sábado, 17 de enero de 2026

Mengabril, cuna de Inés María


La mañana del 14 de julio de 2021, montamos en el coche con destino a la vecina población de Mengabril el Cronista Oficial de Don Benito, Diego Soto, Antonio Nevado (más conocido como Dovane63) y yo. 

 

No hay ninguna descripción de la foto disponible. 

Diego nos había contado que su madre le decía de pequeño que Inés María Calderón, una de las dos víctimas del conocido como “Crimen de Don Benito” del año 1902, era de Mengabril. Cierto es que hasta la fecha no habíamos encontrado en Don Benito la partida de nacimiento.


 

Al llegar al Ayuntamiento de Mengabril, el trabajador dispuso para nosotros un despacho y los libros de nacimientos de 1876 a 1900. Iniciamos la labor de búsqueda y, no solo encontramos la partida de nacimiento de Inés María Calderón, sino la de otro hermano que falleció con apenas dos años.

Con estos nuevos datos hallados, a continuación, ofrezco la biografía de Inés María Calderón Barragán.

Partida de Nacimiento de Inés María Calderón

Inés María Calderón era de Mengabril

Nace Inés María Calderón Barragán el día 8 de junio de 1883 en el número 23 de la calle de los Caballeros (actual calle de Luis Chamizo) de la vecina localidad de Mengabril, en el seno de una familia de humildes labradores, siendo la segunda de los hijos habidos del matrimonio formado por el labrador Vicente Calderón y Ortiz (Don Benito, 1851) y Catalina Sánchez-Barragán y Cancho (Escurial, 1849). Tuvo dos hermanos llamados Fernando (¿?, 1881-Don Benito, 16.04.1940) y Rafael Amadeo (Mengabril, 31.03.1886-24.07.1888).

Fueron sus abuelos paternos los dombenitenses Fernando Calderón y Sánchez[1] (Don Benito, 1824 a 1830-Mengabril, 30.04.1889) y María Mercedes Ortiz Ortiz; por parte materna, los escurialegos de Alonso Sánchez-Barragán y Montero y Gregoria Cancho Pajares.

En 1888, la familia vivía en el número 3 de calle de los Portales de Mengabril. De la madre, en lo físico, decir que gozó en su mocedad de fama de hermosura nada común.

De esmerada educación, Inés María pertenecía por su nacimiento a una distinguida familia. El inteligente y reputado Doctor en medicina don Pedro Barragán y Cancho (muy conocido y apreciado en la provincia de Badajoz), era su tío materno; la familia Calderón Barragán gozaba del bienestar que prestaba una posición desahogada, pero la fortuna caprichosa y esquiva las redujo con el tiempo a una situación bastante difícil.

 


Inés María Calderón

 

Inés María no era un prodigio de hermosura; hay que desvanecer esta leyenda; pero era una muchacha hermosa y muy agraciada. Tenía el cabello rubio y abundante, la cara llena y ovalada, el cutis muy blanco, las mejillas sonrosadas y los ojos azules y serenos, como los del famoso madrigal. Su estatura era aventajada, estrecha la cintura, anchas las caderas; su andar garboso y resuelto. La nota distinta de su persona era lo que se llama “tercer ángel”; afable con todo el mundo, la sonrisa no se borraba de sus labios.

Frecuentó los bailes y reuniones de Don Benito, donde el imán de su gracia y de su bondad atraía a todos los muchachos, que se despepitaban por bailar con ella. Tuvo muchos cortejadores entre la clase estudiantil, pero a ninguno correspondió, sabiendo negar a todos sus favores con cortesía y dulzura.

De entre las señoritas dombenitenses, era ella la que más cautivaba, no solo por su gentileza y hermosura, sino por aquella austeridad que le era característica. Pasaba algunas temporadas en Medellín, en casa de un pariente de su madre, Jacinto Barragán.

 


Inés María Calderón

Muchacha hacendosa, se ganaba el sustento con la aguja y la plancha, en ese trabajo continuo y mal retribuido de la mujer; constantemente se la veía trabajando sobre el bastidor, en labores que se disputaban, por lo perfectas, lo más linajudo de Don Benito. No había boda para la que a ella no se le encargase el ajuar de la novia, ni bautizo que Inés María no hubiese primorosamente bordado la canastilla del recién nacido.

Cariñosa con sus amigos, ella enseñó, entre otras, a las hijas de Ramón Martín de Castejón Cidoncha diferentes labores, asistiendo como Hermana de la Caridad a una de ellas, víctima de la tisis, llevándosela a vivir a su casa para atenderla mejor.

Pero no pocas veces la labor faltaba, y entonces, las pobres mujeres salían de sus apuros dando al panadero, a la lechera o al carnicero, modestos productos de su tierra de labor a cambio de los artículos indispensables para su subsistencia.

A las nueve de la mañana del 24 de julio de 1888, la familia Calderón Barragán sufre en Mengabril, donde entonces residían, un fuerte varapalo, la muerte por gastroenteritis del menor de los tres hijos, Rafael Amadeo, cuando apenas contaba dos años de edad. Junto al cólera, otras enfermedades como la viruela, el sarampión, las gastroenteropatías y la tuberculosis constituyeron las principales responsables de las crisis de mortalidad que se observan en la mortalidad española de finales del siglo XIX.

