Decía Juan Pablo II que la fe, además de conocerla, hay que
vivirla. Esto es precisamente lo que hizo la protagonista de nuestra historia,
¡vivirla!
Las apariciones marianas han acontecido a lo largo y a lo
ancho de la historia, llegando algunas a alcanzar renombre mundial, como son
los casos de Fátima en Portugal o Lourdes en Francia.
Estas poblaciones se han convertido en destino de peregrinación
de miles de fieles procedentes de todos los rincones del mundo. Unos buscan
esperanza, otros iluminación y muchos su salud o la de sus seres más queridos.
Chandavila es un paraje del oeste de la provincia de
Badajoz, perteneciente a La Codosera, muy cerquita de Portugal, localidad que
años atrás llegó a formar parte de su reino, hasta que en el año 1297 y por
medio del Tratado de Alcañices entre la Corona de Castilla y el reino de
Portugal, que establecían sus fronteras, pasó a formar parte de Castilla.

En este lugar, uno de los rincones más bellos de
Extremadura, en el año 1945 dos niñas, Marcelina Barroso Expósito y Afra
Brígido Blanco afirmaron haber presenciado en varias ocasiones la milagrosa
aparición de la Bienaventurada Virgen María bajo la advocación de Virgen
Dolorosa, según los dones y atributos que presentaba esta visión. No sé cuál
fue el motivo que movió a la protagonista de este relato a peregrinar en los
difíciles años de la posguerra española, tiempos de hambre y miseria, hasta Chandavila
y ser testigo presencial de los hechos, aunque espero que a lo largo de estas
líneas y guiados de su propia mano, logremos revelar los verdaderos motivos de
este viaje. Vive a día de hoy en Don Benito, pero nació por circunstancias de
la guerra, en la capital de la provincia, Badajoz, aunque sus orígenes están en
Alburquerque.
En ese tiempo, el de las apariciones, vivía en Valencia de
Alcántara, provincia de Cáceres, con una tía, hermana de su padre, llamada
Dionisia
Año 1942, Joaquina seguía viviendo en una casita de la calle
Polvillo en Don Benito, un día recibieron la visita de su tía, una mujer viuda,
férreamente enlutada como tantas mujeres de aquella época, había quedado
devastada por una gran pérdida y sumida en una profunda melancolía, lo que hoy
llamamos depresión.

Dionisia vivía sola en Valencia de Alcántara (Cáceres) pues
no tuvo descendencia. Propuso a su hermano, que por qué Joaquina no se iba a
vivir con ella, que la cuidaría como a una hija, que no le faltaría de nada y
así llenaría el vacío que le dejó la vida. La familia se lo comentó a Joaquina
que, sin pensárselo dos veces y compadecida por la pobre de su tía, accedió de
buen grado, pese a la gran pena que le suponía tener que abandonar a sus padres
y hermanos. Marcharon las dos en un viejo tren de madera rumbo hacia una nueva
vida, pero su sacrificio valdría la pena pues el destino del resto de su vida
quedó escrito a raíz de este viaje. Dionisia le dio un pañuelo para que secara
sus lágrimas mientras se alejaban por la ventanilla su hogar y su familia, que
la despedía desde el andén.
Llegaron a Valencia y Joaquina se quedó asombrada cuando vio
ese pueblo tan blanco, casas blancas, todos los balcones, todas las ventanas
llenas de flores, era el 3 de Mayo la fiesta de “La Cruz” por lo que todas las
calles estaban engalanadas, había mantones de Manila…colchas… y una gran cruz
adornada con flores en una plazuela, los vecinos hacían competiciones para ver
cuál era la más bonita. En el medio de la plaza había una mesita de madera con
un cesto de mimbre y todos los vecinos echaban dinero con el que pagar a un
músico que tocaba el acordeón para que sus hijas bailaran. Dionisia echó una
peseta, que en aquellos tiempos era mucho, para que Joaquina bailara y
conociera amigas. Joaquina no había visto nunca nada igual, tenía 14 años, no había
ido nunca al “baile” por su corta edad y aquello la fascinó.

