludo, ya me pasaré un día a verte antes de las fiestas.

      Eliminar