Su padre, Vicente Calderón, era un digno propietario de algunas tierras de labor en Mengabril, un resto escaso de su fortuna, consistente en varias fanegas de majuelos; a la custodia de ellos y a las operaciones agrícolas que exigían, estaba consagrado el propio padre de Inés María, por lo que se veía obligado a quedarse por las noches en el citado pueblo. Mientras vivió, el pasar de la familia era relativamente desahogado, pero con su muerte vino la estrechez, rayana en la miseria, situación que Catalina Barragán sabía soportar digna y honradamente.

En el crudo mes de diciembre de 1901, mes de fríos y de sombras, cayó enfermo Vicente Calderón en Mengabril; Catalina, a quien durante el día le era imposible abandonar el cuidado de su casa, por la noche (¡y fueron muchas!), sin que nadie la acompañara, se lanzaba intrépida y animosa al camino, sin que las densas tinieblas, ni el quejumbroso viento de esas noches terribles del invierno, causasen espanto en su templado corazón y, poco a poco, salvaba la distancia y llegaba como ángel bienhechor al lecho del esposo enfermo, para prodigarle solícita sus cuidados. ¿No revela esto mucho valor?

Reducida a una vida de privaciones, Inés María supo conservar la candorosa alegría de la juventud; hija amantísima, veló en largas noches la última enfermedad de su padre. Tras el fallecimiento de su padre, vistió un sencillo traje de luto de corte modesto. Apenas salía de casa, nada más que para ir a la iglesia con su madre, ambas con sendos mantos negros.

Es entonces cuando Catalina se lamentaba ante su pariente, Jacinto Barragán, de la escasez de recursos que tenían y que las impedía pagar la renta de la casa que tenían alquilada en la calle del Padre Cortés de Don Benito (actual calle de la Virgen); en alguna ocasión, madre e hija tuvieron que empeñar algunas prendas para poder pagar la casa.

Inés María y su madre vivían recluidas por luto reciente en humilde vivienda de la calle Padre Cortés número 23, una casa de un solo piso con estrecha puerta y una reja grande a la izquierda de aquella. Hacía tres meses que la muerte les había arrebatado a su padre y esposo, respectivamente, y poco menos que la ley se había llevado al joven Fernando Calderón Barragán a servir en el ejército.



Para ir salvando en algún tanto los escollos de su camino y torciendo su voluntad, Catalina e Inés María solían admitir en su casa huéspedes en muy reducido número y con muy sensatos reparos. En el momento del conocido como “Crimen de Don Benito”, se hallaba hospedado en ella, solamente durante el día, el médico oftalmólogo don Carlos Suárez Flores, que pernoctaba en el vecino pueblo de Villanueva de la Serena, viniendo a ésta localidad todos los días para curar a enfermos de los ojos.

Según cuentan, Inés María y su madre, por el riguroso luto que las impuso la irreparable pérdida del padre y esposo respectivo, tenían por costumbre, todas las noches, después de haber cenado, salir a pasear, yendo a un sitio que era conocido en Don Benito por “La Glorieta” (hoy confluencia de la Avenida de la Constitución con la Avenida de Alonso Martín y calle de Ayala, donde existe una rotonda con fuente), en el campo, junto a la Estación de Ferrocarril, lugar que era pintoresco y que convidaba en verdad a la expansión y el reposo, y al cual afluían todas las noches muchas personas. Catalina e Inés María regresaban de allí (como la mayoría de las gentes que a él concurrían) a las doce o la una de la noche. Por esto se decía que, en la noche del nefasto suceso, fueran espiadas por los asesinos para cerciorarse de cuando volvían a su casa.

La joven Inés María Calderón debió de ser ligeramente nerviosa. Desde los albores de su pubertad se sentía acometida de noche, por temores infundados y visiones amenazadoras.

Uno de los señoritos de Don Benito, Carlos García de Paredes y Campuzano, borracho, pendenciero, mujeriego y valentón, había requerido de amores a la joven Inés María, la que siempre rechazó tales pretensiones. En el verano de 1897, García de Paredes ya conocía a Inés María Calderón, cuya belleza le había llamado la atención.

En el año 1899, en ocasión en que García de Paredes marchaba por la calle de la Retama, se encontró con Inés María, hablándola e insistiendo en sus requerimientos amorosos. La siguió en tal actitud, que Inés María llegó a tener miedo, pidiendo auxilio a un amigo suyo, Alfonso Díaz, al cual García de Paredes abordó por haber acompañado a la joven y, como aquel no se disculpaba, García de Paredes le cogió por el cuello y le abofeteó.

Prosiguió García de Paredes molestando a Inés María, amenazándola por las repetidas negativas de la joven y demostrando que se hallaba dispuesto a emplear la violencia para conseguir su propósito. Las amenazas produjeron verdadero terror en Inés María, quien desde entonces fue asaltada por alucinaciones y pesadillas en las que creía que García de Paredes trataba de matarla.

En los últimos años de su vida, la insidiosa persecución de que la hizo víctima Carlos García de Paredes, aumentó sus congojas nocturnas. Tuvo que dormir con ella su madre. Algunas veces despertaban, poseída de pánico, gritando: “¡Mírale, mírale! ¡Ahí esta!”. Una noche se refugió debajo de la cama huyendo de un perseguidor imaginario

    

Catalina Barragán de joven (izq.) y adulta (dcha.)

