Han pasado muchos años desde aquella noche de junio de 1902, pero el nombre de Tomás Alonso Camacho sigue ligado al esclarecimiento del crimen de Don Benito. Con apenas dieciocho años, apareció cuarenta y cinco días después de los asesinatos asegurando haber presenciado una escena decisiva. Sin embargo, desde el primer momento hubo quienes dudaron de su relato y sostuvieron que su testimonio era una construcción interesada.
Según afirmó Tomás, aquella noche salía del Casino de los Labradores cuando vio al sereno acompañado de dos hombres en la calle del Padre Cortés. Aseguró que decidió quedarse observando porque la situación le resultó sospechosa.
Yo no era
ningún valiente ni cosa de esas. Era un mozo como tantos otros. Aquella noche
salí del Casino de los Labradores, iba por la calle del Padre Cortés cuando vi
a dos hombres con el sereno. Les di las buenas noches, pero ni me miraron
siquiera. Aquello me dio mala espina y me quedé quieto, mirando a ver qué
pasaba.
Escondido en
un rincón de la calle, Tomás presenció una escena que acabaría siendo decisiva.
Siempre según su versión, permaneció oculto mientras contemplaba cómo el sereno conseguía que una mujer abriera la puerta de la vivienda y facilitaba la entrada de los dos hombres.
Oí a una
mujer decir desde dentro: «He dicho que no abro». El sereno seguía llamando y
diciendo que era muy urgente. Al cabo de un tiempo, la mujer abrió la puerta y le dio una
caja. Luego él pidió un poco de agua. En cuanto ella volvió a entrar en la
casa, el sereno levantó el farol y les hizo una seña a los otros dos. Vinieron
corriendo, entraron en la casa y el sereno salió otra vez, cerró la puerta y se
fue. Yo seguí mi camino. No pensé que allí fuera a pasar una desgracia tan
grande.
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| Casa del crimen en la actualidad. |
No existe ningún otro testigo que confirmara haber visto esa secuencia de hechos.
Al día siguiente se conoció el asesinato de las dos mujeres. Tomás afirmó que relacionó inmediatamente el crimen con lo que decía haber visto, pero optó por guardar silencio durante cuarenta y cinco días.
Cuando me lo contaron me quedé helado. Enseguida pensé en lo que había visto aquella noche. Pero no dije nada.
Ese prolongado silencio fue uno de los principales argumentos utilizados por quienes consideraban que su historia carecía de credibilidad. Mientras varias personas permanecían encarceladas y la investigación avanzaba sin resultados concluyentes, Tomás no acudió a las autoridades hasta mes y medio después.
Cuando finalmente declaró ante el juzgado, aseguró que lo hacía únicamente por un deber de conciencia.
Ya no pude aguantar más. Pensé: «Si me callo, esto lo voy a llevar encima toda la vida». Así que fui al juzgado y conté lo que vi. Ni más ni menos.
La defensa de Castejón atacó con dureza ese retraso. El abogado sostuvo que nadie podía justificar cuarenta y cinco días de silencio alegando que su madre estaba enferma y lanzó una acusación que sembró dudas sobre la independencia del testigo:
«La madre de todos es la justicia, y creo que le obligaron a hablar después de los estímulos, premios, halagos, fotografías y vítores.»
Durante el juicio, Tomás negó rotundamente haber recibido instrucciones o promesas antes de declarar.
Me
preguntaron si me habían pagado, si me habían prometido un trabajo o si alguien
me había dicho lo que tenía que contar. Yo siempre respondí lo mismo: nadie me
mandó ir allí. Todo lo que hicieron por mí fue después. Yo solo conté lo que vi
con mis propios ojos.
Sin embargo, para sus detractores esa explicación resultaba insuficiente. Consideraban difícil aceptar que un joven permaneciera callado durante tanto tiempo si realmente había presenciado los hechos que describía.
El momento más delicado llegó cuando identificó a los acusados en la sala.
Los miré
bien y dije: «Son esos». No se me habían olvidado las caras. Uno de ellos me
gritó que estaba mintiendo, (Castejón) pero yo no tenía miedo. Sabía muy bien a quién
había visto aquella noche.
Si la hipótesis de que Tomás mintió fuera cierta, aquella identificación habría sido el punto de inflexión que cambió el rumbo del proceso gracias a un testimonio falso, pero extraordinariamente convincente.
Tras el juicio fue recibido como un héroe por buena parte de la población.
Nunca pensé
que el pueblo me fuera a recibir así. La gente me daba la mano, me abrazaba y
me decía que había hecho lo que tenía que hacer. Pero yo no buscaba nada de
eso. Solo quería decir la verdad.
No obstante, también afirmó que las promesas de recompensa nunca se cumplieron.
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| Aspecto de la calle Groizard esperando la salida del testigo principal |
Me dijeron
que me buscarían un buen destino, pero aquello nunca llegó. Cada vez me costaba
más encontrar trabajo y había días que pensaba que algunos no me perdonaban lo
que había hecho. Al final me marché a América, buscando una vida mejor. Dejé
atrás mi pueblo y ya no volví nunca más.
Tomás Alonso Camacho murió años después en Buenos Aires, lejos de Don Benito. Su vida terminó de forma trágica, apuñalado a la salida de un bar. Nunca se supo quién empuñó el arma ni cuáles fueron los verdaderos motivos de aquel crimen. Pero... ¿Y si su muerte no hubiera sido fruto del azar? ¿Y si quienes aprovecharon su testimonio para cambiar el rumbo del proceso consideraron, años después, que era un hombre que sabía demasiado? ¿Y si alguien decidió silenciar para siempre al joven cuya declaración había alterado el destino de uno de los procesos criminales más sonados de la época?
Es una hipótesis sin pruebas concluyentes, pero que mantiene vivo el debate sobre la credibilidad del hombre cuyo testimonio cambió el destino de uno de los procesos criminales más célebres de la época.
FUENTES Y AGRADECIMIENTOS:
Imágenes restauradas por dovane63 a partir de fotografías auténticas de la época.
El crimen de Don Benito. Un pueblo contra el caciquismo, de Daniel Cortés González.





