“A todos alcanza honra por el que en buena hora nació” 15 de junio de 1094, tras 17 largos meses termina uno de los asedios, dicen que más duros de la historia de España.
Se cuenta que los asediados después de comerse a todos los
animales de la ciudad, perros, gatos y ratas se alimentan de cuero cocido e
incluso que practicaron el canibalismo. La ciudad de Valencia se rinde tal día
como hoy a las tropas de Don Rodrigo Díaz de Vivar que establecería en esta
ciudad un señorío independiente hasta su muerte el 10 de julio de 1099.
La
tumba del Cid que podemos ver en la catedral de Burgos no siempre acogió sus
restos que hubieron de sufrir numerosas profanaciones. Cuando murió en
Valencia, sus restos fueron depositados en la Catedral. Sin embargo, su viuda
se los llevó consigo cuando dos años más tarde los almorávides entraron en la
ciudad. No le importó a doña Jimena, ya que su marido siempre le había
manifestado su deseo de ser enterrado en San Pedro de Cardeña. Allí, en el
atrio del monasterio burgalés, fue de nuevo inhumado, aunque no por mucho
tiempo.
En 1272, el rey Alfonso X hizo construir en la capilla mayor un gran
sepulcro labrado para honrar la memoria del guerrero castellano con esta
leyenda:
"Aquí yace enterrado el Grande Rodrigo Díaz, guerrero invicto, y de
más fama que Marte en los triunfos".
Siglos más tarde, obras en el cenobio
motivaron un nuevo traslado: los restos del Cid fueron trasladados a la entrada
de la sacristía y colocados sobre cuatro leones de piedra.
En el año 1541 de nuevo unas obras alteraron la paz eterna
del caudillo medieval, entonces llevado a un lateral de la abadía. Hecho que no
gustó un ápice al condestable Pedro Fernández de Velasco, quien tiene que
recurrir al mismísimo emperador Carlos V para que los monjes devuelvan al que en
buena hora nació al otro emplazamiento.
Dos siglos duró la tranquilidad. En
1736, los vestigios del Campeador fueron llevados a una capilla de nueva
creación, la de San Sisebuto.
Una de las más infames fue la perpetrada en 1808
por el general napoleónico Thiébault, que dormía con los restos del Cid bajo su
cama en un macabro y esperpéntico alarde de venganza contra la guerrilla.
Afortunadamente fue convencido por el propio Napoleón y los inhumó decentemente
en un mausoleo junto al río. La ciudad de Burgos fue sometida a un violento
pillaje por las tropas de ocupación francesas en 1808. El monasterio de San
Pedro de Cardeña, a ocho kilómetros de la capital, no se libró y fue también
objeto de la rapiña.
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Charles de Beaumont |
Hace poco tiempo ha sido subastada un tozo de la bandera
del Cid, que también fue víctima de este saqueo, perteneció al caballero
Charles de Beaumont (1728-1810), soldado y espía francés, más conocido como el
Caballero de Eon, de quien deriva el término "eonismo", o la
necesidad de algunos hombres de vestirse con ropas femeninas; de hecho el
caballero francés vivió los últimos treinta años de su vida como mujer.
Liberada España del yugo francés, los monjes solicitaron al Ayuntamiento de
Burgos que los restos fueran devueltos al monasterio de San Pedro de Cardeña.
Lo consiguieron en 1826. Pero las desamortizaciones volvieron a dejar lo que
quedaba del Cid a expensas de profanadores. Para evitar males mayores, el
Ayuntamiento consiguió sacar de nuevo los restos. Los únicos que se conservaban
desde la profanación francesa.
Seguían faltando los huesos más pequeños: carpo,
metacarpo, tarso, metatarso, falanges y restos del cráneo. A resguardo en la
capilla municipal, evitaron que otra broma del destino los llevara a Madrid.
Por fin, en 1921, con la presencia del rey Alfonso XIII, se
enterraron en el Crucero de la catedral. Eso sí, el Ayuntamiento conserva un
hueso de su brazo porque Francia, que se lo había llevado como souvenir, no lo
devolvió hasta 1930.