 

Cierta noche, Inés María regresaba de paseo en compañía de su madre, siendo perseguidas por García de Paredes. Atemorizadas ante la actitud de aquel, las dos mujeres buscaron refugio en casa de Natividad Valadés, mientras García de Paredes permanecía acechando en la esquina, por lo cual Inés María y su madre tuvieron que salir acompañadas de la citada Natividad y su familia.

No cejó García de Paredes en su interés, e hizo proposiciones a Catalina Barragán para que le permitiera satisfacer los insanos apetitos que sentía, a lo que Catalina respondió diciendo que, antes, se dejaría quitar la vida. Estas contrariedades hicieron nacer en García de Paredes la firme resolución de saciar sus deseos empleando los medios violentos que fueran necesarios.

La energía de Inés María determinó que García de Paredes no esperase más tiempo y, el día 14 de junio de 1902, García de Paredes se acercó a la joven y, enseñándola un cuchillo, la dijo: “Si no te entregas a las buenas, o por dinero, serás mía a la fuerza”.

En la noche del 18 al 19 de junio de 1902, reunido Carlos García de Paredes con Ramón Martín de Castejón, que también sentía cínicos anhelos por la joven, determinaron ambos penetrar en casa de Catalina Barragán.

Sabían que no lograrían entrar en el domicilio de aquella por la voluntad y, empleando un ardid, alrededor de la una de la noche buscaron a Pedro Cidoncha Ramírez, sereno municipal nocturno del sexto distrito que estaba de servicio.

Propusieron al sereno que llamara en la casa número 23 de la calle del Padre Cortés, para que abrieran la puerta y poder penetrar allí; pero, negándose el sereno a ello, fueron García de Paredes y Martín de Castejón a la casa, donde llamaron, sin que les abriera Catalina Barragán.

 

Acudieron de nuevo al sereno, manifestándole que llamara, porque era cosa convenida entre ellos y la joven Inés María, no consiguiendo tampoco que el sereno se prestara a ello; pero como García de Paredes era un hombre pendenciero, que había maltratado en muchas ocasiones a los serenos y que por su posición social estaba relacionado con las autoridades, que podían, en virtud de sus indicaciones, quitarle el trabajo, que era único subvenía a las necesidades de su numerosa familia, hizo con su actitud que, para evitar el mal grave e inmediato que le amenazaba, se apoderase el miedo del sereno, en tales términos que, perdiendo en absoluto su voluntad, Pedro Cidoncha se prestase a hacer lo que quisieran García de Paredes y Martín de Castejón.

 

                                                                                          

Al efecto, se acercó a la casa y, llamando para que le entregaran a la caja de cirugía del médico Carlos Suárez, que tenía establecida en aquella casa su consulta, salió Catalina barragán a la ventana, y después de cerciorarse de que era el sereno, abrió la puerta para entregarle dicha caja. Una vez que Catalina se asomó a la puerta, le pidió el sereno una poca de agua y, mientras fue al interior Catalina por ella, avisó a Martín de Castejón y a García de Paredes, que se habían quedado algo distantes, llegando a la puerta de la casa cuando aquella sacaba el agua. Entonces se acercó Martín de Castejón, que tenía mucha intimidad y confianza con la familia, quedándose oculto detrás de él García de Paredes, y pidió también agua, volviendo Catalina a entrar por ella, momento en el cual penetraron García de Paredes y Martín de Castejón en la casa, cerrando la puerta por dentro y quedando el sereno fuera, quien se marchó a dar la vuelta al distrito, sin que supiera el espantoso drama que se desarrolló hasta el siguiente día.

Entraron éstos cautelosamente, esperando cortos instantes a Catalina Barragán. Cuando llegó ésta a la puerta, fue acometida por detrás por García de Paredes y Martín de Castejón, de un modo repentino y de improviso, en forma que Catalina no pudo apercibirse de la agresión, ni defenderse, ni ofender a los agresores, los que, con armas blancas muy fuertes y resistentes, la causaron en la cara y cuello ocho heridas, cuatro de ellas mortales de necesidad, que produjeron el fallecimiento inmediato, cayendo muerta Catalina Barragán en el zaguán de la casa, mismo sitio en que fue atacada, sin que le fuera posible huir ni separarse de la puerta.

Advertida Inés María, primero de la llamada a la puerta y después de que algo extraño ocurría, cerró por dentro con una aldabilla la puerta del cuarto en que se hallaba. Llegaron a esa puerta García de Paredes y Martín de Castejón, y la abrieron violentamente. Atemorizada, Inés María no pudo, por debilidad de sus fuerzas, contrarrestar de modo activo a los agresores, los cuales, aprovechándose de esto, trataron de saciar por la fuerza que emplearon sobre la joven sus carnales apetitos.

Exasperados los malhechores por la tenaz resistencia de la joven y la inutilidad de sus violencias, dieron a Inés María varios golpes con armas blancas, hiriéndola e insistiendo en rendir su castidad. En tal situación, logró desprenderse e iniciar la fuga, saliendo de la alcoba y ocultándose en otra habitación, debajo de una cama. Siguieron hasta allí García de Paredes y Martín de Castejón, agrediéndola nuevamente y causándole en la cabeza, cuello, hombro derecho, mano y muñeca izquierda y mano derecha 21 heridas, casi todas inferidas por la espalda, que le produjeron la muerte.