Hizo un montón de amigas y todos los domingos acudían a un
local al que llamaban “Chimenea” desde las 4 de la tarde hasta las 8, donde
bailaban, reían y olvidaban, sobre todo olvidaban la terrible época pasada, eso
sí, siempre bajo la atenta mirada de los mayores, en su caso era su tía quien
la acompañaba, había un señor que si las parejas se arrimaban más de lo
convenido, les tocaba el hombro con una varilla para llamarles al orden. El
local era todo de madera, lleno de espejos y en el centro había un organillo de
manivela, que era el que amenizaba el baile.
Joaquina ya no se acordaba de su Don Benito, que era un
pueblo más triste, recuerda de esa época el polverío que se formaba por las
tardes cuando regresaban los agricultores y ganaderos al final de su jornada de
trabajo y a un señor mayor, sordo para más señas, que se comunicaba con una
trompeta, llevaba un rebaño de cabras, ovejas, cerdos… era una especie de
guardería animal, los llevaba al campo y a la tarde cuando regresaba tocaba la
trompeta y cada animalito iba entrando en su casa.
Era un pueblo completamente distinto, sacaban los
estiércoles, entraban la paja, como dice ella, fue un cambio, como de la noche
al día, eso sí de su familia no se olvidaba, los tenia presentes todos los días
en sus oraciones y siempre que podía les mandaba alguna que otra pesetilla que
conseguía ahorrar. Iba pasando el tiempo y Joaquina era feliz en su Valencia,
vivían de un puesto de verduras y de un poco de contrabando ya que era ciudad
fronteriza con el vecino Portugal, pese a todo muchas veces discutían debido al
fuerte carácter de su tía, pero siempre acababan haciendo las paces, hasta el
día en que relación llegó a ser insostenible.
En el año 45, hasta su oídos llegó la noticia de que la
Santísima Virgen se había aparecido muy cerca de allí, concretamente a unos 30
kilómetros de distancia en un paraje conocido como Chandavila, perteneciente al
municipio de La Codosera.
Joaquina le dijo a su tía:
- Yo de buena gana iría a La Codosera, a ver las
apariciones, que va todo el mundo.
Pero en aquella época no había autobuses, no había taxis,
solamente estaba el viejo coche de la estación para llevar y traer a los
viajeros, pero con ese coche no se podía contar, la gente iba en burro, en
carro o como podía. - Nos podemos ir andando con las contrabandistas, que
conocen todos los caminos, le dijo su tía. Y se fueron con ellas, una se
llamaba Rosenda y otra Eusebia, ambas hermanas, Cándida, una amiga de Joaquina
y Dionisia formaban el grupo de peregrinas. Para llegar de día, tuvieron que
salir de Valencia a las 12 de la noche, toda la noche andando y al llegar el
día llegaron a un bosque muy tupido, muy espeso, al que llamaban “El pinal de
Jane” y lo primero que vieron fue una cruz de alguien al que habían matado
allí.
Muertas de miedo atravesaron rápidamente el pinal, comieron
por el camino unos bocadillos de tortilla y algo de fruta sin detenerse, a eso
de las doce de la mañana llegaban por fin a La Codosera. Allí había un gentío
enorme, había puestos de melones, sandías, bocadillos, bebidas… toda la gente
estaba sentada en el suelo esperando la llegada de la Virgen. A las dos en
punto de la tarde llegó Afra Brígido, toda vestida de negro pues había
fallecido recientemente un familiar, se arrodilló y fue así hasta el castaño
donde tenían lugar las apariciones, inexplicablemente sus rodillas no sufrían
daño alguno, pese a lo abrupto del terreno y dijo:
- ¡Ya viene, ya viene!
Por el horizonte se acercaba una extraña nube, se iba
acercando muy despacio, muy despacio… hasta que se posó sobre el castaño. Afra
comenzó a hablar con la Virgen, Joaquina no veía nada, solo la nube, otra mujer
que estaba a su lado llamada Dolores, afirmaba que también la veía.
Muchas personas afirmaban
ver escenas de la Pasión, en forma de nubes, Joaquina pudo contemplar dos
escenas en otra nube, la primera fue alguien que le resultaba familiar, era un
Niño Jesús que sostenía en su mano izquierda una bola del mundo y con la otra
bendecía. La segunda era una impresiónate imagen de Cristo crucificado que
helaba los sentidos, con una larga cabellera que colgaba de su cabeza, la
imagen se movía como si estuviera colgada de un medallón, eso lo vieron casi
todos los presentes.
Su tía al contrario vio algo completamente distinto.
- Ay Joaquina, lo que estoy viendo… le dijo entre sollozos.
- ¿Qué es lo que está
Vd. viendo?
- ¡Al demonio, Ave María Purísima!
Dijo que venía sentado como en una caja de madera, con un
largo rabo del que al final colgaba una bola que agitaba sin cesar, imagen que
la dejó horrorizada.
Una de las contrabandistas también afirmó que vio esa misma
turbadora imagen.
- Yo no veo eso tía, contestó Joaquina.
Aunque no logró ver a la Virgen, sí tuvo ocasión de hablar
con Afra, le preguntó que si tenía intención de ingresar en un convento, ésta
le contestó que no, que se iba a un hospital a ayudar a quien lo necesitara y
que la Virgen le había dicho que se encontraba abrumada por tanto dolor que
asolaba el mundo, que ponto volvería e indicaría el lugar donde quería que se
levantara una ermita.
Cosa que sucedió poco
tiempo después. Apenas habían asimilado todo lo vivido en la jornada cuando
tuvieron que ponerse camino de regreso a casa, no querían que les cogiera la
noche en “el pinal”. Al llegar a casa tuvieron que sumergir los pies en baños
de agua y sal para aliviar el dolor, dolor que les duraría varios días. Lo
vivido aquel tiempo jamás lo olvidaron,
paradójicamente sería un reflejo de lo que fueron sus vidas,
cosas buenas para unas y cosas malas para otras.
Puede ser que como dijo la madre Teresa de Calcuta “Cada
obra de amor, llevada a cabo con el corazón, siempre logra acercar a la gente a
Dios”.
Joaquina pasó toda su juventud en Valencia de Alcántara y se
acuerda, pese a su edad, de todo el mundo, todo el pueblo la quería. Han pasado
ya más de 60 años y no sabe si algún día volverá pues dice que ya no la conoce
nadie, ni ella a nadie.
FIN