La camisa, hecha girones, la tenía arrollada sobre el pecho; el desnudo cuerpo, cubierto de sangre que había salido de las múltiples heridas que presentaba. Los hermosos ojos de Inés María estaban desmesuradamente abiertos, conservando una expresión de espanto que helaba al contemplarlos; en su fisonomía había quedado una mueca siniestra, algo así como una sonrisa de desprecio a los asesinos, que sí tuvieron entrañas para sacrificar su vida, fueron por ella vencidos en la titánica lucha para saciar los asquerosos apetitos de aquellas bestias humanas…

 

Número 29 de la calle de la Virgen, 

donde estuvo la casa de Inés María Calderón y su madre

 

El escenario del crimen fue descrito así por un reportero:

Salgo de la casa del crimen. Ni en su fachada ni en su interior hay cosa alguna que revuelva en la memoria del repórter, aquí extranjero o extrañado, la terrible tragedia.

En la parte izquierda del zaguán había entonces una mesa de pino; sobre ella, la caja de curación donde guardaba el especialista sus artilugios de medicina y la vasija de barro que resultó hecha triza en los primeros momentos del crimen; a su lado, un sofá de paja; más allá, dos sillas. En dirección de éstas a la mesa, oblicuamente al carrejo que va desde la puerta de entrada a la del corral, yacía el cadáver de Catalina Barragán. Hay tan solo allí la rueda de un afilador ambulante, huésped de la inolvidable mansión.





A la otra parte se abre una puerta que conduce a la habitación donde el oculista trataba a sus clientes; pieza que tiene reja a la calle, por la cual reja se asomó la infeliz de la madre de Inés María, para conferenciar primero con sus verdugos y con el sereno después.

Siguiendo el trozo empedrado que forma en el centro del pasillo, que llaman aquí vereda de medio de la casa, se encuentra a mano izquierda la cocina u hogar; más adelante, y al mismo lado, la alcoba donde madre e hija dormían. Frente a esta pieza hay otra, por cuya puerta entro la pobre Inés. En ese dormitorio, donde había otro lecho, cayó muerta la bella Inés María.

El juzgado encontró el cadáver de Inés tendido en medio de un gran charco de sangre. La pobre se había guarecido bajo la cama y hasta allí la siguieron sus agresores. Cuando el crimen fue descubierto, la habitación era un lago sanguinolento, cuyas olas habían enrojecido el suelo y los marcos. El cuerpo de Inés María yacía boca abajo, con la cabeza al lado del lecho y los pies junto a la puerta, por haber arrastrado los criminales a su víctima.

Como ya se indicó con anterioridad, el hermano e hijo de Inés María y Catalina, respectivamente, Fernando Calderón Barragán, se hallaba en Sevilla prestando el Servicio Militar en el momento del suceso. Casado y con descendencia, Fernando fallecería en Don Benito el 16 de abril de 1940, a los 59 años de edad, siendo sepultado en el Cementerio Municipal de esta localidad, concretamente en la Manzana de San Francisco.

Este crimen se hizo famoso en toda España, desgraciadamente, por varios motivos. En primer lugar, por su brutalidad; en segundo lugar, por la clase social de los agresores; y, en tercer lugar, por la reacción popular.

 


 

La prensa de la época (local, regional y nacional) reflejó la trascendencia social y el gran interés popular que tuvo dicho asesinato en las abundantes páginas que se dedicó a éste crimen. Los cantares populares surgieron de inmediato en Don Benito.

Don Benito sería durante muchos años conocido en España como “La Ciudad del Crimen”. Porque en esta población de la región extremeña se produjo, nada más comenzado el siglo XX, uno de los crímenes más brutales que catalizó todas las tensiones sociales de la época en la Extremadura de tránsito de siglos.


Fernando Calderón Barragán, hermano e hijo de las víctimas

 

Se convirtió en un importante problema político, social y de orden público, debido a la indignación de los habitantes de Don Benito, que se levantaron pidiendo justicia contra los autores de la despreciable acción, por la forma y los motivos en que tuvieron lugar los hechos.

 

Año 1903. Aspecto de la C/ Groizard 
durante el juicio del Crimen de Don Benito
Foto: Muñoz de Baena

El conocido como “Crimen de Don Benito”, en cierta manera, fue una lucha de clases. Unos y otros se organizan desde el principio y, tal vez, para evitar que la mecha prendiese en otros puntos de España, los asesinos tendrán un ejemplar destino.

 


 Tomás Alonso Camacho. Testigo principal

Como en aquella época no existía el concepto de “Violencia de Genero”, la prensa escrita lo catalogó y lo encuadró en la “España Negra”, al haberse cometido en los calurosos días del verano y en una población de la “España Profunda”.

El crimen, aunque no fue un proceso del todo justo, sí supuso un cambio evolutivo de la sociedad dombenitense, donde se produjo la liberación del caciquismo a nivel local.

Falleció la joven Inés María Calderón y su madre, Catalina Barragán, la noche del 18 de junio de 1902 en Don Benito, a la edad de 19 años, en el número 23 de la calle del Padre Cortés.



Entierro de Inés María y su madre el 20 de junio de 1902 por la calle de Los Groizard

 

La mañana del día 20 de junio de 1902 tuvo lugar la inhumación de las víctimas. Fue una importante manifestación de duelo. Basta decir que el cortejo fúnebre ocupaba una extensión de dos kilómetros: un pueblo desbordándose de un pueblo. El pueblo asistió en cofradía de segunda clase. Cuando las campanas dejaron oír su lúgubre tañido, los comercios y todos los establecimientos públicos cerraron sus puertas asociándose al duelo popular. Las puertas, balcones y ventanas, esquinas y aceras de las calles del largo trayecto, todo estaba materialmente cuajado de personas en cuyos pálidos semblantes y ojos llorosos se pintaba la pena y la consternación que a todos embargaba. La música del municipio iba a tributar honores fúnebres; pero ante los clamores, los gritos y llantos del pueblo, se desistió de ello por el mal efecto que causaría. En el centro de una calle destacaba un grupo de jóvenes que se aproximaron al féretro de Inés María y dejaron una corona de flores blancas; en él se veían dos más, una adherida a una palma, símbolo de la doncellez.

Al llegar los cadáveres a la Plaza de la Constitución (hoy Plaza de España) se oyeron compactas y fuertes voces pidiendo justicia. Los llantos y gemidos no cesaron hasta el Cementerio Municipal de San Antonio, en donde se dio sepultura a los cadáveres en dos sepulcros que le donó el municipio. Por suscripción popular (de pingües resultados) se abonaron los gastos del entierro, etc…

 

 

Las defunciones de Inés María y su madre fueron inscritas en la Parroquia de San Sebastián de Don Benito, concretamente fue la partida de defunción número 86 del libro 1º de difuntos, a los folios 202 y 203, que dice literalmente así:

“Adultas.

Catalina Barragán Cancho, madre, y su hija Inés María Calderón Barragán. (Vilmente degolladas).

En la Ciudad de Don Benito, obispado de Plasencia, provincia de Badajoz, el día 19 de Junio de 1902, próximamente a las seis de la mañana aparecieron en su casa morada calle de Padre Cortés, nº 23, los cadáveres de Catalina Barragán Cancho, de 53 años de edad, viuda de Vicente Calderón Ortiz e hija de Alonso y Gregoria, natural de Escurial, provincia de Cáceres, y el de su hija Inés María Calderón Barragán hija legítima de Vicente Calderón Ortiz y de la referida interfecta, de estado soltera, de 18 años de edad, cuyos cadáveres empapados en sangre y cosidos a puñaladas yacían tendidos en el suelo, según públicos rumores, sospechándose que esta escena trágica había ocurrido en la madrugada del mencionado infausto día. Obtenida la licencia del Sr. Juez verbalmente y hechas las autopsias, yo, el infrascrito cura párroco de la de San Sebastián, en cuya jurisdicción fue perpetrado dicho crimen, con manga alzada, levanté los cadáveres de las referidas interfectas al día siguiente 20 de referido mes conduciéndolas al depósito de cadáveres de la parroquia de Santiago, con la asistencia de la cofradía de tres sacerdotes entonando el oficio de sepultura y haciendo sus correspondientes pasos per modum unius funeris, a las diez de su mañana. Sus funerales de vigilia y misas cantadas de cuerpo presente, primero por la madre y la segunda por la hija, asistiendo el clero, se celebraron terminada la vigilia; e igualmente se hizo al siguiente día en que se celebró misas diaconadas, como en el anterior, llamadas oficio. A dichos cadáveres yo el infrascrito cura párroco de referida Iglesia mandé dar sepultura eclesiástica en el Campo Santo de esta Ciudad y sepulcros nuevos, siendo testigos Antonio Habas y Joaquín Casado. Y para que conste firmo. Lic. Benito Gil. Rubricado”.

En el Cementerio Municipal de San Antonio de Don Benito, en la pared que da a la Avenida de Madrid, en el nicho número 47 de la llamada Manzana de San Francisco, hay una lápida en la que figura la siguiente inscripción:

“Aquí yacen los cadáveres de Doña Inés María Calderón Barragán y de su señora madre, Dª Catalina Barragán. Muertas alevosamente en la noche del 18 de junio de 1902”.

Daniel Cortés González

 

FUENTES:

- Juzgado de Paz de Mengabril.

- Archivo Municipal del Ayuntamiento de Mengabril.

- Archivo Municipal del Ilmo. Ayuntamiento de Don Benito.

- CORTÉS GONZÁLEZ, Daniel (2012): El Crimen de Don Benito, Grupo de Estudios de las Vegas Altas (GEVA).

- Fotografías optimizadas por Dovane63.



[1] Hijo de Francisco Calderón, natural de Campanario. Tuvo tres hijos: Adela, Vicente y Aureliano Calderón y Ortiz

 

martes, 16 de diciembre de 2025

EL ESTANDARTE DE LOS OQUENDO


El Museo Naval de Madrid es una de las instituciones culturales más emblemáticas del patrimonio histórico español.

Su origen se remonta a 1792, y sus colecciones constituyen hoy un legado excepcional. Conserva piezas tan espectaculares, como la Carta universal de Juan de la Cosa, una representación cartográfica del continente americano, tratado por su importancia, como Secreto de Estado por parte de los Reyes Católicos.

Siguiendo este enlace accedes a la carta:

https://www.highres.factum-arte.org/.../viewer.html...

Durante esta semana veremos y comentaremos algunas de estas piezas que pude fotografiar, y que son testimonio de la grandeza marítima de España.

Comenzamos con una de gran tamaño: el estandarte de la familia Oquendo. Debido a sus grandes dimensiones (4 x 3,5 m.), resulta difícil apreciarlo en su vitrina. Para solucionarlo, se ha recurrido a un ingenioso sistema: colocar un espejo en el techo de la sala, aunque muchos visitantes no reparan en ello.

Esta pintado al óleo sobre seda y fue arbolado por el Almirante Antonio de Oquendo y Zandategui en su nave capitana "Santiago", un navío 900 toneladas, 44 cañones, 460 hombres, durante la Batalla de los Abrojos. 


 

La batalla tuvo lugar el 12 de septiembre de 1631 frente a las costas de Pernambuco, en Brasil. Una flota hispanoportuguesa derrotó a otra holandesa en una espectacular batalla que duró seis horas de terribles combates.

 


 

Antonio de Oquendo y Zandategui participó en más de cien combates navales, falleció en 1640, en la ciudad de La Coruña, tras una vida entera dedicada al servicio de la Monarquía Hispánica y de la Armada.

sábado, 1 de noviembre de 2025

DON BENITO 1864. MALEUN


 En la ciudad de Don Benito, se contaban extrañas historias al lado del fuego cuando se acercaba el día 1 de noviembre, Día de Todos los Santos. Esta es una de las más inquietantes ¿Quieres conocerla? Lleva por título “MALEUN”.

CAPITULO PRIMERO: LOS NIÑOS DEL CEMENTERIO
Cada 161 años, cuando la luna llena ilumina el cielo y las sombras se alargan, los niños que reposan en la tierra despiertan de su sueño eterno y salen a jugar por las calles.
Pero no todos los niños que descansan en el camposanto participan, solo aquellos que durante su corta vida fueron dañinos, traviesos o desobedientes.
No tienen apariencia fantasmal, aparentemente son niños de presencia angelical y sus risas resuenan en calles y plazuelas. Solamente se les puede descubrir por un pequeño detalle casi imperceptible, sus ojos reflejan una luz diferente y muestran un color que no corresponde a los ojos humanos normales.
En la mitología japonesa se les conoce con el nombre "Yureis". Espíritus atormentados por el rencor que regresan del reino de los muertos para aplacar su sed de venganza con los vivos.
Son visibles estos niños en condiciones específicas de luz, como la luna llena.
Intentan atraernos para que juguemos con ellos, pero cruzarse en su camino puede ser muy peligroso, cuídate de encontrarlos, ya que si aceptas pueden llevarte a un mundo entre la vida y la muerte del que nunca más regresarás.
La última constancia que se tiene de la aparición de estos niños espectrales data del año 1864. Por aquella época nuestra ciudad contaba con unos 15.000 habitantes, superando a Cáceres y Badajoz.
En noviembre de 1863, siendo don Vicente Cámara Soriano, alcalde por S. M. de la Villa de Don Benito, se había aprobado establecer el alumbrado público de la ciudad con farolas de petróleo; se pusieron 94 farolas en los sitios más estratégicos de la ciudad, comenzando a funcionar en el año 1864.
También ese año, concretamente el día 1 de mayo, se creó en primer Cuerpo de Serenos y de Guardias Municipales de Don Benito.
Un suceso que conmocionó a la ciudad tuvo lugar a las 2 y diez minutos de la tarde del día 11 de diciembre, pues tras presentar un estado ruinoso, se caía la torre de la iglesia de Santiago, destruyéndose el único reloj público que tenía la población.
Otra noticia que llenó las páginas de los diarios de ese año es la que decía que, en el marco de la Guerra Civil Americana, se realizaba la evacuación de Atlanta por parte de la Confederación, poco antes de que las tropas de la Unión, comandadas por Sherman ocuparan la ciudad. Seguro que este episodio de la historia lo conocerás porque fue reflejado en la célebre novela de Margaret Mitchel y que posteriormente sería llevada al cine, su título: Lo que el viento se llevó.
Desgraciadamente, de las 94 farolas que se adquirieron, ninguna se colocó cerca del cementerio.



El Camposanto de Don Benito en 1864 se encontraba al final de lo que hoy conocemos como avenida Primero de Mayo, junto a las ruinas de la ermita de San Gregorio.
El martes 18 de octubre de ese mismo año, hasta allí llegó para refugiarse de la lluvia un arriero, hombre curtido en mil batallas, requeté de las Guerras Carlistas. Llamado Francisco Imesta, vecino de Campanario, estatura regular, barba poblada color trigueño y una cicatriz en la mejilla izquierda.
Le acompañaban sus tres hijos y una joven manceba llamada Vicenta, una desdichada, que había llevado una vida licenciosa hasta que conoció a Curro, nombre por cual era conocido el arriero.
A la mujer de Curro se le había llevado, cinco años antes, la maldita epidemia del cólera. A Vicenta la conoció en una venta del Camino Real hacía poco más de un año. Los tres hijos, dos varones y una hembra, se habían criado prácticamente solos, eran a cuál más dañino y pícaro.
Las nubes de despejaron y cesó la lluvia, dando paso a la luna llena que iluminaba el Camposanto.
Vicenta se encontraba sola, los niños dormían bajo el carro y Curro se había marchado en busca de aguardiente para calentar el cuerpo, ya que los dos tenían dependencia del alcohol.
La joven besó un crucifijo que colgaba de su cuello, al tiempo que se persignaba varias veces, tras contemplar como de algunas tumbas se liberaban pequeñas luces tenues y danzantes de aspecto fantasmal, ya que en su ignorancia lo asociaba con la idea de guiar a los viajeros a la perdición y a la mala suerte.
Desconocía que en realidad se trataba de un fenómeno natural conocido como fuego fatuo, causado por la combustión espontánea de gases liberados por la descomposición de materia orgánica.
Sobre un viejo moral, que tan solo era ya vieja madera para arder, se encontraba posada una rapaz nocturna, la vieja lechuza que anunciaba dolor y desgracia.
La danza del fuego creaba caprichosas sombras sobre las paredes de la ermita. El perro, que dormía plácidamente al calor de la lumbre, se puso en pie y empezó a gruñir, algo percibía.
La capacidad auditiva de los perros es mucho mayor que la nuestra, por lo que pueden oír sonidos lejanos o de baja frecuencia, y su olfato, está muy desarrollado y pueden detectar olores que asocian con algo negativo.
De entre las sombras emergieron dos pequeñas figuras, eran un par de niños mal vestidos y sucios, pero que a pesar de ello sonreían alegremente, incluso la inocencia puede esconder un lado oscuro.
Ante la presencia de los dos niños, el perro muerto de miedo orinó y se ocultó tras las faldas de Vicenta.
- ¿Quién anda ahí? Preguntó la joven.


Curro fue a parar hasta una oscura taberna que se encontraba en una plazoleta conocida como del Cuervo, allí bajo la tenue luz de un quinqué que apenas lograba rasgar la penumbra, en un rincón apartado, un viejo mutilado bebía vino con la resignación de quien ha visto demasiado y aún le queda mucho por recordar.
Curro se acercó al rincón y, en voz baja, se dirigió al viejo: - Dios, Patria y Rey.
La mirada perdida del viejo se posó sobre el hombre que le había devuelto a la memoria tiempos pasados. Reconoció aquel rostro marcado por una cicatriz, símbolo de batallas. Ambos habían formado parte de las últimas partidas carlistas, aquellas que terminaron en derrota, cárcel y deportación. Cuatro largos años en Cuba, en el servicio de armas, en una tierra ajena y cruel.
Los dos se fundieron en un abrazo, como si el tiempo y las distancias no hubieran existido. Y entonces, en medio de la penumbra, el viejo empezó a rememorar su primer encuentro, una fecha marcada en su destino: lunes 18 de agosto de 1835. La travesía a La Habana en el bergantín “Ninfa”, capitaneado por D. Francisco Moreu, donde sufrieron penurias y humillaciones, como si el mar y la historia misma quisieran borrarlos.
El veterano le contó que había vivido estos años bajo el amparo de una hija, pero que, al fallecer, sobrevivía de la caridad del párroco de Santiago y de la escasa renta que le proporcionaba el alquiler de dos habitaciones en su casa.
Entre vaso y vaso de vino, compartieron historias, recuerdos y silencios, mientras el alcohol amenazaba a nublar sus mentes y a enturbiar sus corazones.
Contándose que había sido de sus vidas durante los últimos años pasó más de una hora, y el alcohol hacía su efecto en los dos camaradas.
Y así, en una noche de vino y sombras, los dos quedaron en silencio, sabiendo que el tiempo, aunque cure heridas, también las deja marcadas para siempre. Los viejos fantasmas nunca mueren, esperan en la penumbra a quien tenga la valentía de recordarlos.
La puerta de la taberna se abrió lentamente, y dos guardias municipales ingresaron con paso firme. Uno de ellos, llevaba en sus brazos a Vicenta, su vestido estaba ensangrentado y la expresión de pavor y angustia de su rostro, reflejaba claramente el temor que la embargaba. Sin dudarlo, se arrojó de rodillas a los pies de Curro, con los ojos llenos de desesperación.
— ¡Los niños, los niños! — exclamó con voz entrecortada.
Mientras se desmayaba por la pérdida de sangre.
Curro, aún con la voz vacilante y un poco afectada por los efectos del alcohol, levantó la vista y preguntó a los municipales:
— ¿Qué demonios ha pasado?
— Hemos hallado a esta mujer gritando, arrastrándose calle abajo y rogando que le encontráramos. Nos ha contado una historia inverosímil.


En el capítulo segundo dejamos a Vicenta ante la presencia de los dos extraños niños y esto es lo que sucedió:
Las dos presencias no respondieron a los requerimientos de Vicenta. En su lugar, comenzaron a entonar una especie de canto o letanía, cuyas notas hipnóticas parecían arrastrar a todo aquel que las escuchara hacia un estado de trance.
Vicenta enmudeció, incapaz de pronunciar palabra ni moverse, atrapada por aquella extraña melodía. Entonces, los tres niños que dormían bajo el carro despertaron, como si una fuerza invisible los hubiese convocado, comenzaron a ejecutar una macabra danza alrededor de las tumbas, perdiéndose poco a poco entre las sombras.
“Y cuando el alba pregunte por vosotros,
solo el eco traerá vuestro nombre,
porque la noche guarda sus rostros,
y en su boca florece el Maleun”
Poco a poco comenzó a recuperar la movilidad y observó cómo los tres niños de Curro volvían, ejecutando una extraña danza que parecía más un ritual inquietante. Cada uno de ellos llevaba en sus manos restos de cruces metálicas, arrancadas de las tumbas, como si portaran símbolos de un oscuro propósito.
Al fondo del cementerio, los dos niños extraños observaban la escena con risas diabólicas que resonaban en el aire, llenando el ambiente de una tensión aún más siniestra.
Con las cruces en sus manos, los tres comenzaron a golpear a Vicenta con una violencia brutal, hasta dejarla tendida en el suelo, completamente inconsciente.
Uno de los municipales, recordó que cuando era joven, en su pueblo, había presenciado a personas danzando sin motivo aparente. Lo llamaban “el fuego de San Antonio”, y se decía que era causado por el envenenamiento con cornezuelo, un hongo que crecía y afectaba al centeno.
No le faltaba razón, pues el ergotismo, conocido por provocar alucinaciones, puede explicar estas conductas, pero no resulta suficiente para explicar otro comportamiento extraño que, con mayor frecuencia, se asocia con la coreomanía, una condición que lleva a las personas a realizar movimientos y danzas compulsivas sin una causa aparente.
Dejaron a Vicenta al cuidado de la mujer del tabernero, y marcharon dirección al cementerio para buscar a los tres niños.
Los dos municipales llevaban consigo antiguos faroles de hojalata que, con su suave luz, iluminaban la calle Cementerio al paso de la comitiva que formaban ellos dos: Curro, el viejo mutilado, y el tabernero.


Llegaron al lugar donde se encontraba el carro y las bestias de curro, que plácidamente se alimentaban del pasto cercano. La verja del cementerio estaba cerrada; uno de los municipales la abrió, sobresaltando a la vieja lechuza, que se encontraba en un árbol.
Registraron el camposanto de cabo a rabo, pero de los niños no había ni rastro; era como si la tierra se los hubiera tragado. Nunca más se supo de ellos.
Vicenta falleció varios días después a causa de sus heridas. Curro siguió con la búsqueda acompañado por su viejo camarada que le siguió hasta que le fallaron las fuerzas y entregó su alma al todopoderoso, jamás perdió la esperanza de encontrarlos y murió con esa pena.
Pasaron los años y el viejo cementerio de Don Benito ya no tenía capacidad para más enterramientos. En 1885 se construyó el actual cementerio de San Antonio y muchos cuerpos fueron trasladados hasta allí, entre ellos, los restos de la benefactora Doña Consuelo de Torre-Isunza.
En el transcurso de esos traslados, uno de los operarios municipales, golpeó con el pico lo que parecía ser una gran losa de granito, con cuidado despejaron la tierra que la cubría y levantaron la piedra, bajo ella se encontraba una escalera que daba paso hasta una gran cripta que estaba cerraba por una pesada puerta de bronce.
Con mucha dificultad lograron forzar la pesada puerta, una bocanada de aire fétido los hizo vomitar al abrirla, y cientos de ratas emergieron de la oscuridad al notar su presencia.
Con la ayuda de sus herramientas las hicieron frente con gran dificultad, avanzaron hacia el fondo donde había una pequeña estancia y sobre un pequeño altar de piedra encontraron un gran cofre rodeado de cadenas, en letras doradas podía leerse “MALEUN” (maldito)
- Debe ser un tesoro, dijo el más viejo de ellos.
Al romper las cadenas del antiguo cofre, una presencia oscura y poderosa emergió con una fuerza aterradora, tomando la inquietante forma de un niño de ojos llameantes que ardían con una furia inextinguible. Este espíritu maligno, que en vida había poseído a los niños, se manifestó en toda su rabia, desatando un caos indescriptible.
Extendió sus manos y una ola de energía oscura se propagó rápidamente por toda la cripta, envolviendo a los dos hombres en una sombra impenetrable y fría.
La presencia, se elevó en el aire, susurrando palabras en un idioma desconocido que prometía traer la perdición. Ninguno de los dos pudo escapar de su abrazo mortal.
Hace siglos, esta entidad maligna encontró su morada en el infierno, pues en su corta vida no alcanzó la edad adulta. Cometió toda clase de crímenes y desmanes, y por ello cayó bajo una terrible maldición.
Atrapado en esta cripta, solo su espíritu logra liberarse cada 161 años, en un ciclo oscuro y siniestro. Es en ese momento cuando se alimenta de infantes de naturaleza malvada, devorándolos en un acto de voracidad eterna y consumiendo sus almas para que le proporcionen la próxima víctima.
En el oscuro final del año 2025, se conmemoran 161 años desde la última aparición del enigmático “MALEUN”. Si tus acciones han sido impías o tu alma se encuentra marcada por la malevolencia, recuerda que, en alguna de estas noches, él podría invitarte a una danza mortal, un vals de sombras y desesperación, para al final devorar la esencia misma de tu alma condenada.
FIN